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Una cena indigesta
Alessio
Milán, Italia
Distrito cuadrilátero de oro, Milán
Llevo diez minutos con el coche aparcado frente al restaurante, donde he quedado a cenar con mi padre. Mis manos están aferradas al volante, tan fuerte que mis nudillos comienzan a amoratarse.
El aparcacoches me mira desde la entrada con el entrecejo fruncido, como si dudara entre acercarse para ofrecer su servicio o dejarme una parcela de privacidad.
Una mezcla de emociones se refleja en sus ojos: esa fascinación por ponerse al volante de esta joya clásica y el temor a enfrentarse a una reliquia que podría resultar dañada si rozase una columna cercana.
Al final me decido a salir, atormentado por la imagen de mi padre echando pestes por mi tardanza. Le ofrezco las llaves al valet, y mis ojos penetran en los suyos.
—No quiero ni un rasguño o no responderé de mí —le suelto, amenazante.
—Sí…, claro, señor. No se preocupe.
«¿Señor?». Me hace gracia que me llame así, porque parece que tenemos la misma edad.
Pero, claro, estará tan acostumbrado a tratar con peces gordos que su trabajo no se limita a aparcar coches; también tendrá que aprenderse de memoria las caras de políticos, empresarios, jugadores del Inter y todo tipo de mandamases que pasan por aquí.
Veo su gesto de temor y me arrepiento enseguida de haberle hablado así.
Cuando salga, le daré una buena propina.
No quiero descargar mis frustraciones con quien menos se lo merece.
Solo pensar en lo que me espera ahí dentro con mi padre hace que se me tense la mandíbula y los puños se me cierren con hostilidad hacia él.
El sonido del coche al calarse capta mi atención, y me giro para fulminar con la mirada al chaval. Me pide perdón con ojos de cachorrillo abandonado a través de la luna delantera. Pero ya es tarde; no habrá propina para quien dañe a La vecchia donna rossa.
Entro al restaurante y lo atisbo de lejos con el móvil en la mano. En un instante, escenas de mi infancia pasan por mi mente: las carreras de karting que no ganaba, los choques con algún rival que me penalizaban, los duros entrenamientos a cinco grados a la intemperie…
Puedo comprobar que conserva la misma expresión colérica de entonces y ya solo puedo rezar para que un milagro acabe con esta cena y no nos volvamos a ver hasta dentro de unas semanas.
—Massimo.
—Ya era hora, Alessio —responde seco cuando se gira al verme—. No creas que tengo toda la noche para ti.
Se levanta y me da un abrazo rápido. No porque lo sienta, sino porque en este restaurante siempre abundan los paparazzi dispuestos a sacar la foto más jugosa. Y las apariencias son lo primero en la familia Santoro.
—¿Qué tienes que hacer después? ¿Acudir a alguna de esas fiestas donde os gusta salir con chicas de mi edad? —ironizo con una clara intención de sacarlo de sus casillas.
—A mí no me faltes el respeto, hijo —pronuncia con sorna y pasea sus ojos por toda la sala en busca de alguna mirada indiscreta—. Ya he pedido por los dos. Enseguida nos sacarán la cena.
—Oh, gracias por tener en cuenta mi opinión. No sabía que supieras ya lo que me apetecía cenar.
—No estás en disposición de comer lo que quieras —me acusa apuntándome con el dedo—. Sabes que tienes que llevar una alimentación alta en proteínas y fibra. Esto no es una fiesta infantil de cumpleaños. Quedan semanas para que empiece la temporada y tienes que rendir al máximo nivel.
Me cruzo de brazos y espero a soltar mi réplica cuando el camarero se acerca a servirnos vino y agua. Los dos permanecemos en silencio, retándonos con la mirada, mientras coloca un par de paquetes de grissini sobre la mesa, los cuales mi padre aparta de un manotazo para que no tenga acceso a ellos.
—Confío en que este año las cosas vayan mejor con Rosa Nera —afirmo, tratando de concentrarme en lo que me esperan los próximos meses. De esta temporada depende mi estabilidad en la categoría reina del automovilismo—. Ya tengo ganas de empezar.
Por un momento, observo cómo el rictus de mi padre se relaja, al comprobar que no quiero seguir manteniendo esta guerra abierta.
—Este será el año si te esfuerzas al máximo. Lo de las temporadas anteriores… dejémoslo en que ha sido una mezcla de mala suerte y tus ganas de hacérmelo pasar mal.
Resoplo y me cruzo de brazos.
—No me lo puedo creer. O sea que todo lo que viví en Donato Moda ha sido culpa mía .
Suelto una carcajada amarga que atrae las miradas de las mesas de alrededor. Algunos comensales cuchichean cuando reconocen quiénes estamos cenando en el mismo restaurante.
—No seas desagradecido, Alessio. Donato Moda te dio la oportunidad de llegar a lo más alto y tú solo te empeñas en culparlos de todo lo malo —me acusa dando un manotazo en la mesa—. Sin ellos, hoy seguirías en los karts o en la Fórmula 3. Con tu edad ya deberías estar cosechando podios.
—¡Las excusas son solo para los débiles! —clamamos al unísono en una expresión que le he oído un millón de veces.
El camarero carraspea cuando se acerca con los platos. Nos apartamos para que los coloque sobre la mesa, y el hombre traga saliva antes de susurrar: « Buon appetito ».
—Si no te hubieras empeñado en que subiera de categoría hace dos años a mitad de temporada, negociando un contrato de mierda, hoy no estaría donde estoy —le reprocho, señalando al principal responsable del fracaso.
—Ah, ¿es así como me lo agradeces? —ironiza, apuntándome con el cuchillo antes de hincarle el diente a los entrantes—. La mayor parte de los campeones mundiales comienzan antes de los veinte. No podía dejar que pasara más tiempo.
—El primer año me dejaron como piloto reserva y la temporada pasada me ascendieron a primer piloto, solo porque el anterior tuvo aquel fatídico accidente.
—Y fuiste tan imbécil que ni siquiera supiste aprovechar la oportunidad.
Se mete un bocado de mozzarella a la boca y bufo para no estallar por los aires en mitad del restaurante. Se me ha quitado todo el apetito y mi plato yace intacto sobre la mesa.
—Vaya, parece que la culpa sigue siendo mía.
—Esbozo una sonrisa cargada de incredulidad—.
La escudería de Donato no tuvo nada que ver.
Que tuviera un equipo con una alta rotación, porque nadie quería seguir trabajando allí.
Que los que quedaron eran tan brillantes que solo se les ocurrió ponerme neumáticos de lluvia en un día con un cielo despejado y treinta grados porque no quedaba ninguno más —mi tono de voz se va acrecentando por momentos—.
Cuando quisieron probar una nueva suspensión y saltó por los aires en la primera curva.
Cuando el sistema de hidratación fallaba, carrera sí, carrera también, y en Singapur casi muero de deshidratación.
»Había sesenta grados dentro del monoplaza. ¡Sesenta malditos grados y casi un ochenta por ciento de humedad relativa! ¿A ti te parece que, con todo eso, no pudieron asumir un poquito de responsabilidad?
Mi padre se queda callado unos segundos sin saber qué contestar. Donato Moda pertenecía a un conglomerado empresarial italiano que vendía trajes caros y calzado, por lo que su idea de conducir una escudería de alto rendimiento se reducía a entre cero y nada.
Y así les fue, porque entre tantas deudas quebraron el año pasado. Y con ello, la posibilidad del proyecto Rosa Nera de volver a renacer con Giorgio Salvatore como nuevo CEO, antiguo mejor amigo y compañero de carreras de mi abuelo desde que ambos eran unos críos.
—Deja de llorar como una nenaza y compórtate como un hombre. Ya tienes edad para asumir tus responsabilidades.
—Será que he tenido el mejor maestro, porque tú tampoco has asumido toda la mierda por la que me has hecho pasar.
—¿Ves? Siempre echando balones fuera. No me extraña que no llegues a nada en la vida si siempre vas llorando por las esquinas.
Chasquea la lengua y sigue cenando con tranquilidad.
No me puedo creer que sea tan beligerante con sus acusaciones.
Pero eso sí, esas solo las arroja contra su hijo, sangre de su sangre.
De cara a la galería luce su mejor sonrisa, de esas con las que tiene que fingir con todo el mundo, excepto conmigo que ya lo tengo demasiado calado.
—Eres insufrible, Massimo. No me extraña que tu nueva mujer te haya pedido el divorcio otra vez.
¿Cuántas van, padre? ¿Tres, cuatro? —ironizo, apretando los puños sobre la mesa—.
Puede que me hayas enseñado a competir contra los mejores, pero jamás has tenido una palabra de ánimo ni de aliento conmigo.
Me has tratado peor que a un saco de basura, y eso no se me olvidará en la vida.
Me incorporo de golpe, dispuesto a salir de allí disparado, pero él me sujeta con firmeza del brazo. Sus ojos, llenos de ira y ensangrentados, se clavan en los míos con una furia contenida, como si quisiera fulminarme y dejarme hecho trizas en el acto.
—¿Cómo te atreves? Tuve que dejar la competición por ti. Lo abandoné todo para criarte y que llegaras a lo más alto.
Claro, faltaban los reproches sobre su carrera. El santo padre que sacrificó su exitosa trayectoria automovilística por verme crecer y que, de forma paradójica, casi nunca estaba en casa.
Me libero de su agarre y salgo del restaurante, consciente de las miradas incómodas del resto de los comensales. El aparcacoches, que ya me ha visto marcharme enfurecido, regresa al cabo de medio minuto con mi coche intacto. Agarro las llaves con rabia y, a mi espalda, el chico murmura:
—Este año irá mejor, Santoro. Llegarás al podio. Yo… —vacila—. Yo creo en ti.
Me detengo un instante con la llave en la mano, a punto de romperse por la fuerza con la que la estoy comprimiendo.
Me giro despacio y saco la cartera del bolsillo para darle el primer billete de cien euros que encuentro.
Él lo observa, atónito, dudando unos segundos, como si pensara que me he equivocado.
—Gracias —un hilo de voz sale de mi boca—. Gracias, de verdad.