CAPÍTULO 7 La Visita del Doctor Pryce
A las ocho de la mañana, la luz que entraba por las ventanas del piso principal no era dorada, sino del color del estaño sucio.
La tormenta de la noche anterior se había retirado hacia el interior de la península, dejando en la costa una bruma densa que amortiguaba el graznido de las gaviotas y el batir de las olas contra los acantilados.
Clara bajó al comedor secundario con el pañuelo guardado en el bolsillo interior de su vestido.
Había pasado la hora previa al alba frotando la pequeña mancha de sangre sobre la palangana de agua helada de su dormitorio, usando una pastilla de jabón neutro hasta que los nudillos de sus dedos quedaron al rojo vivo.
La mancha había desaparecido de la tela, pero en su mente, el contorno del nudillo herido de Evelyn seguía grabado con la nitidez de una incisión.
El desayuno transcurrió en un silencio tenso. Iris penas comió una tostada con mantequilla; la niña tenía la mirada fija en el gran reloj de pared de caja alta, cuyo péndulo marcaba los segundos con un sonido metálico, pesado y regular.
—Hoy no habrá lección de gramática, ¿verdad, señorita Vance? —preguntó la pequeña en un susurro, sin levantar la vista de la mesa.
—Tu tío ha dispuesto que permanezcas en el ala este durante toda la mañana —respondió Clara, sirviendo una taza de té con mano extrañamente firme. Su propio autocontrol la sorprendía; bajo la superficie de la institutriz correcta y metódica, una corriente de adrenalina le recorría las venas.
A las diez en punto, las ruedas de una calesa de dos caballos trituraron la gravilla de la entrada principal.
El Doctor Pryce era un hombre de unos cincuenta años, de estatura corta, complexión robusta y una calvicie incipiente que compensaba con unas patillas grises y espesas.
Llevaba un maletín de cuero negro reforzado con cierres de latón que sonaron con un clac seco al dejarlo sobre la mesa de la biblioteca.
Lord Blackwood lo recibió junto a la chimenea. Clara, convocada por orden expresa del barón, permanecía de pie a dos pasos de la puerta, con las manos cruzadas sobre el talle y la mirada baja, adoptando la actitud de una sirvienta atenta pero invisible.
—Le agradezco que haya venido con tanta celeridad, doctor —dijo Julian, sirviendo dos copas de jerez a pesar de lo temprano de la hora—.
Los episodios de Evelyn se han vuelto más frecuentes.
Anoche la servidumbre reportó ruidos en la galería acristalada a altas horas.
Me temo que la fijación con los pigmentos y los grabados se ha transformado en un comportamiento errático que roza el peligro físico.
El Doctor Pryce tomó la copa y dio un pequeño sorbo, evaluando las palabras del barón con un cabeceo grave.
—La manía pictórica, cuando se combina con la melancolía uterina o el agotamiento nervioso, suele derivar en fijaciones obsesivas, milord —dictaminó Pryce con esa suficiencia médica que no admite réplica—.
Si Lady Evelyn rechaza los tónicos de laúdano y bromuro que le prescribí, no nos queda más recurso que el confinamiento bajo supervisión médica constante.
El asilo de San Jude en Truro dispone de un pabellón para damas de la nobleza donde...
—Antes de tomar una decisión tan drástica —interrumpió Julian, girándose despacio hacia la puerta—, me gustaría que escuchara el testimonio de la señorita Vance. Ella reside en el piso superior, cerca de las habitaciones de mi esposa.
El Doctor Pryce giró la cabeza hacia Clara. Sus ojos, pequeños y curiosos detrás de unas gafas con montura de oro, la examinaron de arriba abajo.
—Señorita Vance —dijo el médico, entornando la voz—.
Como persona educada e imparcial, su deber es facilitarnos la verdad sin dejarse llevar por sensiblerías.
¿Ha observado en Lady Evelyn comportamientos que sugieran una pérdida completa del juicio?
¿La ha visto deambular de noche? ¿Le consta si ha intentado comunicarse con usted de forma incoherente o amenazante?
El silencio cayó sobre la biblioteca con el peso de una losa.
Lord Blackwood la miraba fijamente desde el otro lado de la estancia. Sus ojos pálidos y transparentes no mostraban enojo, sino una certeza absoluta: la certeza de que una mujer sin recursos, dependiente de su sueldo para no caer en la indigencia, diría exactamente lo que se esperaba de ella.
Clara sintió que el bolsillo de su vestido, donde guardaba el pañuelo limpio, le pesaba como un pedazo de plomo. Recordó la voz de Evelyn en la penumbra del pasillo: «Dígale la verdad, Clara. Dígale que en esta casa lo único que está verdaderamente loco es el silencio» .
Clara dio un paso al frente. Su postura no cambió, pero su barbilla se elevó apenas un milímetro.
—He observado a Lady Evelyn en varias ocasiones, Doctor Pryce —dijo, pronunciando cada sílaba con una claridad pulcra y serena.
—¿Y bien? —inquirió Pryce, ajustándose las gafas.
—Lo que he visto no es demencia, doctor. Es la desesperación de una mujer con un talento artístico extraordinario que se encuentra recluida sin acceso al aire libre ni al ejercicio físico que cualquier naturaleza humana requiere.
Lord Blackwood se congeló con la copa de jerez a medio camino de los labios. Las cejas del Doctor Pryce se elevaron con estupor.
—¿Sugiere usted, señorita Vance, que las alucinaciones de mi esposa son fruto del aburrimiento? —preguntó Julian, y por primera vez un matiz helado, filoso como una navaja, cruzó su tono de voz.
—Sugiero, milord —respondió Clara, sosteniéndole la mirada con una audacia que le hizo latir el corazón desbocado contra las costillas—, que los dibujos que Lady Evelyn realiza en las paredes no son signos de locura, sino ilustraciones botánicas de una precisión anatómica intachable.
Su mente está perfectamente lúcida; lo que ocurre es que esta casa carece de las herramientas para comprender la naturaleza de su trabajo.
Anoche la vi en la galería acristalada. Estaba intentando rescatar especímenes de plantas que el mal tiempo había destrozado.
No había rabia en sus actos, solo el pesar de quien ve destruido aquello que ha cultivado.
El Doctor Pryce miró a Julian, manifiestamente descolocado por la firmeza de la institutriz.
—Bueno... la sensibilidad de los artistas a veces se confunde con... —balbuceó el médico.
—Suficiente —dijo Lord Blackwood. Dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco que hizo vibrar el cristal—. La señorita Vance es una excelente educadora para Iris, pero es evidente que su inexperiencia en asuntos médicos la lleva a interpretaciones románticas y poco prácticas.
Julian caminó hacia la puerta de la biblioteca y la abrió de par en par, indicándole a Clara que su presencia había concluido.
—Puede retirarse a sus lecciones, señorita Vance. El Doctor Pryce y yo continuaremos esta conversación en privado.
Clara inclinó la cabeza con una cortesía impecable y salió al recibidor. Al cruzar el umbral, sintió la mirada de Julian clavada en su espalda: una mirada que ya no la consideraba un elemento neutro de la servidumbre, sino un obstáculo que debía ser corregido.
Al subir la gran escalera de caracol, Clara se detuvo en el primer descansillo. Sus manos temblaban violentamente, pero en su pecho no había miedo; había una llama pequeña, feroz y desconocida que acababa de encenderse.
Había cruzado la línea. Había desafiado al señor de Blackwood Manor . Y mientras miraba hacia la cortina de terciopelo verde del ala oeste, supo que ya no había vuelta atrás.