Flores de tiza CAPÍTULO 15 La Sombra en el Telar
90%

CAPÍTULO 15 La Sombra en el Telar

El invierno en la costa bretona no perdonaba.

Traía consigo un viento feroz que bajaba del canal, azotando las ventanas de la buhardilla y dejando una costra de sal cristalizada en los vidrios.

Sin embargo, dentro del pequeño estudio, el calor de la estufa de hierro y el olor a té con clavo creaban un mundo aparte.

Habían transcurrido seis meses desde la llegada a Roscoff .

La rutina había adquirido una solidez serena: las mañanas dedicadas a las lecciones de inglés de Clara y la pintura de Evelyn; las tardes, al paseo por la playa cuando la marea bajaba, recogiendo madera flotante y conchas que luego servían de modelo para los bocetos de la artista.

Evelyn trabajaba ahora en una serie de lienzos pequeños sobre madera de roble. Había abandonado los grandes formatos angostos de Blackwood Manor ; sus trazos eran más amplios, llenos de azules intensos y ocres cálidos que reflejaban la luz cambiante del norte de Francia.

Sin embargo, esa tarde de martes, el equilibrio se vio alterado por un detalle insignificante.

Clara regresaba del mercado de la plaza con un cesto de mimbres cargado de hortalizas y un periódico atrasado de Brest. Al subir la empinada escalera de caracol de la casa, notó una presencia extraña en el descansillo del segundo piso.

Un hombre alto, enbostado en un capote de paño oscuro y con un sombrero de ala ancha calado hasta las cejas, conversaba en tono bajo con la propietaria de la finca, Madame Ollivier.

El hombre hablaba un francés correcto pero marcadamente anglosajón, preguntando por la llegada de "dos damas inglesas de modales educados".

Clara se congeló en el rellano inferior. Se pegó a la pared de piedra, reduciendo su respiración a un murmullo.

—No conozco a ninguna dama de la nobleza, monsieur —respondía la anciana bretona con su voz cascada y suspicaz—. En la buhardilla solo viven Mademoiselle Vance, que enseña a los niños del puerto, y su prima, la pintora. Son personas trabajadoras y tranquilas.

—Comprendo —dijo el hombre, sacando una moneda del bolsillo de su chaleco que hizo brillar bajo la tenue luz del farol de gas—.

Si por casualidad esa pintora tuviera las manos manchadas de tiza o una cicatriz en la muñeca izquierda, agradecería que me lo hiciera saber.

Mi patrón en Cornwall paga muy bien por las noticias de salud de su familia.

El pulso de Clara golpeó con fuerza contra sus sienes. El hombre no era Thomas, el mozo de cuadras, sino uno de los detectives privados que las grandes familias de la aristocracia contrataban para rastrear a los fugitivos en el continente.

Clara esperó a que el desconocido descendiera la escalera antes de subir apresuradamente los últimos peldaños hacia la buhardilla.

Entró y cerró la puerta con cerrojo de un golpe seco.

Evelyn, que estaba limpiando sus pinceles en un frasco de aguarrás, se giró al instinto, notando de inmediato la palidez en el rostro de la institutriz.

—¿Qué ocurre, Clara?

—Un rastreador —dijo Clara, dejando el cesto sobre la mesa sin desembalar—. Está abajo. Pregunta por una pintora con cicatrices en la muñeca. Julian no ha renunciado, Evelyn. No busca el escándalo público, pero ha enviado sabuesos por los puertos de Bretaña.

Evelyn no gritó ni mostró el pánico de antaño. Dejó el pincel sobre la mesa, se acercó a Clara y tomó sus manos heladas entre las suyas.

—Que busque —dijo Evelyn, y su voz no tenía el menor temblor—. Roscoff no es Blackwood Manor . Aquí no hay jueces de paz a los que pueda comprar con el peso de su título.

—Pero no podemos quedarnos en este piso —insistió Clara, mirando alrededor de la buhardilla que con tanto cariño habían convertido en su hogar—. Si el hombre regresa con las autoridades locales o presenta una orden de repatriación por fuga o demencia...

Evelyn la miró fijamente. Una chispa de astucia fiera brilló en sus ojos grises.

—Madame Ollivier odia a los ingleses con dinero —dijo Evelyn con una sonrisa pequeña y helada—. Y el capitán del Sainte-Marie debe volver a puerto pasado mañana. No necesitamos huir como alimañas, Clara. Esta vez elegiremos nosotras el destino.

Evelyn caminó hacia el lienzo que descansaba en el caballete. Tomó un trozo de carboncillo y, sobre el margen de madera del bastidor, trazó tres líneas diagonales cruzadas por una espiral.

—¿Qué haces? —preguntó Clara.

—Dejarle una nota al sabueso de Julian —respondió Evelyn, soplando el polvo negro que cayó sobre el suelo—. Para que sepa que la mujer que busca ya no vive en las paredes que él intenta medir.

Aquella misma noche, bajo una lluvia fina que envolvía las calles de granito en una penumbra húmeda, Clara y Evelyn trasladaron sus pocos enseres al taller de un viejo velero bretón en la zona del puerto viejo.

Allí, entre velas de lona zurcidas y barriles de alquitrán, pasaron la noche acurrucadas bajo una manta de lana gruesa. El frío era intenso, pero la cercanía de sus cuerpos y el roce constante de sus labios mantenían encendida una llama invulnerable.

—¿A dónde iremos ahora? —preguntó Clara en la oscuridad, sintiendo el latido acompasado del corazón de Evelyn contra su pecho.

—Al sur —susurró Evelyn, besando la clavícula de la institutriz por debajo de la tela del vestido—. Hacia la luz donde la tiza no se borre con la lluvia de la costa. A Italia o al sur de Francia, donde la pintura no necesita el permiso de un esposo para existir.

Al amanecer, cuando el detector bajó de nuevo a la buhardilla de Madame Ollivier escoltado por un gendarme local, solo encontró la habitación vacía: las camas desfechas, el caballete sin lienzo y, grabado sobre la madera limpia del suelo con la firmeza del pigmento puro, un mensaje en inglés que el hombre no tardó en reconocer con un escalofrío:

YA NO HAY NADA QUE ENCERRAR.