Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 1
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Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1)

Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1)

Por Siena Bastida

© inepub.com

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Prohibido no correr con un Ferrari

Alessio

Lombardía, Italia

Se comenta entre las habladurías del paddock que, cuando un piloto tiene mujer e hijos, se lo piensa dos veces antes de lanzarse a un adelantamiento arriesgado.

En la pista no hay margen de error. No hay un ápice de incerteza cuando el motor del monoplaza ruge a trescientos kilómetros por hora y cada curva es un reto que desafía tus propios instintos.

Por eso no le temo a nada. No tengo familia por la que merezca la pena luchar.

Tampoco ando sobrado de amigos, tiempo libre o, simplemente, de un momento de privacidad.

Mi vida está única y exclusivamente dedicada al motor, a llegar a lo más alto del campeonato, a que mi nombre esté cincelado entre los vencedores mundiales de la Fórmula 1, junto al de mi abuelo, al que le debo llegar a lo más alto.

Su legado, además del orgullo y el honor de llevar el apellido Santoro, es este Ferrari 250 GT SWB, salido de fábrica a principios de los sesenta.

La vecchia donna rossa , como así la apodó él, ha sido testigo de años de carreras, de paseos por la Costa Amalfitana junto a mi abuela, de décadas guardando polvo en la casa familiar y de su renacimiento cuando, con apenas catorce años, comencé a devolverle la vida en el viejo cobertizo.

Se trata de un pequeño tesoro por el que me han llegado a ofrecer auténticas barbaridades de dinero. Millones y millones de euros que jamás podrían suplir su ausencia. Pero esta pieza de coleccionista nunca estará en venta, porque a la nostalgia no se le puede poner precio.

Así que ahora me limito a sacarlo a pasear de vez en cuando.

A veces me asusta que hasta el más mínimo rasguño pueda arrebatarme lo único que me queda de él.

Y no hablo de la vieja chatarra, sino del vínculo que aún me une a mi abuelo.

Por eso conduzco con cuidado por la autopista que conecta Mónaco con Milán, un trayecto de tres horas y media que esta vez, en cambio, he cubierto en bastante menos.

Por fin he firmado el contrato de mi nuevo apartamento en la glamurosa ciudad de los casinos.

No es un lugar que yo hubiera elegido como residencia habitual, pero la mayor parte de los pilotos viven en el Principado.

Allí es donde se mueven las fiestas, los patrocinadores y, en definitiva, la pasta. Sobre todo, la pasta.

Ahora ya soy uno de ellos. He dejado de ser el rookie de la temporada, el novato sin experiencia al que todos dan una simple palmada en la espalda como premio de consolación.

Y este año me estreno con una nueva escudería, la misma que llevó a mi abuelo a ganar una infinidad de campeonatos por el mundo entero. Suena bien, ¿verdad?

Apenas queda un mes para que arranque el campeonato y me dirijo a la ciudad para encontrarme con mi padre. Llevamos semanas sin hablarnos. Aunque, si soy sincero, nunca hemos sabido hacerlo, desde el minuto en el que nací. Es pensar en él y la rabia empieza a arder en mí sin control.

Piso el acelerador, sin darme cuenta de que la aguja ya ha superado los ciento veinte kilómetros por hora, ni de que he abandonado la autopista.

Ciento treinta, ciento cuarenta, ciento cincuenta…

De pronto, un destello azul se refleja en el retrovisor y me arranca de golpe de mis ensoñaciones.

—Mierda, los Carabinieri —maldigo en voz alta mientras clavo el freno y me desplazo con cuidado hacia el arcén.

Observo cómo los dos agentes se acercan despacio, recorriendo con la mirada el chasis redondeado, las largas líneas elegantes y esa silueta estilo coupé que realza su aerodinámica.

Incluso detenido en el arcén, el coche transmite esa mezcla de belleza y potencia que lo hace perfecto tanto para la carretera como para competir en pista.

—Buenas noches, caballeros. ¿Va todo bien? —pregunto con cautela, tratando de mantener mi rostro angelical, en contraposición a la cara de «chico malo» que tanto les encanta a mis fans —. Siento si iba un poco…

— Oh, Dio ! —exclama el primer policía, interrumpiendo mi falsa disculpa—. Tienes una preciosidad de Ferrari. Una auténtica joya clásica.

Parpadeo despacio. Por un segundo, pensé que me iban a multar por conducir a una velocidad desmesurada. Ya imaginaba a mi equipo de relaciones públicas echándose las manos a la cabeza. Es lo último que necesito después del fiestón de Nochevieja que acabó en todas las revistas .

—Ehh… sí, gracias. Herencia de mi abuelo, era el mejor —aclaro, aún con un gesto cauteloso.

—Marcello, ven aquí. No te pierdas esto —le dice a su compañero, que se ha alejado para admirar los faros y el frontal.

El primer agente estalla en una carcajada de felicidad y me tiende la mano para chocarla, como si fuéramos dos viejos amigos.

— Che belleza! Venga, hazla rugir un poco, que la oigamos bien —sugiere Marcello que se ha venido muy arriba y espera el sonido excitado.

Me quedo desconcertado durante unos segundos. Llevo tantos años viajando por el extranjero que había olvidado cómo era la policía en Italia. Y es que aquí Ferrari es una institución. Tanto como el Coliseo de Roma, el imperio Berlusconi, la Iglesia católica y hasta la propia pizza margarita.

Inclino la cabeza levemente y me recuesto en el asiento de nuevo. Giro la llave y el motor emite un gemido salvaje, casi animal.

— Mamma mia ! —exclaman los dos al unísono, dando pequeños saltitos en el suelo, como si fueran dos niños pequeños a los que acabaran de regalar un juguete en Navidad.

Piso el acelerador con suavidad y el motor vuelve a aullar como una aeronave a punto de despegar. Los pocos coches que transitan a esta hora por la carretera cruzan a nuestro lado, embelesados, y el sonido se acopla en los edificios a la entrada de la ciudad.

—¡Basta, basta! —se ríe Marcello, llevándose la mano al estómago.

Observo cómo el primer policía se detiene en seco y le hace una señal a su compañero para que guarde silencio.

No sé dónde meterme ni qué está pasando por su cabeza hasta que sigo la dirección de su mirada y ambos nos encontramos fijándonos en la pegatina de Rosa Nera, la escudería original en la que corría mi abuelo.

Unas espinas se enredan alrededor de las letras del apellido «Santoro», serigrafiado en negro en el centro del emblema. Un icono clásico que solo los aficionados de verdad sabrían reconocer.

—Pero… Pero… —titubea el agente con voz temblorosa—. ¿No serás… Santoro? ¿El nieto de Raffaele Santoro, el mejor piloto de Fórmula 1 de todos los tiempos?

Sacudo la cabeza orgulloso porque, pese a los más de cuarenta años que han transcurrido desde su muerte, su recuerdo aún permanece vivo en el imaginario de la gente.

—Cuando se lo cuente a mi mujer no se lo va a creer.

—Esta temporada queremos ver a un italiano en el podio y si vuelve a ser un Santoro mejor.

Veo las caras de felicidad de ambos y, teniendo en cuenta que ya voy tarde a mi cita, les propongo, para que me dejen marchar:

—¿Qué os parece que nos saquemos una foto, ya que estamos aquí?

—Nada nos haría más felices —proclama Marcello, que no ha tardado ni dos segundos en sacar su iPhone del bolsillo—. Bueno, eso y que nos suban el salario, que cada vez es más peligroso ser policía en esta ciudad.

Ya veo.

Los dos agentes se colocan a mi lado para hacerse la foto y yo finjo estar feliz, por la cuenta que me trae salir de este embolado indemne.

—Oye, me preguntaba si tendrías unas entraditas para la carrera de mayo en Imola o, tal vez, la de septiembre aquí, en Monza. A mi hijo le haría mucha ilusión poder ver a sus ídolos en directo. Ya sabes, los críos…

Ya. Los críos .

Finge una sonrisa traviesa mientras yo rebusco si llevo alguna tarjeta de mi agencia. Él aprovecha esos segundos para reforzar su argumento:

—Cuando te hemos parado ibas un poquito rápido y, ya sabes, por nosotros no hay problema —murmura, dándole un codazo a su compañero—. No puedes desperdiciar un Ferrari poniéndolo a menos de cien, incluso en la ciudad. Pero nuestros jefes, ya sabes.

Ya. Los jefes.

—Claro, no hay problema, amigos. Porque ahora todos somos amigos, ¿verdad?

—Les tiendo la cartulina con el número de mi persona de contacto—.

Llamad y decid que vais de mi parte; os acomodarán en las gradas VIP del circuito que elijáis.

Ahora tengo que irme, he quedado con unas personas muy importantes de la Federación Internacional.

Es una reunión secreta —miento y les guiño un ojo para ganar su complicidad—.

¡Que tengáis buena noche y saludad a vuestras mujeres e hijos!

Piso el acelerador, dejando las luces azules atrás, y me limpio el sudor fingido con la manga del jersey. Esta noche me he librado por muy poco de volver a ser la comidilla de la prensa sensacionalista.