CAPÍTULO 9 La Sentencia de Cristal
El sonido del cerrojo exterior al encajarse en la pletina de hierro sonó como el disparo de un fusil en la quietud del taller.
Evelyn no apartó la mano de la mejilla de Clara de inmediato; la mantuvo allí durante un segundo suspendido, una eternidad diminuta donde el pulso fiero de sus dedos comunicó a la piel de la institutriz todo lo que el protocolo victoriano prohibía nombrar.
Luego, con una lentitud llena de una dignidad trágica, bajó el brazo y cerró el puño, como si intentara retener el calor de Clara entre sus palmas.
—Ya ha empezado —susurró Evelyn. Sus ojos grises, antes encendidos por una intimidad voraz, se volvieron de una lucidez helada—. Julian no espera. Cuando siente que pierde el control de una pieza, la aparta del tablero.
—No me iré sin usted —dijo Clara. Las palabras salieron de su boca antes de que su mente pudiera meditar las consecuencias. No era la voz de la empleada contratada por carta desde un orfanato de Devonshire; era la voz de una mujer que acababa de descubrir la vida debajo de sus propias cenizas.
Evelyn la miró con una mezcla de devoción y espanto.
—Se irán con usted si se resiste, Clara. La entregarán a los alguaciles de Truro por desacato o robo. Conozco a mi esposo.
—¡Abran la puerta! —volvió a demandar la voz de la Sra. Danvers desde el pasillo, acompañada por el choque de su manojo de llaves contra la madera de roble.
Clara dio un paso hacia la mesa de trabajo.
Con un movimiento rápido y certero, tomó el pequeño volumen de poesía de Christina Rossetti con el helecho seco en su interior y lo deslizó dentro del bolsillo profundo de su falda.
Luego, mirando fijamente a Evelyn, bajó la voz hasta convertirla en un soplido imperceptible:
—En el escritorio de la biblioteca hay un plano del estanque y del antiguo canal de desagüe del invernadero. Su padre lo trazó en 1850. Esta noche, cuando la casa duerma, no use la puerta del ala oeste.
Evelyn parpadeó, sorprendida por el conocimiento de Clara.
—El canal de la hiedra... —articuló Evelyn—. Está cegado por los desprendimientos.
—No lo está. Ayer lo examiné con Iris desde el patio. Hay espacio suficiente para una persona.
La puerta se abrió de golpe. La Sra. Danvers apareció en el umbral, flanqueada por Thomas, el mozo de cuadras de rostro impenetrable que traía en la mano el maletín de cuero de Clara.
El ama de llaves recorrió la estancia con sus ojos pequeños y oscuros, deteniéndose en la proximidad entre ambas mujeres, en las manos manchadas de tiza de Evelyn y en la postura erguida, casi desafiante, de la institutriz.
—Señorita Vance —dijo la Sra. Danvers con una frialdad que helaba el aire—. Lord Blackwood la aguarda en el vestíbulo. El carruaje para la estación de Truro sale en veinte minutos. Su liquidación está sobre la mesa del despacho.
Clara no bajó la mirada. Ajustó el cuello almidonado de su vestido, se calzó los guantes de hilo con la parsimonia de quien se viste para una ceremonia y caminó hacia la salida. Al pasar junto a Evelyn, sus hombros se rozaron levemente. Ninguna de las dos se giró.
Lord Julian Blackwood la esperaba al pie de la gran escalera de caracol, junto al gran jarrón de porcelana con flores marchitas. Vestía un abrigo de viaje de paño negro y sostenía en la mano un sobre de papel grueso cerrado con lacre rojo.
El aire en el recibidor olía a la niebla que se filtraba por las rendijas de la puerta principal y al tabaco rancio de la pipa del barón.
—Es una lástima, señorita Vance —dijo Julian, sin preámbulos, manteniendo esa voz pulida y monocorde que escondía una tiranía absoluta—.
Tenía puestas ciertas esperanzas en su rigor.
Sin embargo, su incapacidad para comprender los límites de su posición la convierten en un elemento perturbador para esta familia.
—Mi único límite, milord, ha sido la verdad —respondió Clara, deteniéndose en el último peldaño.
Julian dejó escapar una risa breve, un chasquido seco sin el menor rastro de júbilo.
—La verdad es un lujo que las mujeres sin renta no pueden permitirse —dijo, dando un paso hacia ella y ofreciéndole el sobre—.
Aquí tiene sus haberes correspondientes al mes completo, junto con una carta de recomendación...
neutra. Si intenta ponerse en contacto con mi esposa o regresar a esta comarca, me veré en la obligación de redactar un informe muy distinto para la sociedad de institutrices de Londres.
Dudo que encuentre acomodo ni siquiera como lavandera.
Clara miró el sobre. No lo tomó de inmediato. Sostuvo la mirada del barón con un desprecio tan sereno y transparente que por un segundo, un solo segundo, la ceja izquierda de Julian se contrajo en un rictus de duda.
—Se queda usted solo en esta casa de piedra, Lord Blackwood —dijo Clara en voz baja, cogiendo el sobre con dos dedos—. Y las sombras que hay en las paredes no se van a borrar porque yo tome un tren.
Julian dio un paso atrás, cerrando la cara en una máscara de piedra.
—Thomas. Acompañe a la señorita Vance a la calesa.
El carruaje avanzó despacio por la pista de gravilla. La niebla del canal era tan espesa que las torretas neogóticas de Blackwood Manor desaparecieron a los pocos metros, engullidas por una masa de aire gris y húmedo.
En el interior de la calesa, Clara permaneció inmóvil durante los primeros diez minutos. No lloró. No apretó los puños. Se limitó a sacar el sobre de lacre rojo de su bolsillo y, sin abrirlo, lo rompió en cuatro pedazos de papel grueso que dejó caer sobre el suelo de madera del carruaje.
Luego sacó el volumen de poesía de Christina Rossetti y extrajo la hoja de helecho seco.
Thomas conducía despacio debido a la falta de visibilidad. Cuando el carruaje alcanzó la curva del desfiladero —el punto donde la carretera bordeaba los acantilados sobre el mar y las ruedas de hierro trituraban la piedra blanda—, Clara dio dos golpes secos en el panel de madera del pescante.
El carruaje se detuvo. Thomas abrió la pequeña ventanilla trasera.
—¿Ocurre algo, señorita?
—Me ha resultado una indigestión por el viaje, Thomas —dijo Clara con voz débil pero perfectamente modulada—. Necesito bajar a respirar el aire de la costa un momento antes de continuar hacia la estación.
El mozo de cuadras dudó, mirando el reloj de bolsillo.
—El señor dijo que debía verla subir al tren de las cinco...
—Serán solo dos minutos. A menos que prefiera que manche el tapizado de la calesa de Lord Blackwood.
Thomas refunfuñó algo ininteligible y descendió del pescante para abrir la portezuela. Clara bajó. El viento del Atlántico le golpeó el rostro con la fuerza de un jarro de agua helada, trayendo consigo el olor purificador del salitre y las algas.
Caminó hacia la orilla del camino, donde la vegetación de brezo y gorse luchaba contra la pendiente del acantilado.
A través de la niebla, mirando hacia el norte, se adivinaba la silueta oscura de la pared trasera de Blackwood Manor y la estructura del invernadero en ruinas.
Clara se quitó los guantes de hilo. Se agachó en el barro del arcén, tomó un trozo de piedra de pizarra blanda y, sobre la madera del pescante del carruaje, donde Thomas no pudiera verlo hasta llegar de vuelta a las cuadras, trazó un signo pequeño pero inconfundible:
Una espiral cruzada por tres líneas verticales. El código de la flor del acónito. Peligro inmortal.
Luego miró a Thomas, que la observaba con impaciencia desde la niebla.
—Podemos seguir, Thomas —dijo Clara.
Pero en lugar de subir a la calesa, cuando el hombre se giró para ajustar las riendas de los caballos, Clara se deslizó en silencio hacia la espesura del matorral que descendía por el barranco hacia la cala escondida bajo los acantilados.
El tren a Londres saldría a las cinco sin ella. La batalla por la libertad de Evelyn no se iba a librar en las galerías de arte de la capital, sino en las entrañas de la piedra de Cornwall.