Flores de tiza CAPÍTULO 10 La Caleta de las Ortigas
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CAPÍTULO 10 La Caleta de las Ortigas

El descenso por el barranco fue una lucha a ciegas contra la gravedad, el barro suelto y la vegetación espinosa.

Clara se despojó del sombrero en los primeros diez metros, dejando que el viento de la costa le desmarañara el cabello.

La falda de su vestido de paño azul, diseñada para la pulcritud de los salones y las aulas de lección, se convirtió en un lastre pesado y empapado que se enganchaba en las garras de los matorrales de gorse.

Se rasgó el dobladillo, se manchó las manos de tierra negra y se hirió la palma derecha con una roca afilada, pero no sintió dolor.

La adrenalina le ardía en la sangre con una lucidez desconocida.

Abajo, oculto por la masa densa de la niebla, el mar rugía contra los roquedales con el sonido sordo de un animal atrapado.

Cuando sus botas pisaron finalmente los guijarros negros de la cala, Clara se detuvo, apoyando la espalda contra la pared de piedra caliza.

Su respiración era un jadeo corto y entrecortado.

Se miró las manos: la piel estaba cubierta de arañazos, barro y pequeñas motas de salitre.

Sonrió. La institutriz impecable de Devonshire se había quedado en el camino, reducida a jirones entre las espinas del acantilado.

La cala era una hendidura estrecha, un secreto que la marea alta devoraba dos veces al día. A la izquierda, la pared de roca subía recta como una muralla hasta los cimientos occidentales de Blackwood Manor .

Clara caminó por la franja de guijarros, esquivando las algas podridas y los restos de madera flotante traídos por las tormentas. Buscaba la boca de la antigua canalización de desagüe del invernadero, la apertura que figuraba en el plano de 1850 que había memorizado en la biblioteca.

La encontró tras una hilera de ortigas gigantes y hiedra salvaje que caía desde lo alto del muro.

Era un arco bajo de piedra oscura, de apenas un metro de altura, por el que goteaba un hilo constante de agua dulce y oxidada. Olía a cieno, a barro viejo y a ese aroma inconfundible que Clara ya reconocía en sus propios pulmones: yeso húmedo y vegetación encerrada.

Se arrodilló sobre los cantos rodados, ignorando el frío que le traspasaba las telas de las enaguas, y se introdujo en el pasadizo.

El interior del canal era una garganta de piedra sofocante.

Clara tuvo que avanzar a gatas, arrastrando las rodillas sobre el fango y las piedras sueltas.

La oscuridad era tan densa que por momentos la sensación de enterramiento resultaba casi insoportable.

Tenía que guiarse por el tacto, palpando las paredes de granito cubiertas de musgo resbaladizo, avanzando centímetro a centímetro en dirección ascendente.

El túnel no estaba cegado, como creía Evelyn, pero las raíces de la hiedra habían penetrado entre las junturas de los sillares, formando una red dura y fibrosa que Clara tuvo que apartar a tirones con las manos desnudas.

Tras veinte minutos de un esfuerzo extenuante que le dejó las uñas rotas y los hombros entumecidos, el canal de piedra terminó en una reja de hierro forjado mitad corroída por el salitre.

A través de los barrotes oxidados, Clara distinguió la penumbra del sotabanco del antiguo invernadero.

Apoyó las manos contra los barrotes y empujó con todo el peso de su cuerpo. El hierro crujió, cedió un par de pulgadas con un chillido metálico ahogado y finalmente se desprendió del mortero podrido, dejando una abertura lo bastante ancha para que una persona delgada pudiera deslizarse.

Clara emergió en la penumbra del piso inferior del invernadero.

Estaba a salvo dentro del perímetro de la mansión. Se puso en pie tambaleándose, cubierta de fango de la cabeza a los pies, y se ocultó tras la sombra de un gran estanque de piedra sin agua.

El reloj de la torre principal dio las seis de la tarde. Seis campanadas graves que retumbaron en la piedra de la casa.

A esa hora, Thomas estaría de regreso de la estación de Truro, informando a Lord Blackwood de que la institutriz había subido al tren. A esa hora, la casa creía haber erradicado el peligro.

Clara se sacudió el barro pesado de las faldas con manos temblorosas. Sacó del bolsillo interior de su abrigo el volumen de poesía de Christina Rossetti, sorprendentemente seco y a salvo en su envoltorio de franela.

Subió los peldaños de piedra que conducían a la galería acristalada. La casa estaba sumida en esa penumbra previa a la encendida de los quinqués de gas. Se escuchaba el tintineo distante de la vajilla en las cocinas y las pisadas pesadas de la Sra. Danvers en el piso principal.

Clara se descalzó, dejando sus botas cubiertas de barro ocultas bajo el hueco de la escalera de servicio, y avanzó por el pasillo del ala oeste con los pies envueltos en las medias de lana empapadas.

El pasillo del ala oeste estaba desierto. Las raíces de tiza dibujadas en las paredes por Evelyn parecieron cobrar vida bajo la luz plomiza del atardecer, como si los brazos vegetales de las ilustraciones le indicaran el camino hacia el fondo de la galería.

Clara llegó a la puerta del dormitorio de Evelyn.

El cerrojo exterior de hierro estaba echado. Lord Blackwood no había perdido el tiempo: tras la partida de la institutriz, había vuelto a encerrar a su esposa bajo llave.

Clara no intentó forzar el hierro. Se pegó a la madera de la puerta, pegando los labios a la juntura del marco.

—Evelyn... —susurró.

Al otro lado, se produjo un silencio absoluto. Luego, el sonido rápido y desesperado de unos pasos acercándose a la puerta.

—¿Clara? —la voz de Evelyn sonó como un ahogado que sale a la superficie—. ¡Dios mío, Clara! Julian dijo que ya estabas en el tren... dijo que te habías ido...

—No me he ido —dijo Clara, apoyando la frente contra la madera fría de la puerta—. Estoy aquí. En el pasillo.

Se escuchó el impacto suave del cuerpo de Evelyn contra el otro lado de la puerta, como si la mujer se hubiera dejado caer de rodillas al suelo para estar más cerca de la voz de Clara.

—Estás loca... —murmuró Evelyn, y en su voz se mezclaban el llanto y una risa salvaje, cargada de una devoción absoluta—. Te destruirá si te encuentra aquí.

—No me encontrará —respondió Clara con una calma helada—. Conozco el camino del canal. Esta noche, cuando las luces de la casa se apaguen, desajustaremos los goznes de esta puerta con las herramientas del taller. Tengo el plano. Tengo la vía libre hacia la cala. Nos iremos antes del amanecer.

A través del ojo de la cerradura de hierro, Clara vio deslizarse un pequeño trozo de tiza de color amarillo terroso.

—Toma esto —susurró Evelyn desde el otro lado—. Es pigmento de ocre puro molido con cera. Dibuje la ruta en el suelo de la galería, Clara. Dibuje las marcas por donde debemos pisar en la oscuridad.

Clara recogió el fragmento de tiza del suelo. Sintió su textura grasa y cálida entre los dedos.

—Nos iremos juntas, Evelyn —dijo Clara, pegando la mano a la madera de la puerta.

—Juntas —repitió Evelyn al otro lado, apoyando su propia palma sobre la misma madera, a un milímetro de distancia—. Hasta que la última mancha de tiza se disuelva en el mar.