Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 15
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Podría ser tu madre

Alessio

Florida, Estados Unidos

Autódromo Internacional de Miami

La Marcha de los Toreros, de la ópera Carmen, suena por los altavoces a todo trapo. Es el himno indiscutible de la Fórmula 1 y escucharla provoca un subidón comparable a los rugidos de un motor a máxima potencia.

Observo a Markus alzando el trofeo desde el podio, mientras un divertido Asher, que ha quedado en el tercer puesto, lo rocía con Moët me asombra su capacidad para analizar y exprimir los datos con vistas a una nueva estrategia.

Daniela desvía la mirada y se encuentra con la mía. Doy un respingo en el sitio. Me había quedado embobado observándolos trabajar y aparto la vista enseguida para no dar la impresión equivocada de que la estaba mirando a ella.

—Alessio, por fin podemos vernos —indica una voz femenina mientras una mano se desplaza hacia mi brazo creando una situación incómoda. Otra vez.

Carraspeo y mis ojos van directos al contacto entre su piel y la mía.

No hemos empezado la entrevista y ya tengo que aguantar que esta señora, con tres toneladas de bótox en los labios y una crisis de la mediana edad galopante, quiera lanzarse como un pulpo hacia cualquiera de sus presas.

Quizá para convencerse de que los años no avanzan en su reloj, quizá para aparentar lo que no es.

Quién sabe lo que rondará por su mente, pero a juzgar por la mirada desquiciada del cámara, que espera en un lateral impaciente, trabajar con ella debe de ser un auténtico suplicio.

—Sharon, cuánto tiempo sin verte —finjo la sonrisa más falsa del mundo.

—Eso será porque tú no quieres —responde con un gesto travieso, aferrándose aún más a mi brazo derecho .

—Un momento, por favor.

Me giro de manera brusca para colocar el casco en una de las estanterías. Es lo primero que se me ocurre; no tenía ni idea de cómo desprenderme de las garras de esta mujer.

—Vale, empezamos a grabar —ordena al cámara.

Menos mal. Al menos hemos salvado a la audiencia de presenciar un bochornoso momento en directo.

—En primer lugar, queremos felicitarte por tu séptimo puesto en la carrera. ¿Te sientes orgulloso de tu rendimiento hoy en la pista?

—Muchas gracias —respondo, esforzándome por mantener la profesionalidad—. Sí, la verdad es que hemos marcado buenos tiempos. Ha sido un acierto cambiar de neumáticos duros a blandos a mitad de carrera, aunque después haya tenido que gestionar su desgaste hasta el final.

—Sin embargo, con Leonardo García han utilizado la estrategia opuesta. ¿Crees que buscan enfrentaros en pista para generar rivalidad, tanto fuera como dentro de los boxes?

Y ahí está. No han hecho falta más de dos preguntas para llegar a terreno pantanoso.

—No, en absoluto. Leo y yo somos buenos compañeros y estoy seguro de que, con el tiempo, nos convertiremos en mejores amigos —miento, enseñando todos los dientes.

En medio del silencio que provoca mi respuesta, escucho una familiar carcajada a nuestro lado. Daniela intenta contener la risa tapándose la boca con la mano. Menuda granuja.

Eso sí, me regala unos segundos de tregua mientras Sharon pone los ojos en blanco y le lanza una mirada asesina. Espero que haya servido, al menos, para despistarla de su pregunta inicial.

—Nadie lo diría después de lo ocurrido en Shanghái. Dicen los rumores que no os soportáis. Lo mismo sucede con Markus Münster, tu mayor rival desde el karting .

Ahora el que se ríe soy yo.

—Sharon, si algo te enseñan en el primer curso de la facultad es a contrastar las fuentes —le reprocho con una voz dulce, teñida de una inquina afilada—. El periodismo no puede sostenerse únicamente de rumores constantes. No es serio.

Los ojos de la periodista se abren de par en par, como si no diera crédito a lo que acabo de decir. Aurora aparece en el momento más inoportuno y reprime un grito antes de colocarse con discreción en un segundo plano.

Con un gesto indignado, Sharon pasa las páginas de su cuaderno tratando de buscar la siguiente pregunta.

—Así que, Alessio, ¿para cuándo la boda con Irina Sokolova? Tal vez sean esas pequeñas fiestecitas privadas con ella las que no te permiten centrarte en la pista.

Me acerca el micrófono tanto a la boca que podría devorarlo de un mordisco. No ha sido accidental; es su forma de decirme que, calladito, estaría más guapo. Aunque sé que eso no va a detenerla.

—La verdadera fiesta está en la pista. Mi cabeza está perfectamente centrada. Solo estamos en la primera mitad de la temporada y aún queda mucho por recorrer.

Aurora sonríe satisfecha y hasta veo cómo Daniela me mira de reojo, articulando un gesto de aprobación por haber salido de esta trampa indemne.

—Solo me queda una pregunta ya —sentencia Sharon, ladeando la cabeza con una sonrisa cargada de intención—.

Hay quienes comentan que tu séptimo puesto se debe más a decisiones del equipo que a tu propio talento.

Supongo que el hecho de que estés en Rosa Nera tiene algo que ver con tu abuelo y que quizá nunca llegues al nivel de otros compañeros de parrilla, como Münster.

¿Qué responderías a quienes creen que estás todavía a su sombra?

A pesar de que decenas de personas nos rodean, el silencio se hace demasiado denso en el garaje. Aurora se tensa y tuerce el morro. Daniela deja de sonreír, en un gesto que, de manera inconsciente, me entristece.

—Les diría que son simples habladurías —dictamino con seguridad—.

Las carreras no se ganan con titulares, ni con apellidos.

La Fórmula 1 es un trabajo de equipo y, en días como hoy, demostramos que el nuestro funciona.

Aún queda mucha temporada por delante. Esperemos a los resultados finales antes de sacar conclusiones.

Sharon parece a punto de lanzar una contrarréplica, pero se detiene en el último segundo y fuerza una sonrisa tensa.

—Gracias, Alessio.

Aurora expulsa por fin el aire que llevaba conteniendo y, de reojo, veo cómo Daniela asiente sin apartar la vista de la pantalla.

El cámara se retira y, cuando creía que lo peor había pasado, Sharon se inclina hacia mí y me susurra al oído:

—Seguro que a Irina no le importa que nos tomemos una copa juntos antes de vuestra boda. Hotel Florida Park. Habitación 124. No llegues antes de las diez de la noche.