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Un nuevo comienzo
Alessio
Bérgamo, Italia
Sede central de la escudería Rosa Nera.
Mierda, no podía empezar el día de la peor manera. Soy un jodido idiota. Si al final mi padre va a tener razón después de todo.
Gruño por dentro y me lanzo a la ducha con la misma ropa interior que llevaba anoche puesta. Cuando llegué no fui capaz ni de ponerme una mísera camiseta de pijama de la tajada que llevaba. Y ahora mismo ni siquiera sé muy bien cómo llegué a casa.
A veces me empeño en vivir mi juventud como cualquier chaval de mi edad y siempre se me olvida que estoy en el foco de todas las miradas; sobre todo aquí, en Italia.
Era consciente de que no debía acudir a esa fiesta.
Algo en mi interior me lo gritaba con un sistema de megafonía, pero quería disfrutar hasta el último momento antes de empezar oficialmente la temporada .
Llego a la renovada sede central de Rosa Nera con el tiempo justo y comienzo a saludar al equipo.
La nueva escudería ha sabido aprovechar los rescoldos de lo que, hasta hace pocos meses, fue la casa de Donato Moda: un complejo de más de treinta mil metros cuadrados distribuidos entre la fábrica de producción, donde se diseñan y construyen los prototipos de los monoplazas; la zona de conferencias, que alberga las reuniones de los diferentes equipos de trabajo, y el área administrativa, donde se concentran los despachos y los diferentes espacios operativos.
Además, han decidido conservar parte del antiguo personal, así que no me resulta difícil reconocer algunas caras de la temporada pasada.
Otras, en cambio, parecen nuevas, incorporadas para este ambicioso proyecto.
Como esa chica que toma medidas a los alerones en la fábrica.
Tal vez sea una nueva contratación del departamento de Relaciones Públicas, como suele ser habitual.
Es extraño verla en planta, pero ese peto vaquero que lleva puesto realza unas curvas imposibles de ignorar.
«Joder, Alessio, céntrate. Tienes terminantemente prohibido liarte con ninguna compañera», me reprocho con severidad.
Luego son todo jaleos; se encaprichan y siempre desean algo más. No quiero compromisos estables. Ahora mismo solo debo centrarme en mi carrera profesional y, para el resto, tengo a mi disposición a la mujer que quiera.
Ojalá todo fuera tan fácil como con Irina.
Ella es un recurso casual para desahogarme cuando más lo necesito.
Pero, fuera de ahí, las cosas se están complicando y la prensa del corazón insiste en insinuar que pronto pasaremos por el altar.
Cada día inventan una historia nueva y no puedo evitar reírme de las estupideces que publican cuando están aburridos.
—Buenos días, caballeros —interrumpe una voz firme—. Vamos a comenzar la reunión .
Tomamos asiento a lo largo de una mesa ovalada.
En total seremos unas treinta personas: el equipo de confianza que tomará las decisiones de más alto nivel.
Hoy comenzamos con la reunión de pretemporada.
La semana que viene tendremos la presentación oficial del nuevo monoplaza en Londres para continuar después con los test en el circuito de Baréin, donde realizaremos sesiones para probar los nuevos coches.
—Bien, vamos a empezar ya. Antes de nada, quería daros a todos una calurosa bienvenida a nuestra recién estrenada escudería Rosa Nera.
Muchos ya me conocéis. Para quienes todavía no lo hagan, más vale que pongáis la foto de mi arrugada cara en vuestras mesillas de noche, porque voy a ser la mayor de vuestras pesadillas durante esta temporada.
Los presentes estallan en carcajadas, porque si hay alguien que no alberga una pizca de malicia es este señor: Giorgio Salvatore, el máximo responsable ejecutivo.
Me conoce desde que era un crío y ha ejercido casi como un abuelo para mí, al haber sido el mejor amigo del mío hasta que aquel fatídico accidente se llevó su vida por delante.
—No quiero ponerme melancólico —reanuda su intervención, cruzando las manos y apoyando la barbilla sobre ellas—, pero me llena de orgullo y satisfacción que el proyecto de Rosa Nera renazca hoy, tantas décadas después de que Raffaele Santoro y yo le diéramos forma.
Y no podía haber mejor representación que su nieto, Alessio, que se convertirá en nuestro piloto principal.
La sala prorrumpe en aplausos y sonrío, henchido de orgullo por portar el legado de mi abuelo y de Giorgio hacia lo más alto.
—Hola a todos. Para mí también es un placer correr bajo el emblema que un día os hizo únicos a mi abuelo y a ti. Prometo devolver el nombre de Rosa Nera al lugar que le pertenece esta temporada .
—Gracias, hijo. —Se levanta y se acerca para envolverme en un familiar abrazo—. Y, además de Santoro, tenemos una nueva estrella revelación. Llega de la NASCAR americana y estamos seguros de que Leonardo García se sentirá como en casa. Bienvenido, Leo.
Aplaudo despacio, estudiando con atención a mi rival.
Porque sí, da igual que compartamos equipo; él es y será uno de los diecinueve pilotos contra los que competiré por todo el mundo.
No importa que venga de otra disciplina, con coches y reglas distintas.
La primera norma siempre es la misma: nunca subestimar a un rival.
El americano pronuncia un discurso breve, aunque a mí se me hace más largo de lo esperado.
La resaca me está pasando factura y llevo la gorra del equipo calada hasta las cejas para evitar que alguien pueda leerme a través de los ojos.
El resto de la reunión se reduce a una mera presentación y a cuatro pinceladas sobre las estrategias que seguiremos esta temporada, así que, en cuanto termina, me dirijo a toda prisa hacia la sala de entrenamiento.
Dejo a un lado el túnel del viento y me encuentro con varios mecánicos a los que saludo con la cabeza.
A pesar de tener un genio de mil demonios y de habérselo hecho pagar con creces el año pasado, me conviene llevarme bien con todos ellos; así que hago borrón y cuenta nueva y me acerco a los más veteranos.
—Lakowe. ¿Cómo va eso, tío?
—¡Santoro! —Me choca la mano y me da una palmadita en la espalda—. ¿Qué haces tú por aquí? Pensaba que teníais la reunión de pretemporada.
—Así es, pero ya ha terminado y me he escapado en cuanto he podido. Echo de menos subirme a una de estas bestias.
—Tranquilo, estamos dejándolo todo a punto para esta temporada. Confío y deseo que este año las cosas vayan mucho mejor.
Me cruzo de brazos y le devuelvo el gesto de complicidad. Solo alguien que ha pasado por la misma vieja escudería sabe todo lo que tuvimos que aguantar el año pasado.
—Gracias, tío. Oye, me preguntaba si el simulador está disponible. Hace semanas que no me marco una buena carrera y no puedo esperar a llegar a Baréin para probar el nuevo coche.
—Sí, los ingenieros ya han estado poniéndolo a punto.
Creo que ahora mismo lo está probando Dani, la persona que ha entrado en prácticas en el departamento de Aerodinámica.
Su proyecto final de carrera es una auténtica pasada.
Si tienes tiempo, deberías echarle un vistazo.
Un cerebrito así no podemos dejarlo escapar…
Le sonrío de manera educada y me despido con la mano antes de dirigirme hacia allí. Lo que me faltaba: que ahora un niñato en prácticas venga a hablarme de parámetros y, encima, toque mi simulador. Todo el equipo sabe que lleva el nombre de Santoro y que nadie más pone un pie en mi máquina.
Al llegar a la sala, mi atención se fija de inmediato en la enorme pantalla. Lleva una hora y media de pruebas y su puntuación resulta bastante alta para alguien que acaba de empezar.
No. No puedo permitirme que nadie me pase por encima. Mis registros siempre son los más altos del equipo, o al menos eso es lo que siempre he exigido de mí mismo. Nadie me quita ese puesto, y mucho menos un crío recién llegado.
Atravieso la sala de dos zancadas mientras el zumbido del simulador condensa el ambiente. Sigue de espaldas, tan concentrado que mi presencia pasa inadvertida. Veo sus manos tensas sobre el volante y la mirada fija en cada curva, como si se jugara algo más que una simple simulación .
Me detengo a su lado y observo los datos que desfilan por el monitor auxiliar: tiempos de reacción impecables, trazadas limpias, correcciones mínimas. Demasiado buenas para ser verdad.
Frunzo el ceño y me cruzo de brazos. Esto no me gusta nada. Así que pongo en práctica la maniobra del miedo, una táctica de la que no me siento especialmente orgulloso, pero que da resultados inmediatos.
—¿Se puede saber quién está jugando en mi simulador? —exclamo en un tono más alto del que pretendía.
El chico da un respingo en el asiento y veo su cabellera rubia asomando por encima del respaldo. Y… ¡oh, espera! ¿O es un chico con el pelo largo o es una chica con el pelo recogido en un moño despeinado?
—Perdone… —titubea con un hilo de voz—. ¿Señor Santoro?
—¿Señor? Ese será mi padre. Cumpliré veintidós dentro de poco, así que ni se te ocurra llamarme así.
Veo cómo trata de salir del minúsculo hueco del monoplaza y, al sacar una pierna, no puedo evitar fijarme en su trasero cubierto por un peto vaquero que me resulta familiar.
Joder. ¿Es la chica de Publicidad que he visto hace unas horas? Desvío la mirada para que no se note que me estoy fijando en sus atributos femeninos, pero ella se da cuenta enseguida y un rubor asciende hasta sus mejillas.
—Disculpa, no volverá a pasar. —Agacha su cabeza y amaga con salir de la sala.
Dudo unos segundos entre seguir jugando con ella o dejarla marchar. Una fuerza interior me insta a concentrarme en la estrategia; otra, a permitirme un poco de diversión.
Al final, decido que debo dar una buena impresión a las nuevas incorporaciones.
—¡Espera! Todavía no hemos terminado.