Flores de tiza CAPÍTULO 13 El Horizonte de la Sal
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CAPÍTULO 13 El Horizonte de la Sal

El casco de hierro del Sainte-Marie crujía con cada embestida de la marea mientras la costa de Cornwall se reducía a una franja de penumbra gris en el horizonte.

A resguardo en el pañol de estribor, entre sacos de lana basta y barriles de estaño, el aire olía a aceite de máquina, cáñamo y sal. La humedad del mar calaba los huesos, pero el calor que emanaba de sus cuerpos entrelazados convertía la penumbra del barco en un santuario invulnerable.

Evelyn permanecía reclinada sobre el hombro de Clara, con los ojos fijos en la pequeña escotilla circular por la que se filtraba la luz blanca del mediodía.

Sus dedos, aún manchados con los restos de la tiza y la tierra de la cala, jugaban con el dobladillo deshilachado de la manga de la institutriz.

—Nunca he visto el mar desde tan lejos de la orilla —murmuró Evelyn.

Su voz había perdido la tensión rasposa de los días de confinamiento; sonaba fluida, cristalina, envuelta en una calma profunda—.

Desde la ventana del ala oeste, el océano parecía un muro de cristal.

Algo que se mira, pero que no se puede tocar sin romperse.

Clara giró la cabeza y apoyó los labios en la sien de la artista, sintiendo la pulsa pura y serena de su piel.

—Ya no hay muros, Evelyn —dijo en un susurro—. Ni cristales.

Evelyn se incorporó despacio. Sacó de su morral de lienzo la pequeña caja de madera de palisandro.

Al abrirla, la luz tenue de la escotilla hizo brillar las barras de pigmento que le quedaban: un pedazo de carbón vegetal, un resto de bermellón y la tiza blanca con la que había cubierto las paredes de Blackwood Manor .

Tomó el trozo de carbón. Con una lentitud casi sagrada, tomó la mano izquierda de Clara y extendió su palma hacia arriba.

—En la casa dibujaba en las paredes para no olvidarme de que existía —dijo Evelyn, levantando la vista hacia los ojos de la joven—. Dibujaba raíces porque sentía que me estaba enterrando viva.

Apoyó la punta del carbón sobre la piel suave de la muñeca de Clara. Con trazos finos, precisos y delicados, comenzó a dibujar sobre la carne de la institutriz: no una red de venas ni un símbolo de cautiverio, sino la silueta de una rama de alerce con pequeños brotes de primavera.

Clara sintió el cosquilleo del carbón recorriendo su piel. Un escalofrío le erizó los brazos, no por el frío del pañol, sino por la devoción líquida que emanaba del rostro de Evelyn.

—¿Qué significa? —preguntó Clara en un hilo de voz.

Evelyn cerró la caja de madera y presionó sus labios con suavidad sobre el dibujo recién trazado en la muñeca de la institutriz, dejando una leve marca negra sobre la piel.

—Significa audacia —respondió Evelyn, mirando a Clara con una sonrisa luminosa que borró de golpe años de sombra y aislamiento—. Y recomienzo.

A las cuatro de la tarde, la sirena del Sainte-Marie anunció la llegada a las aguas territoriales bretonas.

El puerto de Roscoff emergió entre la niebla atlántica como un grabado de casas de granito oscuro, tejados de pizarra y palos de pesqueros mecíendose al ritmo de la marejada.

Cuando la pasarela tocó tierra firme, Clara y Evelyn bajaron juntas.

Ninguna de las dos miró atrás hacia el canal.

En sus manos no llevaban más equipaje que un morral con herramientas de pintura, un libro de poesía marchito y la certeza inquebrantable de que el silencio ya no volvería a dictar el curso de sus vidas.

Caminaron por los adoquines húmedos del puerto, confundiéndose entre la multitud de marineros y mercaderes, mientras el viento del continente les abría el camino hacia una libertad pintada con sus propios colores.