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Fuera de pista
Alessio
Shanghai, China.
Circuito Internacional de Shanghái
Acabo la carrera y me dirijo al baño de hielo. Y digo «acabar» por decir algo, porque el resto de pilotos sigue rodando en el circuito mientras que García y yo hemos tenido que abandonar en la vuelta veintitrés.
Mi compañero de equipo había aprovechado las décimas de segundo que nos separaban para impulsarse con el DRS y superarme en la recta, en un movimiento arriesgado en el que casi nos rozamos.
El pique entre nosotros se había vuelto tan evidente que hasta nuestros respectivos ingenieros de pista nos pidieron calma por radio.
Sin embargo, la palabra «calma» no figura en mi vocabulario.
Intenté devolvérsela en la curva seis, confiando en que García me dejara espacio en el vértice, pero giró antes de tiempo y no tuve más remedio que bloquear los frenos para evitar una colisión catastrófica .
Recreo la secuencia una y otra vez en mi cabeza y sé que podría haberse evitado. Sí, reconozco mi parte de culpa, aunque él tampoco se quedó atrás. El resultado: dos monoplazas fuera de pista, sin la posibilidad de sumar un mísero punto para la competición de pilotos ni de constructores.
¡Maldito imbécil! Se cree que venir de ganar competiciones en la NASCAR le da derecho a ir con aires de grandeza, sin entender que en Europa se juega con otras reglas.
Me sumerjo en el cubo de agua fría y el impacto es inmediato. Siento una mezcla de sensaciones en mi cuerpo: el frío me corta la respiración, pero también mitiga el fuego de los músculos tras el esfuerzo.
Aun así, las gélidas temperaturas se sienten más como un castigo que como alivio, una penitencia silenciosa por haber dejado que el orgullo pesara más que cualquier decisión racional.
Y hablando de penitencias, Domenico Ferrara entra por la puerta sin dignarse a pedir permiso. Es igualito a mi padre. Se creen los amos del cotarro y dan por hecho que el resto estamos a su disposición.
—En cuanto acabes ahí, vienes directo a mi despacho —ordena el team principal con cara de malas pulgas.
Apenas duro unos minutos más dentro del hielo. Me seco, me enfundo el chándal del equipo y me preparo para enfrentarme a la verdadera prueba del día.
Entro en la pequeña oficina improvisada, instalada en el paddock , y el aire es tan denso que se puede cortar con un cuchillo.
Ferrara está apoyado sobre la mesa con los brazos cruzados y el morro fruncido. Giorgio, el CEO, nos dedica una expresión mezcla de lástima y decepción.
—¿Se puede saber qué cojones ha pasado ahí fuera? —exclama el team principal , colérico—. No quiero excusas, no quiero medias verdades. Solo saber en qué mierdas estabais pensando para haber destrozado los dos monoplazas y haber sido descalificados.
—Ha empezado él cuando se ha acercado demasiado en la primera zona de DRS —me justifico con una afirmación que hasta a mí me suena más a patio de colegio.
—¡Alessio! He dicho que no quiero excusas infantiles. —Avanza un paso hacia mí—. Quiero respuestas claras, soluciones inmediatas y, sobre todo, que esto no vuelva a repetirse.
García me lanza una mirada afilada y ambos agachamos la cabeza aceptando la bronca monumental que estamos recibiendo. Cada palabra de Ferrara es como un látigo azotándonos en la espalda.
Pero hay cosas que duelen más que los gritos. El gesto de decepción de Giorgio es lo que de verdad me sacude el alma.
Lo observo con cautela y, por un instante, ya no lo veo a él, sino a mi abuelo sentado en su sillón, con esa misma expresión defraudada.
Nunca llegué a conocerlo, pero, si siguiera vivo, presiento que me miraría igual.
Por desperdiciar los mejores años de mi vida en riñas absurdas, cargadas de testosterona, en lugar de superarme cada día para seguir escalando puestos en la clasificación.
—Lo siento, jefe —manifiesta García cabizbajo.
—No volverá a repetirse —susurro en un hilo de voz.
—Señores —reanuda Ferrara su discurso—, hay mucho dinero en juego ahí fuera.
Esto ya no es el karting donde jugabais cuando erais unos críos.
Ahora sois adultos. En Fórmula 1 cada segundo, cada curva y cada adelantamiento mal calculado tiene consecuencias.
Y vosotros dos habéis puesto todo en riesgo hoy.
Alzo despacio la cabeza. La yugular del team principal parece a punto de estallar. Se gira y comienza a recorrer la pequeña sala con los puños apretados, como una fiera enjaulada, mientras la tensión nos engulle en el ambiente.
—Id a descansar ahora los dos —dictamina el CEO con una calma tensa en su voz—. Mañana a las nueve nos reuniremos para clarificar todos los hechos y estudiar las consecuencias que esto nos pueda traer.
—¿Habrá alguna penalización de la FIA? —pregunto con cautela.
—Estamos en contacto con ellos ante una posible sanción. Os mantendremos informados en tal caso.
Asiento sin parpadear. Giorgio se da la vuelta, dando por terminada una reunión que nos deja a todos con el sabor metálico del fracaso en la boca.
García y yo nos levantamos al mismo tiempo. Al pasar junto al otro, nuestros hombros se rozan y nos apartamos de inmediato, casi con brusquedad. Antes de cruzar el umbral de la puerta, Ferrara nos detiene.
—Y una cosa más. Tenéis expresamente prohibido salir de fiesta esta semana. No queremos más escándalos. Y esto va por ti, Santoro.
Resoplo y amago con replicar, pero una fuerza interior me detiene en el último instante. Ahora mismo no me conviene ganar más detractores.
—Por mí no hay problema. Yo nunca salgo de fiesta —dice García, con esa imagen de niño bueno que tanto gusta al equipo.
Accedo sin estar muy conforme y abandono la sala rumbo a la zona de descanso. Me siento como un puto crío al que le han castigado sin salir a jugar con sus amigos al patio.
Otra vez.
Ya lo viví de pequeño. Ya lo sufrí cuando tenía diez años y mi padre me abandonó en una gasolinera durante dos horas por haber quedado tercero .
Recuerdo que regresábamos de Suiza en pleno mes de enero. Las temperaturas apenas llegaban a los dos grados y, si no llega a ser porque me refugié en el maloliente baño de la estación, quizá habría muerto de hipotermia.
Aquella noche llamé a mi madre. Se lo conté todo y me dio la impresión de que no me creyó. Me dijo que obedeciera a mi padre. Que solo él sabía cómo entrenarme para conseguir ser un campeón. Que solo de esa manera me iría bien en la vida.
Por aquel entonces, fui de casa en casa como un paquete postal, con una mochila medio vacía y un par de coches de juguete. Pasé más tiempo con el personal de servicio que con mis propios padres. En aquel momento, solo soñaba con cumplir los dieciocho y largarme para siempre.
Regreso al presente al cruzar la sala de reuniones. Tropiezo con una chica de gafas enormes que carga un portátil contra el pecho.
—Mira por dónde vas, Cerebrito —le suelto en un tono más alto del que pretendía.
—Perdona —balbucea—. Estaba mirando las imágenes de la carrera y no me he dado cuenta.
—¿Tú también me vas a echar la bronca? ¿A decirme lo que tengo o no tengo que hacer ahí fuera?
Mi tono de voz capta la atención de varias personas que se giran hacia nosotros.
—No, yo… —titubea, recolocándose las gafas.
—¿Qué miráis todos? ¿No tenéis nada que hacer? —exclamo colérico—. Poneos a trabajar.
El equipo se dispersa y los cuchicheos en la sala se desvanecen.
Lo sé. Soy consciente de que me he convertido en el hazmerreír de la escudería. Soy la escoria de la que mi padre afirma siempre avergonzarse .
A veces, desearía abrir un agujero en la tierra y desaparecer para siempre. Pero no puedo. Soy el centro de todas las miradas y hasta los sponsors me buscarían en el infierno para hacerme pagar cada una de mis deudas.