Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 13
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Borrón y cuenta nueva

Alessio

Suzuka, Japón

Circuito Internacional de Suzuka

Mi mejor manera de reaccionar ante el incidente en Shanghái, que provocó un pequeño revuelo en la escudería, no ha podido ser más infantil y cobarde: esconderme en el apartamento de mi amigo Markus en Mónaco mientras Asher aparecía cada tarde con un cargamento de whisky para olvidar las penas.

Me he apoyado en ellos porque son quienes mejor conocen cómo funciona este mundillo.

Pero también han sido los primeros en obligarme a dejar de lloriquear y seguir adelante.

Tienen una forma muy convincente de hacerlo: arrastrándome bajo el chorro de agua helada con la resaca aún a cuestas y montándome una «intervención» de esas que salen en las películas americanas.

Y, sí, quizá tengan razón. Hasta ahora han sido un cúmulo de pequeñas desdichas intentando lastrar mi carrera.

Pero, tal y como me recuerda Mark una y otra vez, ¿no tardó Schumacher cuatro años desde su debut en ganar su primer título mundial?

¿Y otros cinco en consolidarse en lo más alto tras su llegada a Ferrari?

No le falta lógica a lo que dice mi amigo.

Es tan fan del piloto alemán que incluso su adorable perro lleva su apodo.

Kaiser, un cocker spaniel adoptado de una protectora, ha sido mi mayor consuelo estos últimos días.

Si no hubiera sido por sus lametones a las seis de la mañana, recordándome que tenía que levantarme a entrenar, no estaría hoy de nuevo en Suzuka, preparándome para la carrera.

—Alessio, ¿tienes un momento para hablar? —me pregunta Giorgio, que hoy ha venido al box a supervisar de cerca.

El nombre de mi padre parpadea en la pantalla del móvil. Lo ignoro, como llevo haciendo desde que empezó la temporada. Cuando quiere, sabe cómo gestionar mi carrera desde la distancia.

—Eh…, sí, claro —miro el reloj y compruebo que aún dispongo de un par de minutos.

—No quiero entretenerte y menos distraerte antes de la carrera.

La última vez que vi al CEO fue saliendo del despacho de Ferrara. Ahora su expresión se ha suavizado, aunque intuyo que sigue habiendo algo que le carcome por dentro.

—Oye, en cuanto a lo del otro día…

—Hijo —me interrumpe dedicándome una mirada paternal—, eso pasa de vez en cuando. Es parte de este oficio.

—Sí, pero debí ir con más calma.

—Debiste pensar con la cabeza. Y eso es exactamente lo que tendrás que hacer hoy y durante el resto de la temporada —las arrugas de su rostro avalan cada palabra—.

Cuando te llamé para que vinieras a mi equipo no fue porque fueras el nieto de Raffaele, sino porque te he visto crecer, dentro y fuera de las pistas.

Estoy convencido de que llegarás lejos, pero necesitas centrarte, dejar de compararte y correr por ti mismo.

Sus palabras se me clavan como lanzas afiladas. El peso del legado familiar ha condicionado toda mi vida y quizá haya llegado el momento de empezar a trazar mi propio camino.

—Gracias, Giorgio —me limito a decir.

—Estoy muy orgulloso de ti, chico. Y él —alza el dedo índice hacia el cielo—, esté donde esté, hoy verá la carrera con el pecho hinchado de orgullo.

Me da una palmada en la espalda e insinúa una sonrisa de satisfacción. Sus palabras son justo todo lo que necesitaba antes de subirme al coche.

—Ahora sal ahí y patéale el culo a esa panda de aficionados.

Me revuelve el pelo y me enfundo el casco con una sonrisa oculta bajo el pasamontañas. Me acomodo en el asiento, ajusto los arneses y uno de los mecánicos me entrega el volante para adaptarlo al control de mis manos. Las pantallas se iluminan. Todo está donde debe estar.

Cierro los ojos unos segundos e inhalo todo el oxígeno que puedo por dentro.

Salgo del box rumbo a la pista con una sensación distinta, más limpia.

A pesar de que el asfalto aún conserva el frío de la mañana, los neumáticos responden con docilidad en las primeras curvas.

Siento cómo el coche se pega al suelo en las «eses», cómo el equilibrio vuelve poco a poco, con fluidez y precisión.

Aunque llevamos poco de temporada, la tensión entre los pilotos se puede cortar con un cuchillo. Todas las miradas están puestas en Markus y Sokolov, los grandes rivales del campeonato .

El ruso no le teme a nada. Dispone del mayor presupuesto, el monoplaza más competitivo y el respaldo de la afición. Sin embargo, no es amigo de la prensa y es un lobo solitario tanto dentro como fuera del circuito.

Mi amigo Mark es distinto. Siempre lo ha sido, en realidad. Donde otros vemos presión, él ve un juego; donde yo cargo con apellidos y expectativas, él parece competir por diversión, como si aún estuviéramos en el karting , con las rodillas llenas de moratones y la cabeza libre de fantasmas.

Bueno, al menos en el terreno profesional, porque en el personal cada uno carga con su mochila de piedras y él aún arrastra el peso de lo que ocurrió en su vida años atrás.

Hemos traspasado el ecuador de la carrera y aún nos quedan veintiséis vueltas. Suzuka es un circuito exigente, donde se requiere mucha práctica. Sus curvas rápidas, la horquilla de la curva once, los puentes y los desniveles exigen una gran habilidad técnica y aerodinámica.

Adoro la adrenalina que recorre mi cuerpo, la sensación de túnel cerrado cuando el monoplaza alcanza los trescientos kilómetros por hora y la vibración constante del volante, que te obliga a estar alerta ante la más mínima distracción.

Desde dentro todo se percibe con una claridad absoluta, como si el mundo avanzara a cámara lenta. No niego que no exista riesgo, pero el dominio de la situación genera una sensación inigualable de poder y control.

Tomo la última curva e intento sobrepasar al japonés Tatsuya, calculando la maniobra con una precisión quirúrgica. No existe margen de error si quiero salir de esta carrera indemne. No me la voy a jugar de nuevo, así que giro el volante y piso el acelerador a fondo para ganarle la posición.

Unos segundos después, la radio se enciende:

—Vuelta rápida, uno treinta. Sigue así, Alessio —exclama Andrea entre interferencias .

—¡Seguimos! —respondo, orgulloso, dando un puñetazo al volante, aunque soy consciente de que debo mantener la calma.

Apenas quedan tres vueltas para el final y la sensación de agotamiento ya empieza a hacerse notar.

El viento golpea mi casco con furia y, en cada curva, mi cabeza pesa como si cargara veinte kilos.

El cuello me arde por la temperatura y la fricción, mientras que la fuerza G me aplasta contra el asiento.

Aun así, mantengo la mirada fija en el asfalto, sin parpadear, con los cinco sentidos puestos en la pista para anticipar cualquier contratiempo.

Atisbo la bandera de cuadros ondeando a lo lejos y, aunque sé que todavía tengo varios pilotos por delante, también soy consciente de que he terminado en posiciones de cabeza. Mi ingeniero me lo confirma por el pinganillo:

—Bravo, Ale. Un sexto puesto. No está nada mal. Nada mal, chico —repite Andrea eufórico, con el resto del equipo celebrando de fondo.

—¡¡Vamos!!

Calculo los puntos conseguidos este fin de semana. Con el sexto puesto de hoy serán ocho, más los dos conseguidos en la sprint de ayer. Una pena que la vuelta rápida ya no puntúe. Aun así, no podría estar más orgulloso del trabajo realizado.

Dejo el coche en la posición asignada del parque cerrado para someterlo a las inspecciones pertinentes por parte de la FIA. Retiro el volante tras accionar el quick release y me dirijo a la zona de pesaje, donde los comisarios comprueban que cumplimos con la normativa.

En cada carrera, pierdo entre tres y cuatro kilos por la deshidratación, aunque agradezco que el clima japonés, a estas alturas del año, nos haya dado una tregua.

—Buena actuación, Santoro —me felicita Emily, que ha terminado por delante de mí .

—Mira quién habla, Olsen. En nada te veré allí arriba rociándonos a todos de champán.

Sonreímos y nos damos una palmadita en la espalda antes de separarnos.

Distingo una marabunta de polos rojos con el logo de Rosa Nera tras la valla y corro hacia ellos para chocar sus manos.

Tengo un equipo increíble y espero que esta pequeña victoria, aunque lejos del podio, haya servido para levantar un poco el ánimo de toda la escudería y recordarnos que aún queda una larga temporada por delante.

Me limpio el sudor y doy un trago a la botella de agua cuando, a lo lejos, la veo. Una chica con gafas que aplaude sonriente desde la distancia.

Le guiño un ojo y compartimos un momento de complicidad. Sé que después me espera una intensa charla sobre telemetría, gráficos y décimas perdidas con ella, pero ver esa sonrisa en su cara es una pequeña victoria que me guardo solo para mí.