CAPÍTULO 8 El Lenguaje de los Pigmentos
El ambiente en Blackwood Manor tras la marcha del Doctor Pryce se volvió de una densidad casi insoportable. Las consecuencias de la desafiante declaración de Clara no tardaron en manifestarse de forma sutil, pero implacable.
A mediodía, la Sra. Danvers se presentó en la sala de clases con una bandeja.
Sin pronunciar palabra, retiró la tetera caliente y el plato de bizcochos destinados a la institutriz, reemplazándolos por un jarro de agua fría y pan asentado.
La mirada del ama de llaves era una advertencia silenciosa: en esa casa, el favor del amo era el único alimento que garantizaba el bienestar.
Iris, acurrucada sobre su cuaderno de caligrafía, apenas se atrevía a respirar.
—Señorita Vance... —susurró la niña cuando los pasos de la Sra. Danvers se perdieron en el pasillo—. El tío Julian estaba muy enfadado en el despacho. Le oí decir al médico que usted era una persona "contagiosa". ¿Qué significa eso?
Clara se acercó a la pequeña y le colocó una mano sobre el hombro, transmitiéndole una serenidad que ella misma distaba de sentir.
—Significa, Iris, que a veces a los adultos no les gusta que se digan las cosas tal como son —respondió con suavidad—. Pero no debes preocuparte. Sigue con tu lección de geografía.
Sin embargo, por dentro, Clara calculaba sus opciones. Sabía que su tiempo en la mansión estaba contado. Lord Blackwood no toleraría a una empleada que desarmaba sus argumentos ante las autoridades médicas de la comarca. Era cuestión de días —quizá de horas— que redactara su carta de despido.
Debía actuar antes de que la encerraran o expulsaran.
A las cuatro de la tarde, aprovechando la hora en que Lord Blackwood se recluía en su despacho para revisar las cuentas de las tierras y la servidumbre descansaba en las cocinas, Clara se dirigió al ala oeste.
Esta vez no caminó con la indecisión de las primeras jornadas. Cruzó la pesada cortina de terciopelo verde con paso firme, sosteniendo entre las manos un pequeño volumen de poesía de Christina Rossetti que había tomado de la biblioteca principal.
El pasillo del ala oeste estaba sumido en un silencio sepulcral. La luz de la tarde entraba oblicua por los ventanales, haciendo brillar el polvo de tiza que cubría los frescos botánicos de las paredes.
Clara se detuvo frente a la puerta del dormitorio de Evelyn. Apoyó los nudillos sobre la madera dura de roble y dio tres golpes suaves.
—¿Quién es? —la voz de Evelyn sonó débil, amortiguada desde el interior.
—Soy Clara.
Se escuchó el sonido de un cerrojo de latón al girar.
La puerta se abrió unos centímetros. Evelyn apareció en la abertura; vestía un sencillo vestido de lana oscura, sin adornos, y tenía el rostro pálido, marcado por una extrema delgadez.
Sin embargo, al ver a Clara, sus ojos grises cobraron una vida instantánea, intensa y eléctrica.
—Es una locura que esté aquí —murmuró Evelyn, mirando a ambos lados del pasillo antes de abrir la puerta lo suficiente para dejarla pasar—. La Sra. Danvers la está vigilando. Sé lo que hizo esta mañana en la biblioteca.
Clara entró en el dormitorio.
La habitación de Evelyn no se parecía en nada al resto de la mansión.
Era un espacio amplio, dominado por un gran ventanal orientado al mar.
No había cortinados de terciopelo ni alfombra persa; en su lugar, el suelo de tablas de pino desnudo estaba sembrado de lienzos, frascos de cristal con aceites, morteros de piedra y manojos de plantas secas colgadas del techo.
El olor a trementina, resina y lavanda era tan denso que casi se podía saborear.
—Me defendió ante Pryce —dijo Evelyn, cerrando la puerta y apoyando la espalda contra la madera. Miró a Clara con una mezcla de asombro y devoción reprimida—. Nadie se ha enfrentado a Julian en esta casa. Nadie.
—Dije la verdad —respondió Clara, caminando despacio por la estancia, fascinada por el caos ordenado del taller—. El Doctor Pryce es un ignorante que confunde la pasión intelectual con una patología.
Evelyn dejó escapar una risa corta, un sonido rasposo y hermoso que pareció iluminar por un instante la estancia gris.
—Pryce solo ve lo que Julian le paga por ver —Evelyn se acercó a Clara, detenida junto a una mesa de trabajo cubierta de frascos de pigmento en polvo: azul cobalto, ocre terroso y un blanco tiza extraordinariamente fino—.
Pero usted se ha puesto en peligro por mi causa.
Julian no se lo perdonará. Buscará la forma de deshacerse de usted.
—Que lo intente —dijo Clara, girándose hacia ella.
La cercanía entre ambas volvió a tensarse. Evelyn dio un paso más, quedando a solo un palmo de distancia. Extendió la mano y, con una delicadeza que hizo estremecer a Clara, tocó el borde del libro de poesía que la institutriz llevaba contra el pecho.
—¿Qué es esto? —preguntó Evelyn, con la voz reducida a un susurro.
—Un libro. Pensé que... en su encierro, tal vez le gustaría leer algo que no sean tratados de medicina o biblias.
Evelyn tomó el volumen. Al hacerlo, sus dedos rozaron los de Clara. El contacto fue breve, pero ambas contuvieron el aliento. Evelyn abrió el libro al azar; entre las páginas de papel fino, Clara había colocado una hoja secada de helecho que había recogido en el patio.
Evelyn miró la hoja seca y luego levantó los ojos hacia Clara. La vulnerabilidad en su mirada era tan absoluta que a la institutriz le dio un vuelco el corazón.
—En la florigrafía —murmuró Evelyn, rozando el helecho con la yema del índice—, el helecho significa fascinación. Y refugio.
—Lo sé —confesó Clara en un hilo de voz, sintiendo que la sangre le quemaba las mejillas.
Evelyn dejó el libro sobre la mesa de trabajo sin separar la mirada de los ojos de Clara. Levanto lentamente la mano derecha, aún manchada de finas trazas de tiza blanca, y la acercó al rostro de la institutriz. Esta vez, Clara no se apartó ni se congeló por el miedo.
Los dedos de Evelyn tocaron la línea de la mandíbula de Clara. La piel de la artista era cálida, suave a pesar del trabajo con los pigmentos. Deslizó el pulgar por la mejilla de Clara, dejando una caricia tenue que se sintió como una marca imborrable.
—Usted es mi refugio, Clara Vance —susurró Evelyn, inclinándose imperceptiblemente hacia ella.
El aire entre sus rostros se volvió abrasador. Clara pudo oler la lavanda de su piel y la nota amarga del té. Cerró los ojos por una fracción de segundo, rindiéndose a la marea de sensaciones que amenazaba con derribar el último muro de su compostura.
—Evelyn... —articuló Clara, en una súplica que no sabía si pedía que se detuviera o que no se alejara jamás.
Antes de que sus labios pudieran tocarse, un golpe seco y metálico resonó en la puerta del dormitorio, acompañado por el chasquido del cerrojo exterior al ser manipulado desde fuera.
—¡Lady Evelyn! —la voz de la Sra. Danvers resonó con la frialdad de una sentencia—. Lord Blackwood requiere su presencia inmediata en la galería baja. Y la señorita Vance debe acudir al despacho. Su equipaje está siendo preparado.