CAPÍTULO 5 El Peso del Aire #2
—Pintaba —corrigió Iris en un susurro casi inaudible—.
Antes de que el Doctor Pryce viniera con las botellitas de medicina.
Antes, tía Evelyn tenía un cuaderno muy grande con tapas de cuero verde.
Dibujaba flores, pero no las flores que vemos en el jardín.
Dibujaba las raíces... y las cosas que crecen bajo la tierra, donde nadie mira.
—¿Y qué pasó con ese cuaderno?
Iris echó un vistazo a la alta puerta de roble de la biblioteca antes de responder.
—El tío Julian se lo quitó. Dijo que era peligroso. Pero tía Evelyn escondió las hojas sueltas. Dijo que las flores de verdad no se pueden encerrar porque sus semillas vuelan con el viento de la costa.
El crujido de la puerta principal interrumpió la conversación.
El eco de unas botas pesadas sobre las losas del vestíbulo anunció el regreso de Lord Blackwood.
Iris se tensó de inmediato, adoptando la postura rígida que le habían enseñado desde la cuna y volviendo a empuñar la pluma con dedos temblorosos.
Clara se puso en pie despacio. En su pecho, una sospecha comenzaba a tomar una forma definida y sobrecogedora: la supuesta locura de Evelyn no era el desvarío de una mente frágil, sino la respuesta desesperada de una mujer a la que intentaban arrebatarle metódicamente su voz, su arte y su memoria.
Esa misma noche, a las tres de la madrugada, un trueno lejano retumbó sobre el canal.
La lluvia comenzó a golpear los cristales de la mansión con una violencia feroz, impulsada por rachas de viento que hacían gemir la estructura de la casa. Clara se despertó de golpe. Tenía la respiración agitada y la piel cubierta por una fina capa de sudor frío.
Se incorporó en la cama. El ambiente en la habitación era claustrofóbico; el olor a humo de turba apagada se mezclaba con la humedad que se filtraba por las junturas de la ventana.
Entonces lo oyó.
No era el rasguño de la tiza en la puerta. Era un sonido amortiguado que venía del piso inferior, justo debajo de sus aposentos: un golpe seco, seguido del chasquido cristalino de un cristal al romperse y el murmullo ahogado de una voz de mujer.
Clara no lo dudó. Desechó la prudencia que le exigía mantenerse al margen. Se levantó de la cama, se cubrió los hombros con un chal de lana oscura sobre el camisón y caminó hacia la puerta. Desenganchó el cerrojo de hierro procurando no hacer ruido y se deslizó hacia el pasillo en penumbra.
La mansión estaba sumida en una oscuridad casi absoluta, alterada únicamente por los relámpagos que iluminaban brevemente las altas ventanas del descansillo, dibujando sombras alargadas y espectrales sobre las paredes.
Clara descendió la escalera de caracol guiándose por la barandilla de nogal. Cada peldaño emitía un crujido sordo bajo sus pies descalzos.
El sonido la guio no hacia el ala oeste, sino hacia la parte trasera de la casa, donde una galería acristalada conectaba el edificio principal con las ruinas del antiguo invernadero victoriano.
Al llegar a la puerta de arco de la galería, Clara se detuvo, conteniendo el aliento.
A través de los cristales cubiertos por la lluvia, iluminada por los destellos intermitentes de la tormenta, vio a Evelyn.
Estaba de pie en el centro del invernadero en ruinas.
El agua de la lluvia entraba a través de los paneles rotos del techo, empapando su vestido blanco de algodón y pegando la tela a su cuerpo en líneas trágicas y hermosas.
Tenía el cabello castaño completamente mojado, cayéndole sobre la cara y la espalda en mechones oscuros.
En la mano derecha sostenía un pequeño martillo de jardinería; a sus pies, los restos de una maceta de terracota yacían destrozados sobre el suelo de piedra.
Evelyn estaba de rodillas sobre la tierra húmeda, escarbando entre los pedazos de barro roto con las manos desnudas, buscando desesperadamente algo sepultado entre las raíces.
—Lady Evelyn... —susurró Clara, dando un paso hacia el interior del invernadero.
Evelyn se sobresaltó. Se giró bruscamente, con el rostro bañado por una mezcla de agua de lluvia y lágrimas furiosas. Tenía las manos cubiertas de barro negro y la piel de las muñecas enrojecida por el frío.
Al reconocer a Clara en la penumbra, la tensión de su cuerpo no cedió, pero la furia de sus ojos fue reemplazada por una vulnerabilidad devastadora.
—Lo ha enterrado aquí —dijo Evelyn, con la voz quebrada por el frío y la angustia, señalando la tierra removida con dedos temblorosos—. Él cree que si sepulta el pigmento en la tierra, la imagen desaparecerá. Cree que la lluvia borrará lo que vi.
Clara se acercó lentamente, ignorando el agua que caía del techo y que comenzaba a empapar los hombros de su propio chal. Se arrodilló sobre la piedra fría junto a Evelyn, sin importar que la humedad penetrara la tela de su ropa.
—Está helada —dijo Clara, sobrecogida por el temblor violento que sacudía el cuerpo de la mujer—. Debe volver dentro. Si Lord Blackwood o la Sra. Danvers la encuentran aquí...
—¡No me importa Julian! —estalló Evelyn en un susurro feroz, atrapando la muñeca de Clara con sus manos manchadas de barro.
El contacto de su piel fue como una descarga eléctrica. A pesar de la lluvia helada, las manos de Evelyn quemaban. Su agarre era sorprendentemente firme, desesperado, como el de alguien que se ahoga y se agarra a la única roca firme en medio del oleaje.
—No deje que me lleven, Clara —suplicó Evelyn, fijando sus ojos grises en los de la institutriz con una intensidad que hizo temblar los cimientos del autocontrol de Clara—.
Pryce viene mañana. Quieren trasladarme al asilo de San Jude antes del fin de mes.
Si me encierran allí, no podré volver a pintar.
Me ahogarán en laúdano hasta que me olvide de quién soy.
Clara sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. La cercanía de Evelyn, el calor febril de su piel bajo el agua de la tormenta, el olor a tierra mojada, lluvia y sal que las envolvía a ambas en esa cúpula de cristal roto, destruyeron cualquier resto de distancia profesional.
Por primera vez, Clara no retrocedió.
Con un gesto guiado por una ternura instintiva y profunda, Clara cubrió la mano embarrada de Evelyn con la suya, apretando sus dedos con fuerza.
—No la dejaré sola, Evelyn —dijo Clara, pronunciando su nombre de pila por primera vez, con una voz baja, firme y cargada de una promesa implícita que ambas sabían que desafiaba a toda la mansión.
Evelyn la miró en silencio. La lluvia descendió por la curva de su mejilla hasta el borde de sus labios.
Durante un segundo eterno, ninguna de las dos se movió; solo se escuchó el martilleo del agua contra el cristal y el eco acelerado de sus dos respiraciones entrecruzándose en el aire helado de la noche.