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Extraños en la noche
Daniela
Suzuka, Japón
Circuito Internacional de Suzuka
Han pasado dos semanas desde el incidente en Shanghái que provocó un pequeño revuelo en el equipo. El estado de ánimo del personal se palpa en el ambiente, aunque todos nos hemos volcado en seguir trabajando duro en la próxima estrategia para Suzuka.
Yo, por mi parte, continúo inmersa en el proyecto que le entregaré a Andrea: un conjunto de modificaciones para el monoplaza destinadas a optimizar el flujo hacia el fondo plano, rediseñar los pontones y lograr una gestión más eficiente del aire caliente.
Todo ello, eso sí, con el reglamento de la Federación Internacional en la mano; ese con el que me acuesto todas las noches y con el que sospecho que pronto empezaré a tener pesadillas.
No sé si el año que viene seguiré en esta escudería o si mi breve carrera en la Fórmula 1 terminará esta misma temporada.
Aun así, mientras esté aquí, quiero dejar una pequeña huella; algo que ayude a mejorar la aerodinámica del coche.
Por eso, he diferenciado por colores los cambios permitidos por el reglamento actual y los que quedarán prohibidos el año próximo, como los canales Venturi del fondo plano, que la FIA planea eliminar.
El jet lag me tiene algo aletargada. O quizá sea culpa de las cuatro Sapporo que me tomé anoche con Will y Camila en la habitación de esta última nada más aterrizar en Japón. Esos dos son un auténtico peligro cuando se juntan, pero también han sido mi mayor apoyo estas últimas semanas.
Estoy ensimismada frente a la pantalla cuando, de pronto, una bolsa de chocolates cae del cielo y aterriza sobre mi mesa. Tiene unas letras japonesas serigrafiadas en el plástico y una paleta de colores tan extensa que confundiría a cualquiera.
Alzo la cabeza con curiosidad y me encuentro con el rostro angelical de Alessio, observándome con las manos metidas en los bolsillos.
—¿Y esto?
—Una ofrenda de paz —responde con una sonrisa ladeada.
Finjo no entender de qué va la cosa, aunque la realidad es que sigo molesta por la forma en la que nos trató a mí y al resto del equipo tras el incidente de Shanghái.
Entiendo que estuviera frustrado, pero eso no le daba derecho a comportarse como un auténtico gilipollas con cualquiera que se le pusiera delante.
—No los necesito. Son las… —miro el reloj y abro los ojos de par en par—. ¡Las nueve de la noche! No como chocolate después de las tres o si no seré incapaz de pegar ojo por la excitación.
Noto cómo el rubor me sube a las mejillas tras haber pronunciado esa última palabra. Él sonríe travieso y agradezco que vuelva al tema original.
—Todo el mundo se ha ido al hotel ya. Trabajas demasiado. Tienes que descansar.
—No he venido de vacaciones. Quiero acabar este proyecto —replico con sequedad.
—Como quieras… —amaga con darse la vuelta para marcharse, pero se detiene a medio camino—. Oye, siento mucho lo que pasó en Shanghái.
—Yo lo siento más —murmuro sin apartar la vista de la pantalla.
—No sabía exactamente qué te gustaba, así que he comprado una bolsa de cacahuetes cubiertos de chocolate negro, blanco, té matcha y todas esas guarradas que les gustan tanto a los japoneses.
Lo miro de reojo. Arquea las cejas, esperando una reacción, y se me escapa una media sonrisa.
—Gracias —susurro.
—Buenas noches, Cerebrito.
—Buenas noches, Casanova.
Un silbido casi inaudible se escapa de sus labios al alejarse. Yo me obligo a volver a la pantalla, como si nada hubiera pasado.
Decido aprovechar la tranquilidad para terminar de programar unos datos, así que me dirijo al garaje a tomar medidas de los endplates , las placas verticales situadas en los extremos de los alerones.
Trabajar a estas horas en soledad tiene algo reconfortante. El ajetreo constante del paddock durante el día suele ser abrumador y, a veces, pensar con claridad resulta casi imposible para avanzar con el proyecto.
Me tumbo sobre el pavimento helado para tomar medidas cuando unos ruidos captan mi atención. Quizá aún quede algún adicto al trabajo por aquí o puede que sea Santoro, que todavía no se ha marchado al hotel.
Termino las mediciones y, cuando me dispongo a salir del garaje, escucho los susurros de dos voces hablando demasiado cerca.
Unos sonidos entrecortados se mezclan con los gemidos de uno de ellos.
¿Estarán…?
Oh, Dios mío, que no sea lo que estoy imaginando.
Avanzo con cuidado para evitar que me vean, pero, al abrir la puerta, el maldito chirrido de la bisagra rompe el silencio, delatándome en el acto.
—¡Daniela! —exclama una voz familiar.
Me quedo congelada, sin saber qué dirección tomar. El garaje está en penumbra, pero el resquicio de luz que entra por la puerta ilumina a dos figuras medio escondidas tras unas estanterías.
—¡¿Will?! —pregunto ojiplática.
Lo veo de rodillas en el suelo, en una postura un tanto comprometida. Su mano cubre el miembro de la persona que está de pie, apoyada contra la pared. El corazón me sube a la garganta y el mundo parece detenerse cuando levanto la mirada.
Me lleva unos segundos reconocer la silueta.
—¡¿Leonardo?!
—¡Mierda, mierda, mierda! —exclama el piloto, entrando en modo pánico, mientras intenta subirse los pantalones con torpeza.
—Yo… —balbuceo—. No he visto nada. Podéis seguir con lo que estabais haciendo.
—¡Joder! —masculla una voz que no identifico a quién pertenece de los dos.
García sale del garaje a toda prisa, sin mirarme a la cara. Yo me quedo allí plantada, con cara de idiota, mientras Will se deja caer para sentarse en el suelo.
Se apoya contra la pared y hunde la cabeza entre los brazos con un gesto derrotado.
—Lo siento, Will —me atrevo a decir con una vocecilla ridícula.
—Pequeña Serra —dice él sin levantar la vista—. ¿Qué haces aquí a estas horas? Tendrías que estar en el hotel.
—Estoy terminando el proyecto. Pensé que no quedaba nadie más.
Me acerco despacio y trato de consolarlo al percibir la angustia en su rostro.
—Oye… —se pasa una mano por el pelo—. Lo que has visto...
—Yo no he visto nada, lo juro —me apresuro a decir—. Estaba midiendo los endplates y me iba ya.
—Buena chica.
Me siento a su lado y nos quedamos unos instantes en silencio. Apuesto a que miles de pensamientos rondan ahora mismo su cabeza.
—Pero, si hubiera visto lo que he visto…
—No, Daniela. No sigas por ahí, por favor —me advierte con una mueca de derrota.
—Quiero decir que… No pasa nada. Cada uno es libre de hacer lo que quiera en su tiempo libre, siempre que no haga daño a los demás.
Will esboza una sonrisa triste. Presiento por su gesto que no comparte mi ingenuidad.
—Dani, esa inocencia tuya es entrañable, pero no sirve en este mundo en el que nos movemos —sentencia muy serio y estira las piernas para acomodarse—. Si alguien se entera de lo que ha pasado aquí…
—Que piensen lo que quieran. ¿No sois mayorcitos los dos ?
—A mí me pondrían de patitas en la calle —responde sin rodeos—. Y mi familia depende económicamente de mí para sobrevivir, así que…
—Entiendo.
—Y en cuanto a Leo… —resopla—. Él se llevaría la peor parte. Sponsors , carrera, reputación... Todo por lo que ha luchado se iría a la mierda en un chasquido de dedos.
Trago saliva y medito la situación. El deporte masculino es un selecto club cerrado, lleno de silencios incómodos y reglas no escritas.
Y la Fórmula 1 no es una excepción. Se trata de una competición de hombres blancos, heteros y con mucho dinero.
El resto somos simples aficionados observando desde el sofá de casa.
—No te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo —lo reconforto dándole una ligera palmada en el brazo.
Will sonríe con gratitud y, para mi sorpresa, pasa un brazo por mis hombros, atrayéndome hacia él en un abrazo cálido que me deja sin palabras.
No estoy acostumbrada a estas muestras de afecto fuera de mi familia, así que la cercanía y el roce de su cuerpo me resultan extrañamente reconfortantes.
Una pequeña sonrisa se dibuja en mi rostro antes de que pueda detenerla.
—¿Y cómo es que…? —pregunto curiosa al cabo de unos segundos—. Pensaba que habíais tenido algunos malentendidos en el trabajo y resulta que…
Will suelta una carcajada y sacude la cabeza con incredulidad.
—Eso parecía. Discutíamos por todo y, entre cambio y cambio de neumáticos, la tensión fue creciendo —levanta una ceja— en todos los sentidos.
—¡Ohh! Me encanta. Es como la película Brokeback mountain , versión cowboys en el paddock .
—Sí, pero bastante más torpe… por ambas partes —matiza divertido mientras nos levantamos para salir del garaje—. Hace una semana se lanzó por primera vez cuando nos encontramos paseando por los alrededores de la sede en Bérgamo. Una cosa llevó a la otra y…
—Ajá, así que con razón no quisiste venir con Camila y conmigo a tomar un Aperol a la ciudad —le reprendo gesticulando con fuerza—. Vaya, vaya, señor Lakowe. Qué calladito se lo tenía… Así que va a ser verdad eso de que «los que se pelean se desean».
Suelta una carcajada y abre la puerta para dejarme pasar.
—Ten cuidado. A ver si te va a pasar lo mismo con Santoro.
Mi sonrisa se esfuma de un plumazo.
—¡Jamás! Por encima de mi cadáver.