Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 16
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Fórmula desesperada

Daniela

Montreal, Canadá

Circuito Gilles Villeneuve

Parece mentira que estemos en el mes de mayo y que ayer la ciudad de Montreal nos recibiera con una pequeña nevada. Según dicen, no es habitual en estas fechas del año y, aun así, pude sentir el frío polar calándome hasta los huesos.

Will y yo aprovechamos para acercarnos al parque Jean-Drapeau, donde se celebrará el Gran Premio este fin de semana, y pasear entre sus jardines mientras admiramos la fauna y la flora local.

El circuito se encuentra en una isla artificial frente a la ciudad, rodeada por el río San Lorenzo y varios lagos que embellecen aún más el entorno. Una pasada de lugar.

Camila se quedó en el hotel dando forma a su último proyecto.

Nos tiene muy intrigados con esta nueva faceta suya, así que decidimos darle algo de espacio.

Eso sí, le enviamos varias fotos con nuestro pequeño muñeco de nieve improvisado, hecho con la escasa nieve que llegó a acumularse en los jardines.

Pero hoy toca arremangarse y ponerse a trabajar. Mientras los pilotos realizan los entrenamientos libres, el equipo técnico nos preparamos para una de las carreras más emblemáticas del año.

Es una de las favoritas de los pilotos, quizá por su baja carga aerodinámica. Sus catorce curvas y la famosa horquilla ralentizan el ritmo en algunos tramos; no obstante, fuera de ellas, se considera una pista rápida y fluida.

Para todos menos para Rosa Nera. En este circuito falleció Raffaele Santoro, abuelo de Alessio, en 1982. Casualmente, meses después de que el piloto canadiense Gilles Villeneuve perdiera la vida también en un accidente, motivo por el cual el trazado recibió su nombre.

Uno de los grandes retos del circuito es la peligrosidad de la curva trece.

De hecho, han sido varios los pilotos que han chocado contra el muro derecho antes de la llegada a meta, incluido el legendario Santoro.

Por eso, «el Muro de los Campeones» es el nombre con el que se conoce comúnmente a esa curva.

De todo esto estoy hablando con Andrea cuando Alessio finaliza uno de los entrenamientos y regresa al box con la adrenalina todavía disparada.

—Buen trabajo, Daniela —me asegura el ingeniero, dándome una palmadita en la espalda.

—Gracias… De hecho, quería agradecerte que me tengas en cuenta a la hora de definir la estrategia de cada carrera.

—Claro, ¿por qué no iba a hacerlo?

—Bueno… —vacilo, sintiendo una gota de sudor resbalando por mi frente—. Fui contratada como becaria para hacer reajustes en el monoplaza y me ha sorprendido que cuentes conmigo para otro tipo de decisiones .

—No digas tonterías. Aquí trabajamos en equipo y, aunque cada persona tenga unas tareas específicas asignadas, al final todos aportamos lo que podemos.

—Parece que no todo el mundo lo tiene tan claro… —susurro despacio, recordando ciertos comentarios.

He de decir que la mayor parte del equipo me ha hecho sentir como en casa, pero hay otros cuyos dardos no pasan desapercibidos.

Algunos desconfían de que a una simple becaria le hayan concedido una plaza para viajar con el equipo; otros no ven con buenos ojos que me quede haciendo horas extras.

Y también están los que envidian que Andrea tenga en cuenta mi opinión a la hora de redefinir las estrategias de carrera.

Y luego está Alessio, el piloto estrella del equipo. De él he tenido que aguantar críticas sobre mi edad e inexperiencia para que no interfiera en su trabajo.

Para qué engañarnos, su opinión pesa más que ninguna, aunque jamás lo reconoceré en voz alta.

Soy consciente de que este puesto terminará al final de la temporada, pero yo lo vivo como algo más que un simple empleo. Es una afición que me acompaña desde bien pequeña, cuando me tragaba cada carrera en casa.

—Daniela, ¿hay alguien en el equipo que te haya dicho algo? —pregunta Andrea, con un tono preocupado.

Recorro el box con la mirada para asegurarme de que no haya nadie cerca. Aun así, dudo unos segundos antes de contestar.

—No, no es eso… —miento, a sabiendas de que confesar la verdad me traería todavía más problemas.

—Alessio, ven aquí un momento —ordena el ingeniero justo cuando el piloto pasa a nuestro lado.

Mierda, ¿por qué le habrá pedido que venga? Estoy acabada .

—Dime, Rossi.

Santoro se quita el casco y se sacude el pelo de un manotazo.

—¿Cómo han ido los libres?

—Nada mal, la verdad —indica el italiano con gesto satisfecho—. Al principio noté la falta de grip sobre el asfalto helado, pero poco a poco las gomas han entrado en calor y el coche ha empezado a responder mejor.

—Bien, me alegra oírlo. —Andrea se aparta para dejarle sitio—. Voy a por un café. Mientras tanto, quiero que escuches la idea que ha tenido Daniela para la carrera.

—¿Yo? —respondo desconcertada—. Yo no…

—Claro que sí. Y cuéntale eso del Martini o del Aperol Spritz que has dicho —añade, partiéndose de risa mientras sale del box.

—¿Qué pasa, Cerebrito? No son ni las diez de la mañana. ¿Ya estás pensando en invitarme a un aperitivo?

Siento cómo mis mejillas comienzan a arder.

—No se trata de eso —me aclaro la garganta—. Era solo una comparación.

—Ah —exclama él, cruzándose de brazos y apoyándose contra la mesa—. Entonces explícamelo, porque ahora mismo suena a que estás mezclando alcohol con una de las pistas más traicioneras del calendario. Y no seré yo quien reniegue de tomarme una esta noche, pero no mientras conduzco.

—Si me dejaras hablar —replico, alzando la barbilla.

Sus cejas se arquean, divertido.

—Adelante, sorpréndeme.

Aprieto los labios un segundo antes de continuar.

—La curva trece. El muro de los campeones —suelto con cuidado.

Su expresión cambia en apenas un segundo. Lo suficiente para que lo note. Carraspea y se yergue en el sitio .

—Sigue —ordena con una voz más dura, más firme.

—Es una curva lenta, pero se entra con demasiada confianza —continúo consciente de que estoy entrando en un terreno demasiado personal—. Los neumáticos llegan fríos y, cuando intentan agarrar, ya es tarde. Si forzamos ahí con esta temperatura, el coche patinará y el muro…

—Ya lo sé —interrumpe—. No necesito una clase de historia.

—No estoy hablando de historia. Estoy hablando de hoy —respondo con cautela—. Yo también he visto ese vídeo en blanco y negro mil veces. Supongo que las mismas que tú.

Sus ojos se desvían hacia la pantalla y puedo ver cómo se hunden en el recuerdo. La imagen de Rafaelle Santoro saliendo despedido del monoplaza es una escena que he visto en demasiadas reposiciones y no me puedo quitar de la cabeza.

Me muerdo el labio inferior, esperando una respuesta que no llega. Al final, Santoro pregunta:

—¿Qué sugieres?

—Un plan A más conservador hasta la vuelta treinta y dos —explico convencida de que podemos esquivar la adversidad de Rosa Nera en este circuito—.

Empezamos con neumático medio, sin ataques innecesarios en la trece.

Calentamos de manera progresiva hasta que el coche mantenga su ritmo.

Y, cuando el asfalto esté en su punto, cambiamos.

Permanece en silencio unos segundos, valorando la estrategia.

—¿Algo más?

—Sí, aprovechar las dos zonas de DRS entre la curva trece para ganar posiciones, extremando la precaución en la zona del… muro.

Sus ojos se clavan en los míos.

—¿Y qué tiene que ver lo del aperitivo? —arquea una ceja .

—Bueno, digamos que… la última copa es ese momento exacto en el que te pasas de frenada.

Estás disfrutando, crees que aún tienes el control y piensas que puedes con otra.

Pero una copa más puede ser ese segundo extra en el que no levantas el pie del acelerador.

Y eso es lo que les ha pasado a demasiados pilotos contra ese muro.

Alessio se aparta, se pasa la mano por la nuca y exhala despacio.

—Odio esta pista.

—No —le corrijo con suavidad—. Simplemente te asusta. Es normal. El año pasado la suspensión saltó por los aires en la primera curva y no llegaste a completarla. Son cosas que pasan, pero este año estamos más preparados.

Me mira con dureza y amaga con contestar, pero en el último momento se detiene.

Ver cómo se pasa la mano por el pelo varias veces mientras el brillo de sus ojos se apaga me deja claro que considera este trazado una maldición personal.

Aun así, sé que con la estrategia adecuada podríamos superarlo.

La suerte no decide nuestros resultados, solo nos da excusas que nos impiden mejorar.

El silencio entre nosotros se vuelve casi tangible, hasta que la voz de Andrea, hablando por teléfono mientras se acerca con un café en la mano, rompe la tensión y suaviza su gesto en un chasquido de dedos. Alessio recupera su máscara de inmediato.

—No sabía que te gustara tanto la fiesta, Cerebrito.

Su respuesta me descoloca, pero intuyo que prefiere refugiarse en esa arrogancia tan suya antes que mostrarse vulnerable.

—¿Todo bien por aquí? —pregunta el ingeniero, dando un sorbo al café, ajeno a la tensión que acaba de desvanecerse entre nosotros.

—«Es la hora del aperitivo» —suelto sin ningún remordimiento, haciendo que ambos se giren hacia mí con los ojos bien abiertos—. Así es como podríamos llamar al plan.

Andrea asiente, satisfecho. Alessio se marcha sin mirarme.

Me quedo sentada, con el pulso acelerado y la sensación de haber entrado, sin querer, en un terreno peligroso. Otra vez.