Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 17
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Cerrar el círculo

Alessio

Montreal, Canadá

Circuito Gilles Villeneuve

Termino de hacer las últimas entrevistas para un medio canadiense y me deslizo con mi patinete por el paddock . Las temperaturas siguen manteniéndose relativamente bajas, aunque al menos la nieve y el hielo nos han dado una tregua, por lo que se prevé una carrera tranquila en lo climatológico.

Algunos pilotos odian el ajetreo y las multitudes que se arremolinan antes de la salida. Sin embargo, a mí me encanta rodearme de la euforia que desprende la gente y escuchar los vítores de la afición clamando desde las gradas.

Observo de cerca cómo los paparazzi batallan por conseguir la mejor perspectiva de una estrella de la música internacional, que hace poco fue sorprendida en una escena demasiado íntima con el primer ministro de Canadá. Cómo les gusta el salseo …

Estoy escuchando por los auriculares Life is a Highway , la popular banda sonora de la película de animación Cars , cuando una cara familiar interrumpe mis ensoñaciones:

—Ey, tío —me intercepta Markus frente al garaje de la escudería Morrison, donde se prepara para salir—. ¿Dónde andas? No se te ve el pelo últimamente.

—Ya te digo. Qué ganas tengo de volver a casa y que podamos echar una noche de birras y Mario Kart .

Mark se ríe. Sabe que es nuestro pasatiempo favorito. Cuando viajas todo el año, esas pequeñas nimiedades son las que te hacen echar de menos la rutina y la sensación de volver a casa, aunque sea solo por un par de semanas.

—Venga, que faltan dos días para viajar a Mónaco. Te dejo pasar el jet lag y el jueves tenemos una cita.

—Claro, cariño, no hay nada que más desee que llegar a casa y que me esperes con la cena preparada —ironizo alzando las cejas varias veces—. Si te portas bien, puede que llame a Asher para que montemos un trío.

—¿No soy suficiente para ti? —finge moquear—. Qué decepción, Santoro.

Nos reímos y, a través del megáfono, escuchamos el aviso de la salida inminente. Markus se inclina para darme un abrazo rápido y me susurra al oído:

—Oye, Ale, ahora en serio. —La sonrisa se le borra del rostro—. Espero que estés bien con este circuito. Ya sabes… No hemos tenido oportunidad de hablar de ello, pero todo irá bien, ya verás.

La presencia de mi abuelo ha sido constante durante toda la semana. Mientras los medios lo utilizan para sacar titulares jugosos, mi amigo me dedica palabras sinceras. Espero poder olvidarme de todo cuando salga a pista.

—Gracias, Mark. No te preocupes, todo está controlado .

—Mucha mierda, hermano —me desea mientras se aleja hasta su box—. Quiero verte en el podio conmigo. Más pronto que tarde. Quedas avisado.

—¡Como en los viejos tiempos! —le grito desde lejos, antes de deslizarme hacia mi monoplaza.

Me enfundo el casco y salgo a pista para dar la vuelta de formación. La salida resulta algo tensa entre algunos pilotos. En cabeza, veo cómo dos monoplazas se tocan ligeramente en la primera curva, así que espero que el safety car no haga acto de presencia a la primera de cambio.

Leo García ha salido hoy desde la tercera posición, después de que ayer lo petara en la clasificación. Se nota que este es un circuito habitual de la NASCAR y mi compañero de escudería ha sabido aprovechar la ocasión para escalar unos cuantos puestos.

Yo mantengo la mente fría, sin permitir ninguna interferencia externa. Soy cauto en las curvas y exprimo las rectas para recortar décimas a mi antecesor.

La vuelta treinta y uno llega sin avisar. El asfalto sigue frío en algunas zonas, un detalle que noto en la vibración del volante y en el desgaste de los neumáticos, aunque el coche responde bien.

Aun así, Montreal no perdona los excesos. Nunca lo ha hecho. Y debo ir con cuidado.

—Presión estable. Ritmo constante. Última vuelta antes de box —informa Andrea por radio.

Aprieto la mandíbula al acercarme a la curva trece.

El muro aparece frente a mí, solemne, como si me desafiara con la mirada.

El volante tiembla al pisar el piano y, durante una fracción de segundo, mi instinto me pide mantener el pie en el gas un instante más, estirar la frenada y demostrarle a todo el mundo que puedo con ella .

Delante de mí, uno de los monoplazas verde duda, así que aprovecho la escasa distancia para accionar el DRS. Acelero y el motor ruge.

Sin embargo, la imagen de mi abuelo irrumpe sin permiso. Un destello fugaz de un monoplaza antiguo, un golpe seco, un silencio que aún me persigue en las pesadillas.

La pista se convierte en un túnel de velocidad. Frío. Peligroso. Implacable.

Y entonces, sin saber de dónde surge, oigo su voz:

« Una copa más puede ser ese segundo extra en el que no levantas el pie del acelerador ».

No hay un ápice de duda en sus palabras. La voz de Daniela es firme y nítida. Clavo la mirada en el punto de frenada, intentando alargarla un metro más. Solo uno.

« La última copa es ese momento exacto en el que te pasas de frenada ».

Freno. Freno cuando tengo el muro demasiado cerca. Freno cuando su voz resuena con claridad. Tarde, pero lo justo para no acabar como tantos otros.

El recuerdo pesa. Me embargan la rabia, el miedo, el orgullo… Una batalla se desata en mi cabeza, pero debo controlarla.

El monoplaza se descoloca durante una fracción de segundo. El volante vibra, los neumáticos chirrían y el eje trasero amenaza con escaparse, pero consigo corregirlo con un movimiento seco y preciso.

Cuando la siguiente recta se abre ante mí, suelto todo el aire que llevaba contenido. Siento cómo el corazón se me desboca, el pulso martillea en mis sienes y una voz ronca me devuelve a la realidad:

—Buen control, Alessio. Buen control —resuena por radio, en un tono cargado de alivio—. ¡Box, box !

Tras el cambio de neumáticos, recupero el control total del monoplaza. El resto de la carrera discurre sin sobresaltos y ver la bandera a cuadros al fondo se siente como llegar a meta soltando todo el lastre acumulado de la espalda.

Cruzo la línea sin alzar los puños ni gritar por radio.

—P8. Buen trabajo —me informa la voz metálica.

No he ganado la carrera. No he rozado ni de cerca el podio. Pero tampoco he perdido algo mucho más importante.

Una mezcla de sentimientos me invade al llegar al pit lane y apagar el motor. El ruido desaparece de golpe y el silencio me castiga con la misma intensidad que mis propios pensamientos.

Al bajar del coche, el equipo me rodea. Algunos me dan palmaditas en la espalda, otros contienen sonrisas satisfechas y hay quienes optan por comentarios rápidos.

Asiento lo justo, con la adrenalina aún vibrándome en la sangre y las pulsaciones golpeándome la cabeza.

Levanto la vista y la veo. Daniela está al otro lado del box, junto a la pantalla de tiempos, con los brazos cruzados. No sonríe. No aplaude. Solo me observa, impasible, expectante, como si me preguntara sin palabras si de verdad ha valido la pena.

Durante un instante, todo a mi alrededor se diluye. Los mecánicos, los flases, la música lejana del podio. Todo se difumina en un segundo plano.

Sostengo su mirada más tiempo del que dedico a cualquier otro miembro del equipo y siento un nudo en el pecho que no tiene nada que ver con la emoción de la carrera.

Daniela inclina la cabeza. Un gesto mínimo, contenido, pero suficiente para decirlo todo. Yo respondo del mismo modo, en una mueca casi imperceptible.

No hay reproches, pero tampoco celebración. Solo lecciones de aprendizaje. Dentro y fuera de la pista .

Andrea aparece entre ambos con una sonrisa orgullosa y rompe la tensión del momento.

Ella baja la vista, fingiendo revisar los datos. Yo coloco el casco en una estantería y, antes de regresar al paddock , lanzo una última mirada en su dirección.

Ya no está mirando, pero sé que también lo ha visto. Lo conseguido durante el día de hoy no ha sido solo cosa mía.

Por primera vez, en Montreal, reconozco que el temor ha ensombrecido mi actuación. Pero ya no hay odio hacia esa curva.

Solo respeto y cabeza.