Flores de tiza CAPÍTULO 14 La Luz de Roscoff
86%

CAPÍTULO 14 La Luz de Roscoff

Tres meses después de la huida de Cornwall, la luz que entraba por el ventanal de la buhardilla no olía a salmuera ni a yeso húmedo, sino a pan caliente, algas secas y trementina fresca.

Roscoff era una población de piedra de granito gris y tejados inclinados donde los días se medían por el ritmo de las mareas y el grito constante de las gaviotas sobre los bajíos.

Allí, lejos de los edictos de los jueces de paz del condado y del nombre de los Blackwood, la antigua institutriz y la esposa declarada demente habían dejado de existir para convertirse simplemente en Clara y Evelyn.

Habían alquilado una habitación amplia bajo el tejado de una casa de pescadores en el barrio alto de la villa, no muy lejos del antiguo puerto.

El espacio era austero: dos camas de pino pegadas una a la otra para formar un solo lecho, una mesa de madera basta donde Clara daba clases nocturnas de inglés a los hijos de los comerciantes locales, y un gran lienzo montado sobre un bastidor de roble que ocupaba el centro de la estancia.

Evelyn estaba de pie ante el lienzo. Vestía una blusa de lino blanco de manga ancha, manchada en los puños con trazos de azul cobalto y sombra de tostada.

Tenía la tez cobriza por el sol de Bretaña y el cabello castaño recogido en un moño bajo e informal, del que escapaban varios mechones que le rozaban el cuello.

Clara la observaba desde la mesa, corrigiendo un cuaderno de caligrafía.

A diferencia de sus días en Blackwood Manor , la institutriz ya no vestía el paño estricto ni el cuello almidonado; llevaba un vestido sencillo de franela gris, con las mangas recogidas hasta los codos, dejando al descubierto la pequeña cicatriz de su palma y la línea tenue de la muñeca.

—Te estás distrayendo, Clara —dijo Evelyn sin girarse, aplicando una veladura de pintura casi transparente sobre la esquina inferior del cuadro.

—Me distrae la pintora —respondió Clara, dejando la pluma sobre el tintero y poniéndose en pie con la cadencia serena de quien ya no habita en la urgencia.

Se acercó a Evelyn por detrás. Rodeó su cintura con los brazos, apoyando la barbilla sobre el hombro de la artista. El olor de Evelyn era una mezcla embriagadora de sal, lavanda seca y el aroma penetrante del aceite de linaza.

El cuadro no representaba ni el invernadero en ruinas ni las paredes asfixiantes del ala oeste.

Era un paisaje marino de una amplitud deslumbrante: la cala de los guijarros negros vista desde el agua, inundada por una luz de amanecer que convertía las rocas en masas de ocre purpúreo y el mar en una sábana de plata viva.

En la orilla, apenas sugeridas por dos trazos firmes de carbón y blanco tiza, dos siluetas caminaban juntas hacia la pendiente del acantilado.

—¿Cómo se va a titular? —preguntó Clara, rozando con los labios la oreja de Evelyn.

Evelyn dejó el pincel en el tarro de agua y cubrió las manos de Clara con las suyas, entrelazando los dedos con una presión cálida y conocida.

— La traza de la luz —musitó Evelyn, girando la cabeza para buscar los labios de Clara.

El beso fue largo, pausado y profundo, impregnado de la tranquilidad de las vidas recuperadas. Ya no había cerrojos que temer, ni carruajes esperando en la niebla, ni el fantasma de las cartas de despido.

Un golpe suave sonó en la puerta de la buhardilla. Era el cartero del pueblo, que traía un paquete envuelto en papel de estraza y atado con bramante.

Clara firmó el recibo y regresó a la mesa. Al cortar el cordel, del interior del paquete cayó una carta con un matasellos de Londres y un ejemplar recién impreso de la revista literaria The Athenaeum .

Evelyn se acercó, intrigada. Clara desplegó la carta. Estaba firmada por el antiguo editor de su padre en la capital.

—¿Qué dice? —preguntó Evelyn, notando el cambio en la mirada de la joven.

—El Doctor Pryce intentó publicar un informe en la prensa de Devonshire sobre la "desaparición e inestabilidad mental" de Lady Evelyn Blackwood —dijo Clara, leyendo las líneas impresas con una sonrisa amarga—.

Pero el informe fue retirado. Julian no pudo presentar pruebas.

La sociedad de Londres da por sentado que la esposa del barón se ha retirado a un convento en el continente por motivos de salud.

—Julian prefiere el ridículo de la piedad al escándalo de la verdad —comentó Evelyn con una frialdad despejada, sin un solo rastro de rencor.

Clara desdobló la revista literaria. En la sección de poesía contemporánea, impreso en letras claras sobre papel de alta calidad, aparecía un poema que Clara había enviado semanas atrás bajo un seudónimo.

Evelyn se inclinó sobre la página y leyó en voz alta las últimas líneas del poema:

No hay tiza que sostenga la pared cuando el mar abre la puerta,

ni sombra que reclame a la mujer que ha aprendido a nombrarse en la tormenta.

Evelyn miró a Clara con los ojos brillantes, cargados de un orgullo feroz. Tomó el rostro de la escritora entre sus manos y le besó la frente con una ternura infinita.

—La institutriz resultó ser poetisa —dijo Evelyn, esbozando esa sonrisa luminosa que solo pertenecía a Bretaña.

—Y la loca del ala oeste resultó ser la única mujer cuerda de Cornwall —respondió Clara.

Aquella tarde, cuando el sol comenzó a ponerse sobre la bahía de Roscoff , tiñendo las casas de granito de un dorado rojizo, Clara y Evelyn bajaron juntas hacia el espigón.

Caminaron por la piedra húmeda, sintiendo la brisa del continente en el rostro. Evelyn llevaba en el bolsillo un pequeño pedazo de carbón vegetal. Se detuvieron al final del puerto, donde la piedra se adentraba en el agua profunda.

Evelyn se agachó y, en el último sillar de granito que tocaba el mar, dibujó un pequeño círculo cruzado por una línea horizontal. El símbolo náutico del puerto franco. Lugar de refugio.

Luego tomó la mano de Clara, apretó sus dedos con fuerza y miraron juntas hacia el horizonte abierto, donde la luz del atardecer disolvía los últimos rastros del pasado sobre el mar.