Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 2
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Una oportunidad irrechazable

Daniela

Barcelona, España

Taller mecánico Serra, Mataró

« No need to ask. He's a smooth operator.

Smooooth operatorrr… ». La letra de la mítica canción de Sade lleva colándose en mi cabeza desde el pasado fin de semana, cuando repasaba las últimas carreras de la Fórmula 1 para introducir lo que se viene en la nueva temporada.

Cojo la llave inglesa de la caja y la convierto en un micrófono improvisado.

Mientras me limpio las manos de grasa en el mono de trabajo, me suelto el pelo y me dejo llevar, recreándome como una estrella en el escenario.

—Estás de muy buen humor hoy, Ratita —afirma mi padre cuando aparece con un par de botellas de agua. Me tiende una, invitándome a tomar un descanso .

Esta semana han entrado tres coches clásicos a última hora en el taller y, cuando se le acumula la faena, suelo echarle una mano mientras no me salga nada de lo mío.

—Oye, grandullón, deja de llamarme así que ya no tengo siete años —le reprocho cruzándome de brazos y gruñendo por dentro—. Y mucho menos en público, tengo una reputación que mantener.

—¿Lo dices por ese noviete tuyo de la facultad? ¿Cómo se llamaba? ¿Oriol?

—No, ya no estamos juntos —murmuro con la cabeza gacha—. Tuvimos una pelea hace unas semanas y dijo que…

—¿Qué te dijo, Ratita?

Vuelvo a sentarme en la camilla de ruedas y me deslizo bajo el parachoques delantero para tener mejor acceso al cárter del motor, drenar bien el aceite y que selle mejor.

—Dijo que últimamente solo me importaba este taller, que no hacía cosas femeninas como ir a hacerme las uñas como las otras chicas —farfullo mientras desatornillo la plancha protectora que cubre el cárter y doy gracias a no estar viendo la cara de mi padre en este momento—, que prefiero pasarme los días enclaustrada leyendo un ensayo sobre la «Tercera Ley de Newton» que yendo al cine o a comer con él.

Recuerdo la surrealista conversación que mantuvimos semanas atrás. Mejor eso que no escuchar a los esnobs de sus amigos hablando de criptomonedas. ¡Menudo cretino!

Mi padre estalla en una carcajada que me deja estupefacta, y me deslizo de nuevo bajo el coche para verle la cara.

—Vaya, no me equivocaba con él. Es un completo idiota por no saber apreciar tus cualidades, cariño.

—¿Verdad? —pregunto con los ojos abiertos de par en par y, de repente, me detengo cuando me doy cuenta de su verdadero significado—. Espera, espera. ¿Eso quiere decir que estás de acuerdo con él? ¿También me ves así, papá ?

—A ver, Ratita. Si te llamo así es porque de pequeña eras una ratita de biblioteca que se metía en su habitación a estudiar hasta que llegaba la hora de cenar —explica con una sonrisa orgullosa, tratando de medir sus palabras—. Digamos que no eres una chica convencional.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Casarme joven, dejar de trabajar y quedarme en casa cuidando de mi marido y mis hijos? ¿Que estamos en el siglo XVII?

—¡Jamás! Mi dinero me ha costado esa doble ingeniería en mecánica y aeronáutica, que con tanto esfuerzo has logrado.

Ese cerebrito tuyo vale oro como para desperdiciarlo como una simple mujer florero, pero…

—se detiene unos segundos y su gesto se transforma en derrota— tampoco quiero que desperdicies tu talento en el taller mecánico de tu viejo.

—Papá, ¿qué estás diciendo? Pensé que te encantaba que trabajásemos juntos.

Me pongo de pie y alzo los brazos para gesticular de forma exagerada. Sé que desde que acabé la carrera no he hecho otra cosa que ayudar a mi padre. Es solo que estoy esperando una oportunidad que esté a la altura de mis cualificaciones y, si puede ser, cerca de mi familia.

—Y me encanta. Además, se te da muy bien. Esas manitas pequeñas pueden introducirse mejor cuando tienes que arreglar la caja de cambios —explica sonriente—, no como estas manazas torpes que tengo yo.

—No podría haber tenido un mejor maestro del que aprender.

Abro los brazos para colgarme de sus hombros, y él me estrecha contra su cuerpo para depositar un beso en mi pelo.

—Es solo que… No quiero que vuelvas a desaprovechar otra oportunidad como cuando Airbus te ofreció una beca para trabajar en su fábrica de Toulouse —opina con el ceño fruncido .

—Sabes por qué no la acepté. No podía dejar que cargaras tú solo con la situación de mamá.

—Cariño, ella solo quiere que seas feliz y que vivas tu vida plenamente.

Medito sus palabras unos segundos y me retrotraigo a mis pensamientos. Hace demasiado tiempo que dejé de tener conversaciones tan profundas con ella, porque es la misma de cuerpo, pero su mente nos ha ido abandonando con los años.

Los pronósticos de los médicos no son muy positivos y recibimos diagnósticos contradictorios que no hacen más que añadir incertidumbre y frustración a la situación.

Por un lado, aseguran que esta es una enfermedad irreversible y —en palabras delicadas— tiene los días contados.

Por el otro, afirman que existen tratamientos, pero requieren demasiado dinero.

Y este taller siempre ha funcionado bien, pero lo justo para mantenernos a los cuatro y llegar a duras penas a final de mes.

—Dani, ¿estás ahí? —chasquea los dedos frente a mí—. Te están llamando, ¿no lo vas a coger?

—Sí, perdona, estaba distraída.

Observo cómo un número desconocido parpadea en la pantalla del móvil. Tiene prefijo italiano, así que lo más probable es que sea spam . Paso. Lo tiro junto al carrito de las herramientas, ante la mirada perpleja de mi padre, y vuelvo a coger el gato hidráulico para seguir con mi tarea.

—¿Teléfono de Daniela Serra? Al habla su secretario —bromea mi padre, provocando que mis ojos se agranden de golpe.

—Pero ¿qué haces? ¿Es que te has vuelto loco? —susurro, realizando aspavientos con los brazos.

—Un momento, per favore —sonríe travieso con ese característico gesto facial que también ha heredado mi hermano pequeño .

Yo me limito a sacudir la cabeza de incredulidad.

Me resigno y amago con atender la llamada, pero tengo las manos llenas de grasa, así que le pido a mi padre, en un murmullo, que ponga el manos libres para oír la conversación.

—Hola, soy Daniela, ¿quién me busca?

— Signorina Serra, piacere. Perdona que mio spagnolo no sea muy bueno, pero quería hablar con usted de una oferta de trabajo que ha solicitado como ingeniera.

—Perdona, ¿pero qué tipo de broma es esta? —repaso mentalmente las candidaturas recientes y no me suena que ninguna fuera más allá de veinte kilómetros a la redonda de mi casa—. Mire, si esto es algún tipo de estafa, no quiero que me haga perder el tiempo.

—No, per niente . Excusa mis modales —se disculpa el hombre, con un acento español roto, al otro lado de la línea—.

Soy Andrea Rossi, jefe de ingeniería de la escudería Rosa Nera de la Fórmula 1.

Le llamo porque he estado revisando su candidatura y estoy molto impressionato con su proyecto final de carrera.

Tropiezo con una herramienta tirada en el suelo y reprimo un aullido del susto. Comienza a faltarme el aire y giro de manera brusca para averiguar si todas las ventanas están cerradas. Me abanico con la mano, con las palmas húmedas de sudor, y tardo todavía unos segundos en recuperar la compostura.

—Er… gracias, supongo. No sabía que tuviera acceso al proyecto.

— Ho parlato ya con sus profesores de la universidad y me han dado muy buenas referencias de usted. Somos una nueva escudería. Bueno… —se corrige a sí mismo—, somos la vieja escudería Rosa Nera de los años sesenta, pero renovada, y queremos llevar este año a nuestros pilotos a lo más alto.

—¡La conozco! He seguido su trayectoria, no me pierdo una carrera desde que tengo uso de razón —exclamo orgullosa—. Siento que las cosas no salieran bien con la escudería Donato Moda, pero creo que ahora tienen una oportunidad de renacer y hacer las cosas de otra manera.

— Brava ragazza! Esa es la actitud —coincide y veo cómo mi padre asiente satisfecho. Espero que esto no sea una broma más suya y de mi hermano pequeño, porque juro que me los cargo en cuanto cuelgue la llamada—. Me gustaría concertar una cita online mañana por la mañana, si está disponible.

—Sí, claro. Cuando usted diga.

—Perfecto, si le parece bien nos vemos a las diez. Ahora mismo le mando toda la información por e-mail .

Nos despedimos y parpadeo varias veces sin salir de mi asombro. No doy crédito a la llamada que acabo de recibir.

Mi padre da saltitos de alegría frente a mí. Yo no puedo digerir ahora mismo todo esto, así que salgo a la calle para inhalar todo el oxígeno que puedo. Doy un par de bocanadas y vuelvo dentro, mordiéndome el labio inferior.

—¿Qué acaba de pasar? ¿Has oído lo mismo que yo?

—Sí, Ratita. Estoy muy orgulloso de ti. Sabía que lo conseguirías.

Me aprieta muy fuerte contra su pecho y creo que una lágrima me resbala por la mejilla de la emoción.

—Pero ¿cómo puede ser que me hayan llamado? Rellené todo el formulario en aquella página de ofertas de la Fórmula 1, aunque no llegué a enviarlo. Fue solo una broma. Estaba convencida de que nunca me llamarían, así que me rajé en el último momento.

—Venga, vamos a hacer las maletas, no hay tiempo que perder.

—¡Para el carro! ¿Dónde vas tan rápido? Ni siquiera he hecho la entrevista y no puedo marcharme así, sin más. Está mamá, el taller …

—Ratita, los trenes pasan una vez en la vida. Bueno, en tu caso dos, pero eres demasiado inteligente como para dejar escapar otra oportunidad así.

—Sería algo increíble, la verdad —trato de convencerme a mí misma, llevándome las manos a la cabeza.

Mierda, ya tengo todo el pelo lleno de grasa—.

Trabajar desde dentro de la escudería, con los mejores pilotos, en los circuitos más rápidos del mundo y manejando los sistemas de ingeniería más innovadores. ¡Qué pasada!

—Es tu sueño desde que eras niña y te llevaba a Montmeló a rodar con aquellos coches en miniatura por la pista.

—Total —contesto exultante—. Además, nos vendría bien un salario extra… Ya sabes, para el tratamiento de mamá.

Mi padre resopla.

—Daniela —los segundos se alargan en el ambiente—, no hagas esto por dinero ni por tus padres. Hazlo por ti, por tus sueños. Sal a la calle y cómete el mundo. ¡Tienes a una maldita escudería de Fórmula 1 a tus pies!

—Joder, sí, la tengo —me doy cuenta tras unos segundos y dejo que mi sonrisa se ensanche.

—Jovencita, controla esa boca o tu hermano te obligará a meter un euro en la hucha de las palabrotas —me advierte con una mueca traviesa.

—Perdón —me disculpo, juntando las manos—. Dios, al enano le va a dar un infarto cuando se lo contemos.

Mi padre desvía la mirada, como si el asunto no tuviera nada que ver con él. Algo en su gesto me huele raro. Me cruzo de brazos y me planto frente a él.

—Digamos que él… ya lo sabía —confiesa, rascándose la cabeza—. Es quien más confianza tiene en su hermana mayor y fue también quien presionó la tecla de «enviar» cuando dejaste abierto el portátil .

Abro tanto los ojos que creo que se me van a salir de las órbitas.

—¡Lo sabía! Seréis…