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La familia que uno elige
Daniela
Florida, Estados Unidos
Autódromo Internacional de Miami
De Japón a Oriente Medio y de Oriente Medio a Estados Unidos. A este ritmo, mi cuerpo ya no distingue entre husos horarios ni sabe cuándo es aceptable irse a dormir. En pocas semanas hemos recorrido el mundo de punta a punta y creo que lo de superar el jet lag es una mera leyenda urbana.
Aun así, marco en rojo las semanas que quedan en el calendario para poder volver a casa, durante al menos unos días, en los que poder ver a mi familia y comprobar que todo sigue en orden.
Pero ahora tenemos otra familia con la que lidiar: los García. Este fin de semana se disputa el Gran Premio de Miami, una cita en la que el clima tropical se combina con el gran despliegue mediático para convertir a Estados Unidos en el escenario de una competición única y especial .
Camila no para de moverse por la habitación del hotel mientras Will y yo planeamos una visita a los Everglades, una gran reserva natural donde residen varias especies de animales, entre las que destacan cocodrilos y caimanes.
—¿Debería ponerme un traje de chaqueta y pantalón o mejor algo más casual, pero que grite «soy la mejor relaciones públicas que Leonardo García podría tener y, de paso, una adulta funcional»? —nos pregunta mientras apila el décimo conjunto de ropa sobre la cama.
—A ver, que me entere yo —interviene Will desviando la atención del ordenador—. O sea que tus padres piensan que estás trabajando en preservar la imagen de tu hermano.
—Así es.
—Pero no es verdad —afirma más que pregunta.
—Digamos que… no lo tengo claro todavía.
—Camila se pasa la mano por el pelo y suspira—.
He descubierto que me gusta la comunicación de imagen, aunque no sé si el deporte es a lo que me quiero dedicar.
Para qué engañarnos, no es que tenga mucha idea de Fórmula 1.
Es más, me acabo de enterar esta semana de que el DRS es el cacharrito ese que se aprieta para adelantar en algunos tramos al rival.
—Pues va a desaparecer el año que viene, así que acabas de invertir energía cerebral en el dato más inútil de todo este deporte —añado.
Camila me dedica una mirada desesperada.
—¡Estupendo! —ironiza, resoplando—. Mirad, solo tengo que fingir este fin de semana, cuando vengan mis padres el domingo a ver la carrera. Estaba pensando que tal vez vosotros podríais hablarles bien de mí.
Dibuja una sonrisa angelical y junta las manos sobre el pecho, como si nos suplicara con la mirada.
—Muchos favores estás pidiendo después de inventarte que Santoro vendría a aquel club en Australia —ironizo con los orificios nasales ensanchados. Todavía recuerdo cómo no pude apartar los ojos de la puerta de entrada hasta que acabé el último sorbo del mojito.
Will suelta una carcajada al recordar la escena y luego se gira hacia Camila, que se acerca para abrazarme con un gesto de arrepentimiento. Me resulta imposible no encontrarlo tierno.
—¿Y tu hermano? ¿También está en el ajo? No lo veo yo mintiendo por ti —apunta el mecánico que, por su comentario, parece que ya va conociendo la personalidad del piloto.
—No me hables de Leo. —Camila frunce el ceño y se deja caer sobre la cama—. Dice que no quiere seguir ocultándoles información a nuestros padres. Que me ponga las pilas buscando una carrera de verdad o me manda de vuelta a Austin.
—Creo que, desde que os conozco, es la vigésima vez que le oigo amenazarte con eso —comento, echando cálculos mentales—. No creo que vaya a cumplirlo a estas alturas.
—Ajjj, Leonardo. El hijo perfecto. El piloto hecho a sí mismo, con una carrera profesional brillante, dinero para sacarnos de las deudas y cero habilidades sociales.
Si no fuera tan introvertido, ya tendría una mujer perfecta a su lado, un perro monísimo y ninguna hipoteca, para envidia del resto de los mortales.
Will se atraganta mientras bebe de su botella de agua. Carraspea y tose varias veces para recuperar el aire.
—O un hombre…, quién sabe —susurro muy bajito.
Lakowe abre los ojos, atónito, y me lanza una advertencia silenciosa que amenaza con acabar con mi vida. Acto seguido, me da una patada por debajo de la mesa que me hace estremecer.
—¡Auuu! —musito, frunciendo el ceño.
—¿Entonces haríais ese favor por mí? ¿Porfa, porfa, porfa ?
Will alza las cejas. Por su gesto, sé que le resulta imposible mentir. Aun así, intercambiamos una mirada resignada y asentimos; no nos queda otra que cubrir a nuestra amiga.
—Claro, Cami, cuenta con nosotros. Pero ¿hasta cuándo va a durar esa farsa? Es decir, ¿no sería mejor encontrar un trabajo de verdad?
Camila resopla, se levanta y mira por la ventana. Tras unos segundos, se gira y cruza los brazos.
—Digamos que… los García son un poco peculiares. Son bastante intensos.
—Vaya, nunca lo hubiera imaginado después de haberte conocido. —Will se ríe de su propio chiste y cierra una cremallera invisible en su boca al ver nuestra expresión de desdén.
—Mis padres se jugaron la vida viniendo de México a Estados Unidos cuando eran muy jóvenes; ambos se deslomaron para que mi hermano y yo tuviéramos una vida mejor.
Su rostro se ensombrece y distingo el remordimiento que le carcome por dentro.
—Sé de lo que hablas —añade Will, que ahora se ha puesto más serio—. Mis padres no lo tuvieron mucho mejor, pero están orgullosos de que trabaje para una escudería y de que por la noche estudie una carrera con la que prosperar en el futuro.
—Chicos, no lo entendéis —protesta Camila, caminando inquieta de un lado a otro de la habitación—. Yo no soy tan inteligente como vosotros. Ni siquiera terminé la universidad. Soy una auténtica fracasada.
Will y yo nos quedamos desconcertados. Si tuviera que señalar a alguien sin un ápice de inseguridad en esta estancia, habría apostado todo mi dinero a que sería ella. Pero está claro que cada cual arrastra sus propios demonios .
Hasta ahora, Camila ha sido mi mayor apoyo aquí dentro cuando me sentía el último mono de la escudería, una simple becaria en un mundo dominado por hombres. Así que ahora es mi turno de intentar calmarla con unas palabras que me salen del alma:
—Cami, qué tonterías dices. No se trata de ser más inteligente o no, sino de encontrar una profesión que te motive, que te haga levantar cada mañana sabiendo que el dinero con el que pagas las facturas a final de mes ha sido ganado con un trabajo digno —sentencio, hundiendo los ojos en los recuerdos del pasado—.
Si algo me enseñó mi padre mientras lo ayudaba en su taller mecánico de barrio, es que era feliz con lo que hacía, manchado de aceite y grasa, pero siempre con una sonrisa al llegar a casa.
—Estoy de acuerdo con Dani —manifiesta Will—. Piensa en algo que te motive. Algo que hicieras en los años de facultad.
—Mmm… —se queda pensativa—. Puedo decir que ostento el dudoso honor de haber recorrido todas las fraternidades en busca de la mejor fiesta semanal. Una carrera académica impecable.
Fruncimos el ceño y sacudimos la cabeza, perplejos.
—Vale, a ver —dice Will—. A los americanos os gustan mucho esas cosas de clubs y actividades extraescolares. ¿Estuviste en algún grupo de ajedrez, fotografía, ciencia, amigos de los fenómenos paranormales…? No sé, algo te tendría que gustar.
—¡Ja! Esas cosas son para cerebritos —se gira hacia mí—. Perdón, Dani, sin ofender.
—Nada, nada —le resto importancia con un manotazo al aire.
—Pero sí hay una cosa que quizá…
Se detiene a meditar durante una fracción de segundo y, cuando vuelve a hablar, capta toda nuestra atención .
—Cuando íbamos a las fraternidades, mi amiga Amanda y yo creamos un perfil en redes sociales para dar a conocer los eventos que se celebraban alrededor. Hacíamos entrevistas, subíamos cuatro fotos monas y ganamos muchos seguidores, al menos hasta que abandoné la facultad de manera definitiva.
—¿Y por qué no lo haces ahora? —pregunta el mecánico, abriendo los ojos como platos cuando descubre que al fin hemos encontrado algo—. Podrías llevar las redes sociales de tu hermano, como estás fingiendo hacer...
—Imposible, mi hermano no se fía de mí. Dice que soy un completo desastre y que solo sé provocar el caos allá donde voy.
Nos reímos, conscientes de la veracidad de sus palabras. Ella pone los ojos en blanco.
—Por qué será que no nos sorprende…
—Pues entonces haz lo mismo aquí —insiste Will—.
No tienes por qué hablar del deporte en sí, sino de las citas y los eventos que se mueven alrededor de la Fórmula 1.
Tienes una facilidad asombrosa para comunicarte con la gente.
Te mueves por el paddock como pez en el agua y hablas hasta con el mismísimo presidente de la FIA, si hace falta.
Aprovéchalo y poténcialo para sacar algo bueno de todo esto.
—Mmmm…, ahora que lo dices, se me está ocurriendo una idea. —Camila se lleva un dedo a la frente y mira al techo, como si buscara inspiración divina—. ¡Chicos, ya lo tengo! Sois los mejores. ¡Os quiero!
Se lanza en plancha sobre la pila de ropa arrojada en su cama y comienza a dar saltitos de alegría entre las prendas.
Will y yo intercambiamos una mirada precavida. No sabemos qué saldrá de todo esto, pero le damos un margen de confianza. Al fin y al cabo, sabemos que tiene muchas capacidades que todavía puede explotar.