Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 10
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Tiempo de ocio

Daniela

Melbourne, Australia

Aún nos quedan un par de días en Melbourne antes de viajar a Shanghái. Los resultados de la primera carrera no han sido los esperados. Aun así, el equipo técnico ha reconocido que tenemos un margen abismal de mejora y que, al fin y al cabo, solo se trata de la primera carrera de la temporada.

García ha quedado en el decimotercer puesto y Santoro en el noveno. Podría haber sido octavo si no fuera porque tanto Sokolov como el japonés Tatsuya lo adelantaron en la curva tres, y este último quedó un puesto por delante.

¡Oh, sorpresa! Para todos menos para mí.

Los pilotos de la escudería Heston siempre guardan un as bajo la manga. Uno que yo suelo detectar desde el sofá de mi casa, con una manta y un bol de palomitas, mientras los comentaristas fingen no darse cuenta .

Mi tarea en este país está hecha, así que hoy me han dado el día libre mientras el equipo técnico se reúne para el debriefing de la carrera.

Me consta que el t eam principal echaba humo por las orejas tras el inicio de temporada.

Aún no me he encontrado con él cara a cara, pero dicen que es un expiloto frustrado que canaliza sus traumas haciendo la vida imposible a quienes se cruzan en su camino.

—Vamos, chicas, ¿estáis listas? —pregunta Lakowe desde uno de los descapotables que el mecánico ha «cogido prestado» de la escudería.

—¡Ya voy! He tenido que volver a por mi sombrero de rafia para la playa —exclama Camila, llegando tarde y sin el menor atisbo de culpa—. Es fundamental para la experiencia australiana. ¿A que es monísimo?

—Como llenes un centímetro más la maleta en cada país, vas a tener que viajar en el jet privado de algún piloto o, tal vez, en la bodega, junto al equipaje —le suelta Will mientras arranca rumbo a la costa, con el sol reflejándose en el parabrisas.

—Oye, ¿estás seguro de que podemos coger el coche? ¿Has avisado a alguien? —pregunto inquieta, como si estuviéramos cometiendo algún delito, como robar material confidencial de la FIA.

—Pequeña Serra —responde con una sonrisa ladina—, una de las ventajas de este mundillo es el merchandising de los patrocinadores. No tenemos la influencia ni el sueldo de los pilotos, pero de vez en cuando nos dejan jugar a ser ricos por un día con las migajas que les sobran.

—Si por «migajas» te refieres a pasearme en descapotable bajo el sol, me declaro fan de este deporte sin tener remota idea de él —añade Camila, que levanta los brazos para disfrutar de los últimos rayos del verano australiano—.

Vamos al Café del Mar; dicen que tiene una de las mejores zonas chill out junto a la playa .

—¿Eso no está en Sídney? —apunto intentando formar parte de la conversación.

—Hay como diez horas en coche, pedazo de loca —replica el británico, dándole un manotazo suave en su nuevo sombrero—. Pero tranquilas, os llevaré a otro sitio que me han recomendado y que promete mojitos decentes y gente guapa.

—Tú sí que sabes, Lakowe. Donde sea, pero que haya música alta y hombres atractivos. Tampoco pido tanto, ¿no?

Mientras el coche se desliza por la costa, siento cómo las carcajadas de mis nuevos amigos se mezclan con la suave brisa y el rugido del motor.

La verdad es que Will, Camila y yo estamos forjando una amistad tan inesperada como necesaria.

Puede que las cervezas que nos tomamos en un bar de Bérgamo, la primera vez que coincidimos los tres, facilitaran esta conexión instantánea.

Desde entonces no han faltado las risas y las bromas absurdas.

Me gusta pasar el tiempo libre con ellos. Son sarcásticos, exagerados y siempre saben cómo arrancarme una sonrisa cuando me entran ganas de tirar la toalla y volver a casa.

Si esto es lo que se siente al encontrar una pequeña familia lejos de la mía, quizá no esté tan mal quedarse un poco más.

—No me extraña —apunta el mecánico—. Si todos los hombres en América son tan ásperos como tu hermano, es normal que quieras encontrar uno fuera de casa.

—Ay, Leonardo… —suspira Camila—. ¿Qué te ha hecho ahora mi hermanito? Cuando se lo propone, no hay quien le gane a seco. Desde luego, no heredó el desparpajo de mi familia mexicana.

—Es muy cuadriculado. No se fía de quién le pone los neumáticos. ¡Y eso que trabajamos en la misma escudería, por Dios!

—Bueno, digamos que Leo es tan reservado como perfeccionista —responde Camila, girándose en el asiento mientras sujeta el sombrero para que no salga volando—.

Ha tenido alguna experiencia complicada en el pasado y ahora no confía en casi nadie.

Solo piensa en convertirse en el mejor piloto de Fórmula 1 a base de entrenar y ver repeticiones de carreras hasta las tantas de la madrugada.

—Debe de ser cosa de pilotos —refunfuño, cruzándome de brazos contra el respaldo—, porque Santoro me tiene frita con sus tonterías.

Will y Camila intercambian una mirada cargada de diversión. De esas que no prometen nada bueno. Tienen la misma mente perversa y temo descubrir qué les estará pasando por la cabeza en este momento.

—Santoro es… —vacila el británico, buscando la palabra adecuada— peculiar. Lo conozco desde hace un par de años. Dicen que su padre lo tiene sometido a una presión brutal, pero en el fondo es buen tío.

—¡Y está como un cañón! —añade Camila, componiendo una mueca exagerada en su cara—. Aunque dicen que se va a casar con una rusa. Menudo desperdicio siendo tan joven.

No me sorprende su comentario. Mi nueva amiga es espectacular.

A su preciosa tez tostada se suma un vestuario impecable, un maquillaje perfecto sin parecer artificial y un pelo digno de anuncio de champú.

Sería, objetivamente, el tipo de chica ideal para el italiano.

Aunque no podría dejar de apiadarme un poco de ella si acabara con él.

—No me deja hacer mi trabajo —continúo gruñendo para mis adentros—.

Cree que soy demasiado joven para darle órdenes, cuando solo intento ayudarlo.

Llevo años analizando carreras, conozco cada dato de telemetría que generan todas y cada una de las escuderías.

Ahí está la clave para llegar lejos, pero él insiste en que las carreras se ganan a base de velocidad y resistencia.

—Vamos, Dani —dice Camila con una sonrisa ladeada—. No será para tanto. Hablas de él como si fuera la mayor de tus pesadillas y seguro que solo es un pequeño roce profesional .

—Un pequeño y muy molesto grano en el culo —replico demasiado deprisa, gesticulando—. Eso es lo que es.

—Claro, claro, una molestia puramente profesional. Por eso estás hablando de él en tu día libre.

Will reprime una carcajada y aferra las manos al volante.

—Si te sirve de consuelo, Santoro no hace caso a nadie. Ni a su ingeniero de pista, ni al team principal , ni siquiera a su propia conciencia. Que a ti te plante cara ya significa algo. No está acostumbrado a que nadie le lleve la contraria dentro del equipo.

—No me hace caso —insisto, dando un manotazo a la tapicería—. Me provoca, me ignora y me quita hasta el boli del pelo como si tuviéramos cinco años. ¡Es mi amuleto de la suerte! —protesto indignada.

—¿En serio? —Camila se gira y alza una ceja—. Eso último es flirteo de manual. No sé en Europa, pero en Estados Unidos es una señal inequívoca de que un hombre quiere llamar tu atención.

—Por Dios, ¿cómo va a ser eso? —resoplo—. ¿Tú nos has visto? Es algo infantil, y ya está.

—El noventa por ciento de los hombres guapos lo son, Daniela —dictamina ella, poniendo los ojos en blanco—. El otro diez por ciento miente como un bellaco.

Will nos observa divertido. Solo le faltan las palomitas para seguir disfrutando de esta conversación.

—No le des más vueltas, Dani. Si Santoro sigue así, acabará aprendiendo por las malas que en la Fórmula 1 no gana quien corre más, sino quien piensa y tiene una estrategia mejor.

Meneo la cabeza de lado a lado y veo cómo Will me guiña un ojo, cómplice.

Aun así, no puedo evitar recordar nuestros últimos encuentros: las peleas absurdas, su risa desafiante, la chulería italiana y esa manera de retarme como si fuera una carrera más que ganar.

Aprieto los labios, rabiosa conmigo misma. Soy consciente de que a mí también me gusta llevar la razón, pero su cabezonería juega en otra liga.

Aparcamos cerca del club, dispuestos a pasar un buen día, aunque mis propios pensamientos sobre el piloto ya me lo han estropeado.

Camila baja del coche y se ajusta el sombrero mientras guarda el móvil.

—Pues ya estaría.

—¿El qué? —pregunto desconcertada.

—Le he mandado un mensaje a Santoro avisándole de que estaríamos aquí, por si le apetecía pasar.

—Pero… ¿por qué has hecho eso? —le reprocho, sintiendo cómo el pánico me sube por la espalda.

—Le he sugerido que venga a aprender más de estrategia contigo —añade con total naturalidad, guiñando un ojo—, en un entorno relajado con playa, sol y una copa en la mano.

Will suelta una carcajada y niega con la cabeza:

—Estás como una auténtica cabra.

—Lo sé —afirma orgullosa—. Es una de mis mejores cualidades. Quizá debería añadirla al currículum.

El estómago se me encoge mientras los veo alejarse hacia la entrada del club.

—Es una broma, ¿verdad? —les grito desde la distancia—. ¿Os estáis quedando conmigo?

Camila se gira, lo justo para dedicarme una sonrisa peligrosa.

—Relájate, Dani. Y no te demores, que se les van las vitaminas a nuestros mojitos.