Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 7
15%

7

Un titular jugoso

Alessio

Sakhir, Baréin

Circuito Internacional de Sakhir

—Bien, vamos a comenzar con la ronda de preguntas —anuncia Aurora, la responsable de prensa, dando paso a uno de los periodistas más veteranos del deporte—. Beckford, adelante.

Timothy es de esos reporteros que lleva tantos años retransmitiendo el mundo del motor que ya debería estar jubilado. Aun así, se le da de miedo esta tarea y conoce la Fórmula 1 tan bien como el arte de plantear la pregunta más incómoda que pueda desencadenar un titular de lo más jugoso.

—Buenos días. Para la BBC Sport. Mi primera pregunta va dirigida a Ferrara. En primer lugar, quería darle la enhorabuena por su nuevo puesto como t eam principal de Rosa Nera.

—Gracias —contesta Domenico con un tono seco, esperando a que lance su afilada pregunta .

—Todos sabemos el pufo que Donato Moda dejó la temporada pasada y que levantar un nuevo equipo no será tarea fácil, sobre todo cuando el actual parece estar en respiración asistida…

—hace una pausa calculada para que la afirmación cale en su interlocutor—.

¿Qué puede aportar usted para que, a final de temporada, me retracte de estas palabras?

Ferrara lo fulmina con la mirada. Beckford es de los que lanza la bomba y esconde la mano.

Sin embargo, mi nuevo t eam principal fue también piloto de la misma escudería que mi padre y, para mi desgracia, también buen amigo suyo.

Así que sabe manejarse en estos terrenos. O eso creía, hasta que le oigo decir:

—Beckford, ¿no has pensado ya en jubilarte? ¿O tienes miedo de que las nuevas generaciones te den mil vueltas en el circuito? Me apuesto a que tienes una casita en Benidorm esperándote.

El reportero suelta una carcajada amarga y Domenico se limita a fruncir el ceño. Aurora y yo nos miramos ojipláticos, sin dar crédito a lo que acaba de suceder ante decenas de micrófonos.

—Lo que ha querido decir el t eam principal —intervengo, tomando el micrófono antes de que esto se desmadre— es que Rosa Nera no tiene nada que ver con la anterior escudería.

Contamos con los recursos, las herramientas y el personal adecuados para competir al máximo nivel esta temporada.

Y, además, yo seré el piloto principal. ¿Qué más necesitas para creer que esta escudería pueda resurgir de sus cenizas y volar alto como el ave fénix?

Parpadeo despacio, tras escupir una fanfarronería premeditada. Beckford me observa impasible, Ferrara me lanza una mirada asesina por robarle protagonismo y la jefa de prensa asiente satisfecha. Les acabo de salvar el culo de una posible portada incendiaria .

No voy a confesar que disfrute de declarar ante los medios, pero tengo esa facilidad de camelarme a quienes se encargan de difundir mi imagen al mundo entero.

Les gusta hablar del «chico malo», aunque no sea exactamente el perfil que quiero para mi carrera deportiva. Aun así, no dudo en usarlo a mi favor.

Con casi todos, porque Beckford es un hueso duro de roer.

—Santoro, te hemos echado de menos en la pista estos meses —reanuda el discurso el reportero—. O quizá desde que entraste en la Fórmula 1, porque aún no has acabado una carrera por encima del octavo puesto. Tal vez deberías dedicarte a entrenar más y a salir menos de fiesta.

«Hijo de puta».

Alzo las comisuras de mis labios hasta mostrar mi mejor sonrisa. No quiero concederle ni una décima de duda. Todos los periodistas permanecen sigilosos en la sala, expectantes a que salte a la yugular.

Pero no voy a entrar en su juego. Voy a contestar con educación para dejarlo en su sitio:

—Beckford, a ver si es verdad que necesitas unas vacaciones en Benidorm —respondo con calma—, porque veo que con los años estás perdiendo reflejos.

Cuestionar que un chico de mi edad disfrute con sus amigos, en lugar de criticar mi rendimiento deportivo con datos reales, es bastante bajo… incluso para ti.

—Siguiente, por favor —interviene Aurora, zanjando el turno del periodista, que ha olvidado por completo el formalismo británico que le caracteriza.

Durante los siguientes quince minutos respondemos a varias preguntas que se limitan a lo deportivo. Posibles estrategias, objetivos futuros, desarrollo del monoplaza… Por suerte, todo queda ahí.

Cuando por fin salgo de la sala, los flases de los fotógrafos siguen persiguiéndome, pero el murmullo queda atrás. Me desabrocho el último botón del polo y exhalo despacio, dejando que el silencio me devuelva algo de calma.

—¡Qué cabrón! —exclama mi jefe de ingeniería en cuanto llego al box—. Acabo de ver la comparecencia y el muy imbécil se ha cubierto de gloria. Cómo le gusta acaparar el protagonismo.

Sacudo la cabeza, incrédulo, y le doy una palmada en la espalda.

—Tranquilo, Andrea. Es parte del trabajo. Centrémonos en lo nuestro. Quedan un par de semanas para que empiece la temporada y no podemos perder de vista lo importante.

—Tienes razón —admite cogiendo la carpeta para revisar los documentos—. ¿Cómo has notado hoy el coche en pista? Necesito que me transmitas todas las sensaciones antes de llegar al gran día.

Me agacho y reviso los bajos del monoplaza, comprobando cómo han optimizado el chasis respecto a la temporada anterior.

—No está mal. Podríamos plantear alguna mejora en la suspensión, pero no quiero que nos juguemos una penalización de la FIA antes de empezar. Es demasiado arriesgado a estas alturas.

—El equipo está en ello —añade con orgullo, dando dos toquecitos con los nudillos a la fibra de carbono—. Este año estamos contratando a grandes profesionales. Creo que sabremos coordinarnos mejor y, ya de paso, levantar el ánimo del personal, que buena falta nos hace.

—Sí, de eso te quería hablar.

—¿Ha pasado algo, Ale?

Andrea es mi jefe de pista por segundo año consecutivo. Yo soy sus ojos, sus oídos y, en definitiva, sus cinco sentidos en el asfalto. Él se encarga de darme las instrucciones por radio, estudiar las telemetrías y tomar las decisiones estratégicas que pueden hacernos ganar una carrera.

Confío plenamente en él, tanto en el plano personal como en el profesional, así que puedo expresarme con libertad para sugerirle unos pequeños cambios en el equipo.

—No, todo está bien —me quito la gorra, me paso la mano por las ondas del pelo y me la vuelvo a poner—. Es solo que… ha llegado a mí el proyecto de fin de carrera de una nueva ingeniera en prácticas. ¿Cómo se llama? Mmmm, Serra, creo, Daniela Serra.

No sé por qué miento. Conozco su nombre a la perfección. Aparecía encabezando cada una de las más de cuatrocientas páginas que anoche me quedé leyendo hasta las tres de la madrugada.

—Sí, es la becaria, aunque ya ha aportado varias propuestas brillantes. Si por mí fuera, firmaría ahora su incorporación definitiva para toda la temporada.

—Y… ¿se va a quedar en la sede de Bérgamo?

—Esa es la idea, ¿por qué?

—No, me preguntaba si…

—Suéltalo ya, Ale —ordena, apoyando las manos en las caderas—. ¿Habéis tenido algún problema? —entrecierra los ojos—. Por favor, no me digas que… ¿No te habrás acostado con ella?

—¡Andrea, por Dios! —exclamo, llevándome las manos a la cabeza—. ¿Pero tú la has visto? No es el tipo de chica con la que me acostaría. Es una completa nerd . La típica hermana pequeña a la que no dejaría que nadie del equipo se acercara.

—Eso espero. Ya sabes que no quiero ningún lío en la casa.

—A lo que me refería es que… creo que sería buena idea que nos acompañara a las carreras. Tiene un cerebro prodigioso y es una auténtica fanática de la Fórmula 1. Estudiar el trabajo en pista le permitiría luego aplicar mejoras reales para el monoplaza.

Andrea medita la propuesta. Al principio parece sorprendido, pero enseguida detecto un brillo de interés en su mirada.

—Puede que tengas razón —admite—. Pero ¿por qué ella? Han entrado varios chavales en prácticas. ¿Me estás diciendo toda la verdad, Santoro? —arquea una ceja.

Mierda. Necesito una excusa convincente o empezará a sospechar que las verdaderas razones están relacionadas con mi creciente interés por esa chica de gafas enormes.

—En realidad, también quiero a Lakowe en mi equipo. Nos entendemos bien, es espabilado y quiero a los mejores conmigo.

Andrea asiente despacio.

—De acuerdo. No creo que haya ningún problema.

Me dispongo a marcharme y, justo antes de salir del box, me detengo y me giro.

—¿Te puedo pedir un último favor?

—Dime —responde, sin apartar la vista de la pantalla.

—No le digas que he sido yo quien lo ha pedido.

Levanta la cabeza de golpe.

—Te refieres a Lakowe, ¿verdad?

—Sí, sí —miento sin pestañear—. A los dos.

Andrea sacude la cabeza de lado a lado, consciente de que no le he dicho toda la verdad. Yo me alejo reprimiendo una sonrisa, sabiendo que acabo de empezar algo que no debería.