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Donde todo empieza
Alessio
Melbourne, Australia
Circuito de Albert Park, Melbourne
«Bienvenidos al Circuito Internacional de Albert Park, en Melbourne, donde este fin de semana ha dado comienzo una nueva temporada de Fórmula 1.
Tras meses de espera, los aficionados volvemos a vibrar con el rugido de los motores en un domingo que promete velocidad, tensión y espectáculo desde la primera curva.
Australia se convierte así de nuevo en el punto de partida de un campeonato que arranca con ambición, con los equipos de siempre y con nuevas escuderías renovadas, pilotos dispuestos a escribir su nombre en la historia y una sola certeza: aquí no hay margen para el error.
Señoras y señores, abróchense los cinturones, porque el mundial de Fórmula 1 acaba de arrancar» .
Echaba de menos el ambiente del paddock . Los aficionados gritando desde las tribunas, los fotógrafos buscando su mejor ángulo o los famosillos dejándose ver consus excéntricos vestuarios. Y todo ello, además, en uno de los mejores circuitos de la temporada.
Venir del invierno europeo al calor en la otra punta del planeta nunca es sencillo, sobre todo cuando las temperaturas dentro del monoplaza pueden volverse extremas y complicar aún más la competición.
Llevamos varios días probando el circuito, entrenando el viernes y en la clasificación de ayer, en la que quedé en un pésimo undécimo puesto.
Pero no pasa nada. Hemos venido a jugar.
—¡Münster! Cuánto tiempo, amigo.
—¿Qué pasa, Santoro? ¿Has venido a ponerte las pilas esta temporada o sigues lloriqueando con que te han dado un coche que no corre?
Compartimos una sonrisa cómplice. Si alguien me conoce desde que éramos críos, ese es Markus, uno de mis principales rivales desde que empezamos a correr en karting y, de manera inevitable, uno de mis mejores amigos.
—Eres un cabronazo —le pico, dándole una palmada en la cabeza, gesto que, por desgracia, capta un fotógrafo cercano—. Claro, como tú lo tienes todo a tu favor, así cualquiera gana carreras.
Los medios más sensacionalistas llevan años inventándose una falsa rivalidad entre nosotros, alimentada por un supuesto lío de faldas en el que, en teoría, yo le robé a la modelo Irina Sokolova, prima de nuestro principal competidor, Vladislav Sokolov.
Nada más lejos de la realidad.
La mayor parte de los pilotos nos hemos criado juntos y, aunque la opinión pública, las escuderías e incluso nuestras propias familias se empeñen en vender esa imagen de enemistad que tan bien funciona de cara al espectáculo, lo cierto es que muchos terminamos saliendo juntos de fiesta en cuanto nos quitamos el mono de carreras.
Asher Miller es la tercera arista de nuestro triángulo: un inglés alocado que, cuando se lo proponga, empezará a ganar campeonatos. Y también está Emily Olsen, la única mujer en la categoría reina, a la que por fin le han dado una plaza como piloto titular tras años ganándose su sitio.
Eso sí, siempre hay excepciones. Como el propio Sokolov, que es un auténtico repelente, o Wilhelm von Amsberg, el príncipe heredero a la corona holandesa, que corre más por diversión que por verdadera pasión por el motor.
Volver aquí es como comenzar un nuevo curso escolar. Reencontrarse con compañeros, viejos profesores y con los exámenes acechando a la vuelta de la esquina para poner tus capacidades al máximo rendimiento y finalizar con buena nota la temporada.
Sin embargo, esto es el mundo real y la ingente cantidad de dinero y las apuestas distan mucho de cualquier juego infantil.
Me despido de Markus y vuelvo rodando con mi patinete hasta el box de Rosa Nera. Observo el emblema renovado con el que mi abuelo llegó a lo más alto y alzo la vista al cielo, casi sin darme cuenta, como si le pidiera permiso para patearles el culo a mis rivales.
Quedan pocos minutos para que se apaguen todas las luces del semáforo, así que me enfundo el mono con el número 27 y cojo el balaclava, el material que protege mi cabeza de un posible riesgo térmico en caso de incendio.
Sigo ensimismado en mi rutina cuando una voz femenina me despierta de mis pensamientos:
—Alessio, ¿dónde te habías metido? —pregunta Irina con un cierto gesto de enfado. Como si tuviera que darle alguna explicación—. Tienes que ganar esta carrera, amor. Esta noche te daré una recompensa si te portas bien .
—Irina, no puedes estar aquí —advierto de manera tajante—. Estamos trabajando.
—Solo venía a darte tu amuleto de la buena suerte.
Se inclina para besarme, pero veo a Daniela observándonos de reojo y me aparto por puro instinto. El roce apenas llega a mis comisuras, por lo que Irina me fulmina con la mirada antes de abandonar el box meneando sus caderas.
Me acerco a la becaria, que desvía la vista con poca sutileza.
—No está bien espiar las conversaciones ajenas, Cerebrito.
—No son de mi incumbencia tus relaciones personales, pero sí las profesionales —replica frunciendo el ceño—. Mira esto, Santoro.
Me río divertido y me acerco para observar lo que me señala en la pantalla del portátil.
—Ten cuidado en la curva tres —advierte, ajustándose las gafas en el puente de la nariz—. Heston tiene la estrategia de adelantar ahí a sus oponentes. Todo el mundo se centra en las nueve y diez, pero ellos atacan en la tercera. Lo han hecho en temporadas pasadas y siempre les ha funcionado.
—Tranquila, Cerebrito. Está todo controlado.
Le quito el boli que lleva enganchado al moño, solo para provocarla. Ella se gira de golpe.
—Devuélveme eso ahora mismo.
—Solo si dejas de darme órdenes como si fuera un piloto novato. Confía en mis instintos.
—¡He dicho que me lo devuelvas! —exclama, elevando la voz mientras aprieta los puños.
Miro de reojo la pantalla. En la esquina inferior derecha parpadea una notificación:
«Alessio Santoro: un Casanova dentro y fuera de la pista» .
Aprovecha mi descuido para arrancarme el boli de la mano y guardárselo en el bolsillo. ¿Por qué estará tan cabreada por un simple bolígrafo?
Joder, debería estar concentrado en la carrera y, sin embargo, aquí estoy, entreteniéndome en sacar de quicio a la nueva becaria.
—Así que ¿estabas buscando información sobre mí, Cerebrito?
Se gira, con un destello de inquietud en el rostro, y se lanza hacia el ratón para cerrar la ventana que se ha quedado congelada con mi cara ocupando toda la pantalla.
—No, yo no… —balbucea—. ¿No deberías estar dentro del monoplaza ya, Casanova? Quiero decir… Santoro.
Sonrío por el descuido con el que ha pronunciado ese apelativo con el que me ha bautizado la prensa rosa. Me doy la vuelta para encontrarme con la cara de Andrea, mi ingeniero de pista, que me alienta con la mirada a dejar de perder el tiempo y salir a rodar.
Caliento los neumáticos, compruebo los frenos y evalúo las condiciones de la pista.
La vuelta de formación es crucial para asegurar que todo funcione mientras los equipos despejan la parrilla.
De manera inconsciente, mi atención vuelve una y otra vez a las curvas tres, nueve y diez —las zonas clave para adelantar—, tal y como ha señalado Daniela.
Algo me dice que su intuición no falla y, aunque no lo reconoceré delante de ella —ya que me encanta picarla en público—, creo que tiene una mente prodigiosa y no debería desconfiar de sus advertencias.
Los veinte monoplazas nos colocamos en nuestras respectivas posiciones en la parrilla de salida.
Sokolov me lanza una mirada de advertencia cuando pasa por mi lado hacia el tercer cajón.
Münster levanta el pulgar en señal de ánimo y Miller me dedica su recurrente mueca burlona que intuyo bajo la visera .
Todo está listo para el inicio de temporada.
Compruebo el sistema de hidratación, algo que me tiene obsesionado desde la temporada pasada, y me concentro en el volante mientras el personal abandona la pista y el comisario ondea la bandera verde.
El rugido de los aficionados envuelve el parque bajo el sol del verano australiano. Yo, en cambio, solo tengo ojos para el asfalto. Me fundo con el monoplaza, como si formáramos parte del mismo engranaje, esperando el instante exacto en el que el pie deba hundirse en el acelerador.
Mi corazón late con ferocidad. Repaso el trazado una y otra vez en mi cabeza memorizando cada curva, cada punto de adelantamiento, cada zona de DRS en el mapa.
Y entonces, justo antes de que se apague la última luz roja, la imagen de una chica con peto vaquero cruza mis pensamientos.
¡Mierda!
Las cinco luces se apagan.
Ya no hay vuelta atrás.