CAPÍTULO 6 La Trazabilidad de la Sangre
La lluvia sobre la estructura de hierro y cristal roto del invernadero producía un estrépito metálico que amortiguaba el resto del mundo.
Apenas a unos centímetros de distancia, arrodilladas ambas sobre el barro y la losa fría, la frontera entre la institutriz e hija de naturalista y la mujer confinada del ala oeste terminó de desmoronarse.
Evelyn no soltó la muñeca de Clara. Su agarre, aunque impregnado por el temblor febril del frío, poseía una terquedad física que transmitía la urgencia de quien no tiene otra asidera en la tierra.
Sus dedos manchados de tierra negra dejaron huellas oscuras sobre la tela clara de la manga de Clara, pero ninguna de las dos prestó atención al deterioro de la prenda.
—Si el Doctor Pryce viene mañana —murmuró Clara, midiendo cada palabra mientras el agua le resbalaba por la frente y se le metía por el cuello del chal—, no debe encontrarla en este estado.
Si la hallan aquí, a medianoche, entre cristales rotos y barro, tendrán el pretexto perfecto que llevan meses buscando ante los jueces de paz del condado.
Evelyn parpadeó lentamente, como si las palabras de Clara tardaran en atravesar la bruma de su agotamiento.
—Ellos no necesitan pretextos, Clara —respondió con una voz que el viento de la costa redujo a un hilo metálico—.
A la sociedad de Truro le basta con la firma de dos médicos y el testimonio de un esposo respetable que gestiona con prudencia las rentas de su mujer.
Para ellos, una mujer que prefiere el pigmento y el silencio a la conversación de salón ya está irrevocablemente demente.
—Entonces no se lo ponga fácil —dijo Clara con firmeza.
Haciendo acopio de una determinación que jamás creyó poseer, Clara liberó suavemente su mano para tomar a Evelyn por los hombros. Sintió bajo las palmas de sus manos la estructura ósea de la mujer, tan frágil en apariencia, pero sostenida por un sistema nervioso en tensión constante.
—Póngase en pie. Ahora mismo.
Evelyn la miró un instante con desconfianza, pero la solidez en la mirada de Clara —un azul claro, sereno y austero que recordaba a los cielos invernales— pareció imponerse sobre el pánico.
Apoyándose en el hombro de la institutriz, Evelyn se incorporó despacio.
Su bata de seda gris, empapada, pesaba como una armadura de plomo, adhiriéndose a la línea de sus caderas y a la curva de su espalda.
Con pasos torpes y cautelosos para evitar los fragmentos de terracota y cristal que sembraban el suelo, Clara la guio fuera del invernadero, adentrándose de nuevo en la galería acristalada que conducía a la casa.
El aire interior olía a cera fría y a la humedad del estanque del patio. La mansión dormía, pero era un sueño ligero, lleno de crujidos sospechosos.
Al llegar al rellano del ala oeste, antes de cruzar la pesada cortina de terciopelo verde que dividía los dos mundos de la casona, Clara detuvo a Evelyn bajo la tenue luz de un quinqué de aceite que parpadeaba en la pared.
—Sus manos —susurró Clara.
Evelyn levantó ambas palmas. Estaban cubiertas de tierra húmeda y fina gravilla; en el nudillo del dedo índice de la mano izquierda, una pequeña cortadura producida por los restos de la maceta sangraba lentamente, mezclando el hilo rojo con la suciedad negra.
Sin pensarlo dos veces, Clara echó mano del pañuelo de hilo que guardaba en el bolsillo de su bata de noche. Se inclinó sobre la mano de Evelyn. Con una delicadeza metódica, casi quirúrgica, comenzó a limpiar la tierra de la herida.
Evelyn ahogó un leve gemido cuando la tela seca rozó la cortadura.
—Perdone —susurró Clara, deteniéndose al instante. La proximidad era tan absoluta que el aliento cálido de Evelyn le golpeaba directamente en la mejilla, oliendo a la menta amarga de las infusiones y a la calidez de la piel febril.
—No se detenga —pidió Evelyn en un murmullo penas audible.
Clara continuó. Presionó el pañuelo contra la pequeña grieta para detener el sangrado.
Sintió bajo la tela el pulso acelerado y rítmico de la arteria en la muñeca de Evelyn.
Un latido rápido, como el de un pájaro atrapado en una jaula de mimbre.
Sus propios dedos, fríos por el agua de la lluvia, comenzaron a impregnarse del calor que emanaba del cuerpo de la otra mujer.
Durante un minuto entero, ninguna de las dos dijo nada. Solo el sonido de la lluvia lejana y la respiración acompasada de ambas llenaron el espacio reducidísimo que las separaba.
Evelyn bajó la mirada hacia las manos de Clara, que sostenían la suya con una firmeza impecable.
—Tiene manos de cirujano, señorita Vance —dijo Evelyn, y por primera vez hubo un matiz de ironía suave en su tono, una chispa de inteligencia brillante que escapaba por completo a la sombra de la enfermedad.
—Tengo manos de institutriz, Lady Evelyn. Acostumbradas a corregir errores con paciencia —respondió Clara, levantando los ojos hasta encontrarse con los suyos.
La mirada de Evelyn era de una intensidad abrumadora. Se demoró en las comisuras de los labios de Clara, en la línea severa de su mandíbula y en el mechón de cabello castaño que, libre del moño habitual, caía sobre su cuello húmedo.
—Hay manchas que la paciencia no puede limpiar —murmuró Evelyn, dando un paso casi imperceptible hacia adelante, de modo que la seda de su vestimenta rozó el paño del chal de Clara—.
Mañana, cuando el Doctor Pryce esté en el salón examinándome con sus preguntas trampa, Julian le pedirá a usted que dé testimonio sobre mi conducta nocturna.
Le preguntará si me ha visto deambular. Le preguntará si soy peligrosa.
Clara sintió que se le oprimía el pecho. La responsabilidad del contrato, el miedo a la indigencia y la estricta moral victoriana con la que se había educado pesaron de pronto con el volumen de una montaña sobre sus hombros.
—¿Qué quiere que le diga? —preguntó Clara en un susurro cargado de incertidumbre.
Evelyn sonrió. Fue una sonrisa triste, hermosa y desesperada, que transformó por completo su rostro pálido. Extendió la mano limpia y, con la punta del dedo índice, tocó apenas la tiza disuelta que aún manchaba la solapa del camisón de Clara.
—Dígale la verdad, Clara. Dígale que en esta casa lo único que está verdaderamente loco es el silencio que él ha construido para tapar lo que hay debajo de las paredes.
Con un movimiento fluido y silencioso, Evelyn se retiró hacia la penumbra del pasillo del ala oeste. Antes de abrir la puerta de sus aposentos, se giró una última vez.
—Lávese el pañuelo antes de que la sangre se seque —dijo—. En Blackwood Manor , las manchas de color siempre se pagan caras.
La puerta de roble se cerró sin hacer ruido. Clara permaneció sola en el descansillo, sosteniendo en su mano el pañuelo impregnado de tierra y con una pequeña mancha roja en el centro que parecía arder bajo la luz amarilla del quinqué.