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El simulador
Daniela
Bérgamo, Italia
Sede central de la escudería Rosa Nera.
¡Maldita sea! ¿Por qué habré sido tan estúpida? Me pidieron que probara el simulador para comprobar que funcionara todo correctamente y que los pilotos pudieran usarlo, pero me he dejado llevar tanto por la emoción del momento que me he pasado más de hora y media al volante sin darme cuenta.
¡Hora y media! Estoy perdida. Me van a despedir.
—¡Espera! Todavía no hemos terminado.
Ya está, no hay marcha atrás.
Me giro muy despacio y alzo la mirada para encontrarme con esos ojos penetrantes, llenos de furia en su interior. Un escalofrío recorre mi espalda.
—En serio, te pido disculpas de nuevo. No volverá a suceder.
—¿Tú eres Dani ?
Mis ojos se abren de par en par, porque no esperaba esa pregunta y mucho menos que supiera mi nombre. Asiento despacio y lo observo con curiosidad. Lo había visto la temporada pasada en alguna carrera por televisión, pero no era de los pilotos más mediáticos.
—Me puedes llamar Daniela o Dani…, como prefieras.
Ahora que lo tengo más cerca, me doy cuenta de lo impresionante que es: sus ondas doradas asomando por la gorra, ese gesto de chico malo que aparenta ser, la nariz perfilada y esos labios carnosos que…
—¿Me estás escuchando? —me pregunta con firmeza, sacándome de mis ensoñaciones.
—Perdona, ¿qué decías?
Estupendo. Nos conocemos desde hace cinco minutos y ya debe de pensar que soy medio retrasada. Vamos haciendo progresos.
—Te preguntaba qué función vas a desempeñar en la escudería. ¿Trabajas en Publicidad?
Publicidad, dice. Jamás me verán ni delante ni detrás de una cámara.
—Soy ingeniera, ingeniera en prácticas.
—Entiendo, así que ¿vendrás con nosotros a las carreras?
—No, me quedaré aquí en la sede. Trabajaré en el área de Aerodinámica, pero, según me han dicho, intentaré echar una mano donde haga falta.
Simula una mueca de decepción, aunque quizá la haya malinterpretado. ¿Cómo podría un piloto de Fórmula 1 quererme a mí en sus carreras? Esta gente juega en otra liga y, si he llamado su atención, no ha sido precisamente por algo positivo.
Se posiciona frente al simulador en silencio y siento que cada instante se estira, midiendo mi reacción. Retrocedo con pasos sigilosos, intentando darle espacio, pero él se gira y se quita la gorra solo para ponérsela de nuevo.
—O sea que entonces tú eres la cerebrito del equipo. ¿Vas a hacer que mi coche vuele por la pista?
Pone una mueca divertida y me deja en blanco. Mi corazón late un poco más rápido y no sé ni qué contestar a eso.
—No sé si «volar» es la palabra exacta, pero intentaré mejorar la aerodinámica del coche para optimizar tus tiempos —explico, ajustándome las gafas sobre el puente de la nariz.
Me observa con intensidad, como si me estuviera analizando con lupa. Intento desviar la mirada, pero ese magnetismo me provoca un cosquilleo extraño y, a pesar del escaso metro que nos separa, nuestros ojos se cruzan de manera inevitable.
—No te veo capaz de hacerlo, eres demasiado…
—¿Demasiado qué? —replico indignada— ¿Demasiada mujer?
Menudo gilipollas. Refunfuño por dentro y me cruzo de brazos.
—¡Noo! —exclama soltando una carcajada fanfarrona—. Quería decir que pareces… demasiado joven.
—«¿Demasiado joven?» —repito, arqueando una ceja—. ¿A ti te parece que alguien demasiado joven puede estar ya graduada en una doble ingeniería mecánica y aeronáutica?
Santoro estalla en otra carcajada, como si le acabara de contar el mejor chiste del mundo. Por un instante, siento apretar los dientes tan fuerte que creo que me estoy haciendo daño. ¿De qué demonios se ríe este cretino?
—Vale, vale, ya entiendo —puntualiza metiéndose en el simulador—. Así que eres de esas personas que dedican su vida a los libros, que han visto todas las temporadas de The Big Bang Theory cinco veces seguidas y que de pequeña pedían un cubo de Rubik como regalo de Navidad .
Me llevo la mano al bolsillo de manera inconsciente, asegurándome de que no haya visto mi pequeño juguete de colores; ese que me regaló mi madre de pequeña y que siempre llevo conmigo como amuleto de la buena suerte.
—No me conoces de nada, así que es mejor que cada uno se limite a hacer su trabajo —le advierto, poniéndome a la defensiva—. Tú al volante, yo estudiando tus parámetros para sacar lo mejor en cada vuelta.
El piloto entrelaza los dedos detrás de la cabeza y se estira, esbozando una sonrisa canalla.
Me considero una persona muy calmada, pero su actitud me pone cada vez más tensa.
Siento cómo mi respiración se acelera un poco y, por un instante, me pregunto si he hecho bien en aceptar este puesto.
No me dijeron que parte de mis obligaciones incluía aguantar egos inflados.
—Ayyy, los parámetros —suelta, exhalando aire y bostezando con fingido hastío—. Cómo les gusta a los cerebritos usar esa palabra. Parece que solo se ganan carreras con datos. Como si con pisar el acelerador y llevar esta máquina a más de trescientos no fuera suficiente…
—Es la combinación de ambas lo que hace ganar una carrera. Parece mentira que, después de tantos años como piloto en diferentes categorías, todavía pienses que una inyección de testosterona es sinónimo de victoria.
Me muerdo el labio y me castigo mentalmente por meterme con él. Quizá mi trayectoria en el mundo de la Fórmula 1 tenga los días contados después de este cruce de reproches con el piloto estrella de la escudería.
Pero no puedo evitarlo, es superior a mí. Llevo años haciendo de esta carrera una pasión. Los viernes viendo los entrenamientos libres, los sábados analizando las clasificaciones y los domingos frente a la tele disfrutando de la carrera como una niña pequeña.
—Lo que tú digas, cerebrito —chasquea la lengua y se quita la gorra para tener más visibilidad—. Pero la pericia se demuestra en la pista, no detrás de una calculadora.
Él se acomoda en el simulador, ajustando el asiento y las manos sobre el volante. Yo me coloco detrás, observando cada movimiento, midiendo cada reacción, notando cómo la tensión se intensifica en cada gesto.
—Ah, ¿sí? —respondo divertida—. Pues espero que seas capaz de hacer un tiempo menor que el mío. El año pasado en Bakú no fuiste precisamente el piloto más rápido.
—Te apuesto lo que quieras a que supero tu marca.
Observo cómo aleja su mano del volante y me la tiende. Dudo unos segundos, dejándome llevar por la tensión del momento. Al final, acepto.
—Será difícil que me ganes, pero veo que te gusta el riesgo, así que acepto el trato.
Suelta una risita condescendiente y se queda pensativo unos momentos.
—A ver, déjame pensar. ¿Qué nos podemos apostar…? —pregunta divertido—. Vale, si yo supero tu marca, me invitas a una cena donde tú quieras.
—¿Perdona? —No me creo lo que acaba de decir. Aun así, a pesar de toda la tensión, una sonrisilla floja se me escapa de la boca.
—¿Mónaco? ¿Qué te parece? En la carrera de Montecarlo, en mayo. No está lejos de aquí. Te enviaré una invitación especial —ofrece dibujando una sonrisa canalla en sus labios.
Me rasco la cabeza mientras le doy una vuelta al asunto. Cambio el peso de un pie a otro y, tras unos instantes, abro la boca.
—De acuerdo. —«Seguro que para entonces ni se acordará de la apuesta»—. Menos mal que ganaré yo, porque si fuera al revés, con mi sueldo de becaria no podría invitarte más que a una pizza en un local de mala muerte .
—Oye, no vayas de sobrada —me acusa mientras el zumbido del simulador llena la sala y puedo sentir cómo se tensa bajo mis palabras—. ¡Trato hecho!
Sellamos el pacto con un apretón de manos y una chispa invisible salta en el roce de nuestra piel. Entre cables y monitores, noto la tensión eléctrica —y la no eléctrica— en el ambiente.
Él frunce el ceño y aprieta más el volante, lanzándome una mirada rápida, mezcla de desafío y diversión.
El zumbido del simulador resuena en la sala con cada acelerón.
Sus manos se tensan sobre el volante y cada curva es ejecutada con una precisión quirúrgica.
Yo lo observo con atención desde atrás, analizando cada movimiento, aunque cada segundo aumenta mi impaciencia y curiosidad.
—Mmm… demasiado brusco en la curva tres —señalo la pantalla, inclinándome un poco más hacia él—. Vas a perder tiempo si no corriges el ángulo de entrada.
—Ah, no sabía que en tu tiempo libre conducías un monoplaza por los mejores circuitos del mundo.
—¡Cuidado! Casi pierdes la trazada en la curva cinco —le advierto, ignorando sus palabras—. Si quieres ganar la apuesta, más te vale afinar tus frenadas.
Santoro resopla y yo le miro divertida, disfrutando de esta rivalidad.
Cuando termina la vuelta, analizamos las estadísticas en la pantalla y ambos nos sorprendemos. Ha mejorado su marca habitual, pero no ha superado la mía.
—Vaya, Cerebrito, si al final no se te va a dar mal esto.
—¡Nos vemos en Mónaco! —bromeo saliendo de la sala, con el corazón todavía latiendo rápido.
Este tipo es tan arrogante que me alegro de que solo tengamos que coincidir estos cuatro días en la sede principal.