Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 8
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Los mellizos Garcí a

Daniela

Bérgamo, Italia

Sede central de la escudería Rosa Nera

Aún no doy crédito a la noticia que me ha dado mi nuevo jefe hace apenas unas horas. Llevo toda la mañana intentando asimilarla y no ha sido hasta ahora, al contárselo a mi padre por videollamada, cuando he empezado a ser consciente de la realidad.

—Es una noticia increíble. Estoy muy orgullosa de ti, Ratita.

—Papá, por favor, no me llames así en voz alta. Hay muchos compañeros comiendo en la cantina —le reprendo mientras miro a un lado y a otro. Por suerte, la mayoría ya ha terminado. Son las dos y todavía tengo que habituarme a sus horarios.

Le cuento a mi padre que tengo muchísimas ganas de viajar a Melbourne.

No me puedo creer que en menos de una semana vaya a pisar Australia por primera vez.

Hasta hace unos días ni siquiera había salido del país.

Como mucho, había pasado un día en Andorra hace unos cuantos veranos, si es que a eso se le puede llamar viajar al extranjero.

Mi padre me escucha con orgullo mientras me hago un moño de cualquier manera y lo engancho con el boli que siempre llevo en el pelo.

Es otro de mis amuletos de la buena suerte, el mismo con el que mi madre corregía los exámenes de sus alumnos cuando era profesora de matemáticas en el instituto, aunque hace ya demasiado tiempo que dejó de usarlo.

Mi hermano pequeño aparece por detrás, rogándome que le consiga una camiseta firmada por Santoro. Y es que desde que le conté que lo había conocido en el simulador —omitiendo el resto de los detalles—, no ha dejado de repetir que se ha convertido en su piloto favorito del mundial.

Si la gente supiera lo fanfarrón que es, a más de uno se le caería un mito.

Me despido de ellos mientras apuro el bocadillo y me como de postre unos cacahuetes cubiertos en chocolate. Ya casi no queda nadie en la cantina, pero una pareja de mi edad me mira con curiosidad desde el banco de enfrente.

Reconozco a Leonardo García, el otro piloto de la escudería, pero no a su acompañante, una chica preciosa, de esas que acaban convirtiéndose en la novia o la mujer de algún deportista o empresario de éxito.

Me limito a mirarlos de reojo, intentando disimular.

¿De qué estarán hablando? Siguen cuchicheando e intercambiando comentarios en voz baja.

Bueno, en realidad es más bien ella la que habla mientras él la escucha como si se tratara de una obligación contractual.

Me están empezando a poner nerviosa cuando veo cómo se levantan con sus bandejas y se acercan a mi mesa.

—¡Hola! Soy Camila —se presenta la mujer y alzo despacio la cabeza para encontrarme con esos preciosos ojos azabache que me atraviesan con una simple mirada .

—Hola, yo Daniela, pero puedes llamarme Dani.

Me tiende una mano y se gira para buscar a su acompañante, que se ha quedado rezagado depositando las bandejas.

—Y ese de ahí es mi mellizo, Leo. Es un poco sieso cuando lo conoces por primera vez, pero luego le coges cariño enseguida.

—Oye, te he oído, Camila —masculla el piloto al acercarse cabizbajo, antes de darle un manotazo a su hermana—. Perdónala, es la primera vez que viaja fuera de Estados Unidos y está demasiado emocionada.

—¡¿No es genial viajar a Europa?! Me encanta vuestra historia, la comida y los hombres. Oh, Dios, ¡qué hombres! Qué ganas tengo de conocer chicos guapos —exclama en un tono más alto del que a su hermano le gustaría, a juzgar por cómo esconde la cara entre sus manos.

—Por favor, Cami, no me hagas pasar vergüenza. Acabamos de llegar y tengo que mantener una reputación.

—Si no fuera por mí, seguro que te quedarías encerrado en la habitación y no saldrías ni a hacer amigos —replica antes de mirarme con entusiasmo—. Pero ya tenemos una aquí, ¿no es genial? Eres española, ¿verdad? Perdona, no he podido evitar escuchar tu conversación al teléfono.

—Sí, soy de una ciudad cerca de Barcelona.

—¡Ay, madre! Sueño con ir allí desde que era una cría —exclama doblemente excitada—. Tengo un póster del parque Güell en mi habitación. Díselo, Leo. ¿Me prometes que cuando esta gente corra en Montmeló me llevarás a dar una vuelta por la ciudad?

—Cami, en serio —le reprocha su hermano—, baja las revoluciones o te mando de vuelta a Texas con papá y mamá.

—Claro, no hay problema —le aseguro y esbozo una sonrisa divertida por la complicidad de los hermanos .

—¡Ay, virgencita! Y ese de ahí es… —suspira como una adolescente enamorada.

Me giro para ver a quién se refiere y reconozco las ondas rubias que vi por última vez en el simulador.

—Santoro —murmuro con sequedad, frunciendo el morro.

El italiano se acerca hacia nosotros con una sonrisa triunfante en la boca.

—¡Hombre, García! Qué poco te dejas ver en público —indica dándole una palmada en la espalda. Leo agacha la cabeza, visiblemente incómodo—. No imaginaba que la razón fuera que te encanta estar rodeado de féminas.

—No, por favor —interviene Camila—. Soy la melliza de Leo. La única mujer a la que mi hermano ha montado en su vida es su adorado Chevrolet Monte Carlo, al que llama Donna en la intimidad.

Santoro estalla en una carcajada y Leo la fulmina con la mirada. Apostaría lo que fuera a que en su lista de prioridades acaba de colarse comprarle un billete de vuelta en el próximo vuelo comercial.

—Cerebrito —dice Santoro, dirigiéndose hacia mí—. No me digas que te has pasado al bando enemigo. Recuerda que ahora trabajas para mí. ¿Ya te han dado las buenas noticias?

Sus labios se curvan en una sonrisa burlona y me quedo petrificada. ¿Está al tanto de mi nueva incorporación a su equipo? Apenas me lo han comunicado hace una hora.

—Te recuerdo que yo trabajo para Rosa Nera, no para egos que necesitan recordarle al resto quién manda —replico, intentando que mi voz no delate el nerviosismo.

Su sonrisa se ensancha, como si acabara de encontrar un nuevo entretenimiento. ¿De verdad no tiene otra cosa mejor que hacer?

—Eso dices ahora —responde, divertido—. Pero ya veremos qué pasa cuando me supliques de rodillas por una camiseta firmada. ¿Para un noviete? ¿O quizá para tu hermano pequeño?

—Pero ¿cómo te atreves a…? —mi respiración se entrecorta y la indignación me quema la garganta. No me lo puedo creer. ¿Habrá estado espiando la conversación con mi familia?

—Uy, cuánta tensión se respira en el ambiente —apunta Camila, que hasta este momento se ha mantenido en un discreto segundo plano—. Esto solo lo resuelve una ronda de gin-tonics para apaciguar las aguas. ¿Dónde está el bar más cercano?

—En serio, Cami —le reprende su hermano—. Te traje aquí para que buscaras tu vocación en la vida después de abandonar la universidad, no para que…

—Chico, qué aburrido eres. No entiendo cómo pudimos nacer de la misma madre. —Pone los ojos en blanco y amaga con coger el bolso para marcharse—. Si quisiera encontrar mi vocación, desde luego no empezaría escuchando tus sermones, así que relájate.

Él aprieta la mandíbula, en un gesto tenso, y se gira hacia Santoro. Por su expresión, deduzco que no le hace ninguna gracia que su rival haya sido testigo de esa disputa familiar.

Aprovecho el momento de tensión para inhalar todo el oxígeno que puedo, pero no me da tiempo a reaccionar cuando Camila se lanza hacia mis brazos para despedirse. Después, los hermanos se marchan discutiendo por el pasillo.

—Cerebrito —me llama Santoro, ladeando la cabeza mientras clava sus ojos en mí—. ¿De verdad creías que ibas a escapar tan fácilmente?

El calor sube a mis mejillas, pero me obligo a mantener la calma.

Paso junto a él con la bandeja de comida, evitando rozarlo más de lo estrictamente necesario, aunque cada centímetro me parece un desafío.

Su mueca socarrona y ese sonido que hace con el refresco al sorberlo se graban en mi mente.

Juro que cada ruidito se me clava en las entrañas.

—Tengo que volver a mi puesto —afirmo sin establecer contacto visual con él.

—Tranquila, no voy a morderte —continúa en un tono que mezcla diversión y desafío—. Pero sería una lástima que desperdiciaras esta oportunidad.

—¿Cómo has dicho?

—La oportunidad de comentar tu proyecto de la universidad —matiza, aclarándose la garganta.

¿En serio ha leído mi proyecto o es otra de sus fanfarronerías para tomarme el pelo?

Sea como sea, lo único que quiero es escapar de aquí. Así que tomo una bocanada de aire, dejo que la calma regrese y, esta vez, lo miro de frente.

—Pensé que no te interesaba la teoría.

—A veces hay que saber lo que piensa el enemigo para librarse de él. La información es poder.

—Me tengo que ir. Alguien tiene que trabajar de verdad para conseguir tus títulos —replico, con un gesto firme—. No basta con llevar el apellido Santoro y esperar que todo esté hecho. Hace falta esfuerzo, no sentarse a presumir como si los campeonatos fueran solo tuyos.

Su sonrisa vacila durante un instante, lo justo para darme cuenta de que ya no tiene todas las cartas bajo control.

—Nos vemos por ahí, Cerebrito —sentencia, dando un último sorbo al refresco cuando ya me he girado para salir de la cantina.

Cierro los ojos y bufo por dentro. Jamás nadie me había sacado tanto de mis casillas, pero este niñato malcriado está poniendo a prueba mi paciencia como nadie lo había hecho antes.

Esta temporada va a ser larga.

Muy larga.