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Un equipo renovado
Daniela
Bérgamo, Italia
Aeropuerto Internacional de Orio al Serio
Llevo dos semanas como un auténtico flan.
Todo ha sucedido tan deprisa que apenas he tenido tiempo de asimilar lo que me espera en los próximos meses.
Tras pasar un par de entrevistas online , un test psicotécnico y completar varios exámenes de idiomas —en el mismo tiempo récord en el que se hace una parada en boxes—, me ofrecieron un puesto como ingeniera júnior en prácticas.
Tardé un par de días en tomar la decisión y, sabiendo que serían solo unos meses alejada de casa, me tiré a la piscina, consciente de que no podía desaprovechar esta oportunidad.
Así que aquí estoy, subiéndome por primera vez a un avión en toda mi vida.
Parece mentira que me haya graduado en Ingeniería Aeronáutica y que conozca al detalle cómo funciona una aeronave, el comportamiento del aire y hasta el origen de las turbulencias.
Sé que todo está controlado al milímetro y que este es, objetivamente, el medio de transporte más seguro del mundo.
Aun así, el miedo puede con la lógica. Creo que tengo tanto pánico a volar que, incluso, ha conseguido eclipsar la inquietud que me provoca comenzar esta nueva aventura profesional.
—Señoras y señores, en breves minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Bérgamo —anuncia la sobrecargo por el PA—.
Les rogamos que se abrochen los cinturones, plieguen las mesitas y levanten las persianas de las ventanillas.
Les agradecemos haber elegido BarnaJet para disfrutar de esta experiencia con nosotros.
Miro a través del orificio ovalado y distingo, a lo lejos, las Dolomitas italianas cubiertas de nieve.
Estamos en pleno mes de febrero y el blanco se extiende por los picos y las laderas de las montañas como si alguien hubiera espolvoreado azúcar glas sobre el paisaje.
A medida que descendemos, los detalles se hacen más nítidos: un promontorio que emerge en medio de la ciudad, los tejados de pizarra de los suburbios y los caminos rupestres que serpentean entre ellos.
El avión va acercándose al aeródromo y siento un leve rugido en los motores cuando desciende el tren de aterrizaje.
Pego un leve brinco en el asiento y la mujer que se sienta a mi lado, que lleva haciendo sudokus con una pasmosa serenidad desde que hemos despegado del aeropuerto de El Prat, coloca su mano sobre la mía para tranquilizarme.
—¿Primera vez?
—Ajá —vacilo, aferrándome al asiento—. Y quizá la última, visto lo visto…
—No te preocupes, es normal en este aeropuerto, cielo. —Me lanza una sonrisa tranquilizadora—. En nada aterrizaremos. Ya verás cómo te olvidas de todo en cuanto pises suelo. Este país es precioso .
Rezo por dentro para que tenga razón. Respiro hondo y me yergo en el asiento cuando, con un par de sacudidas bruscas, el avión finalmente toca tierra.
Desembarcamos al cabo de unos minutos y tanto el personal como los carteles nos indican el camino hasta la sala de recogida de equipajes.
No es un aeropuerto demasiado grande, pero han aterrizado varios vuelos al mismo tiempo, así que la terminal se encuentra a rebosar de gente.
Aun así, mi maleta aparece pronto en la cinta y atravieso las puertas giratorias hasta encontrarme con mi nombre escrito en la pantalla de un iPad.
— Ciao…, sono Daniela, Daniela Serra. Piacere —saludo tratando de desplegar mis mejores habilidades en italiano; esas que llevo dos semanas practicando en Duolingo con mucho entusiasmo y poca pericia.
—Uy, no, no. Yo de italiano, cero. Hablo solo inglés —explica el chico de rasgos africanos con un perfecto acento británico, más propio de las comedias románticas londinenses.
—¡Ah…! —Me río con un gesto inocente—. Pues entonces creo que nos entenderemos mejor —digo aliviada, pues era una de mis asignaturas preferidas en el colegio y la he perfeccionado viendo vídeos de la Fórmula 1.
—Bienvenida a Italia, Daniela —exclama cogiéndome la maleta.
—Puedes llamarme Dani; así me llaman mis amigos.
—¿Así que… ya somos amigos? —Arquea una ceja—. Te veo muy acelerada para alguien que acaba de aterrizar.
Su expresión cambia de golpe y desaparece cualquier rastro de la simpatía con la que me había recibido segundos atrás.
Genial. Empiezo con mal pie en este nuevo trabajo.
No es que haya venido a hacer amistades y tampoco es que me queden demasiadas en casa.
He dedicado tantos años a estudiar y a sacar las mejores notas que me he refugiado demasiado en mí misma y en mi familia, evitando salir de mi zona de confort. Hasta hoy.
—Perdona, yo…
Estalla en una carcajada, toma mi maleta con naturalidad y echa a andar hacia la salida.
—Tranquila, era broma —afirma, todavía riéndose—. Soy Will, Will Lakowe, pero no muerdo… al menos no en horario laboral.
Suelto una bocanada de aire con todo el oxígeno que estaba conteniendo. Por un momento, he tenido la tentación de coger de nuevo el avión para regresar corriendo a casa.
—Encantada Will, ¿eres…?
—Soy negro, sí —se ríe, enseñándome el brazo con ese humor británico que ya comienzo a comprender—. Nací en un suburbio de Londres poco después de que mis padres emigraran desde Nigeria.
—No, no quería decir eso —me disculpo nerviosa—. Preguntaba si eras también ingeniero o…
—Jajaja. Relájate, Serra. Solo te estaba tomando el pelo, aunque suelen preguntármelo mucho. No es algo habitual por aquí. No es un secreto que este es un deporte elitista y solo los hombres blancos son aceptados en el selecto club de la Fórmula 1.
—Solía ser así, pero poco a poco las cosas van cambiando.
—Muy poooco a poooco —ironiza, alargando la «o» para evidenciar la lentitud de los progresos en este ámbito.
Yo no podría estar más de acuerdo. —En realidad soy mecánico, aunque estudio por las noches para poder graduarme en ingeniería.
Me quedan solo dos años, pero nos pasamos toda la temporada viajando.
Con el cansancio y el jet lag no es tan fácil compaginarlo.
—Vaya, me encantaría poder ayudarte, pero haré las prácticas en la fábrica, aquí en Bérgamo.
Ojalá pudiera viajar con el equipo por todo el mundo —me lamento mordiéndome el labio—.
Soy fanática desde que era una cría y, aunque para mí haber llegado hasta aquí ya es un logro, no puedo evitar soñar con más.
Coloca la maleta y mi mochila en el maletero, y nos disponemos a salir del parking en dirección a la sede central, donde me han ofrecido una habitación en el complejo.
—Vaya, qué pena, porque creo que tú y yo podríamos ser grandes amigos.
—¿Es que no tienes muchos por aquí?
Se queda unos segundos en silencio pensando la respuesta.
—Digamos que… han sido unos años duros con Donato Moda.
Asiento con un gesto de comprensión mientras me abrocho el cinturón. Lo que pasó con esta escudería fue un auténtico bochorno y una falta de respeto a los pilotos y a todo el equipo técnico, así que puedo imaginar su resignación.
—Tuvo que ser horrible. Lo que dicen los medios no será nada igual a lo que sería vivirlo desde dentro de casa.
—No te voy a decir nada que no sepas ya —resopla con hastío—. La gestión fue nefasta, un auténtico desastre. No te puedes imaginar lo que es ver a muchos compañeros largarse del trabajo de sus sueños solo por el ambiente tóxico que se generaba en boxes.
—Lo siento. Solo espero que Rosa Nera sepa hacerlo mejor.
—No sé qué saldrá de todo esto, pero he visto voluntad y predisposición para cambiar las cosas.
Se están contratando a nuevos profesionales para minimizar los daños mecánicos derivados de la anterior gestión.
—Se gira hacia mí, coloca la mano en mi hombro y silba de emoción—.
Por cierto, Dani, eso me hace pensar… Menudo proyecto te has marcado.
Aquí todo el mundo habla ya de ti. Estamos impresionados .
—Ehh... ¿en serio? ¿Quién habla de mí? —Me revuelvo nerviosa en el asiento. Odiaría ser el centro de atención antes de llegar a mi nuevo puesto de trabajo.
—El equipo, los ingenieros, los mecánicos.
.. Hay demasiada testosterona en el paddock .
Es la primera vez que entra una mujer en el equipo fuera del área de Marketing y Comunicación —confiesa, divertido—.
Pero, tranquila, por eso he venido yo a buscarte, para prepararte para lo que te viene encima en tu nueva casa.
Will estalla en carcajadas al ver la expresión de espanto que se me debe de haber dibujado en la cara.
—Oh, Dios. Da la vuelta, por favor. Creo que he tomado una malísima decisión.
—No, Dani. No te voy a negar que son una panda de cenutrios —sonríe, dejando entrever una dentadura impecable, casi tan blanca como la nieve—, pero también son buena gente. Casi todos, eso sí. Digamos que no me fío del nuevo t eam princ.. .
—Domenico Ferrara. ¿Qué pasa con él?
Will abre la boca, pero la cierra al instante. Se debate entre contarme algo o callar para siempre. Al final, se limita a decir:
—Nada, todo irá bien.
Él continúa hablando del equipo mientras yo me refugio en mis propios pensamientos.
Los nervios me trepan por la columna vertebral y siento cómo las piernas amenazan con echarse a temblar en cualquier momento.
¿Me habré precipitado aceptando este puesto?
¿No estaría mejor trabajando con mi padre en el taller?
Sea como sea, estamos a diez minutos de llegar y mi nueva vida empieza aquí.
Ya no hay tiempo para arrepentimientos.
Ya no hay marcha atrás.