Flores de tiza CAPÍTULO 3 El Eco en la Galería
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CAPÍTULO 3 El Eco en la Galería

Clara no durmió en toda la noche. Permaneció sentada en el borde de la cama, envuelta en su manta de lana, mirando fijamente el cerrojo de hierro de la puerta hasta que la luz grisácea del amanecer comenzó a teñir las cortinas.

El viento en la costa había amainado, dejando tras de sí un murmullo denso, casi oceánico, de olas rompiendo contra los acantilados.

Cuando los primeros pasos de la servidumbre comenzaron a resonar en el piso inferior, Clara se levantó.

Se lavó el rostro con el agua helada de la jarra de porcelana, tratando de borrar de sus ojos el cansancio y el cerco oscuro de la vigilia.

Se peinó con la rigidez habitual, tirando del cabello hacia atrás hasta formar un moño tirante en la nuca, y vistió su sobrio traje de paño azul.

Al abrir la puerta para dirigirse a las clases de Iris, su mirada cayó instintivamente sobre la madera del marco.

Las marcas de tiza seguían allí. Bajo la luz fría del día, el trazo caótico y la palabra NO MIRAS no habían perdido su violencia, pero el polvo blanco parecía ahora más frágil, expuesto a la corriente de aire que recorría el pasillo.

Clara sacó un pañuelo de hilo de su bolsillo. Tuvo la tentación de limpiarlo, de borrar cualquier vestigio de la irrupción nocturna para no levantar sospechas antes de la llegada de la Sra. Danvers. Sin embargo, antes de tocar la madera, se detuvo.

Acercó la yema del dedo índice al trazo inferior.

La tiza no era común; tenía una consistencia pastosa, casi grasa.

Al rozarla, un matiz sutil de pigmento amarillo y tierra se mezcló con el blanco.

No era la tiza que se utilizaba en las escuelas o en las pizarras de los despachos; era tiza de artista, aglomerada con aceites y ceras naturales.

Guardó el pañuelo sin limpiar la marca.

El aula de la pequeña Iris estaba ubicada en una torre circular del ala este.

Era una habitación amplia, pero fría, con grandes ventanales que daban a un patio interior dominado por las ruinas de un antiguo invernadero de cristal victoriano, cuyos paneles rotos brillaban como dientes de hielo entre la hiedra desbordada.

Iris resultó ser una alumna extrañamente dócil.

Cumplía con los ejercicios de caligrafía y traducción de francés sin protestar, con una precisión mecánica que a Clara le pareció más alarmante que la desobediencia.

La niña no levantaba los ojos del papel a menos que se le ordenara directamente, y sus dedos, delgados y pálidos, apretaban el lapicero hasta dejar los nudillos blancos.

—Tu letra es muy clara, Iris —dijo Clara con dulzura, sentándose a su lado en la mesa de roble—. Pero no necesitas presionar tanto el papel. La pluma debe deslizarse.

La niña no respondió. Siguió trazando la «S» minúscula con una rigidez dolorosa.

—¿Sueles salir a jugar al patio cuando terminamos las lecciones? —insistió Clara, intentando romper el hielo.

Iris se congeló. La punta de su lápiz se rompió contra la hoja, dejando un borrón negro sobre el cuaderno.

—Tía Evelyn dice que el patio está lleno de ojos —murmuró la niña. Su voz era tan baja que casi se la tragó el viento que rascaba el cristal de la ventana.

Clara sintió que un escalofrío le recorría la nuca.

—¿Tu tía Evelyn habla contigo? —preguntó despacio, cuidando de no alterar el tono de su voz—. Pensé que no se le permitía recibir visitas.

Iris miró hacia la puerta del aula de reojo, como si temiera que la Sra. Danvers o Lord Blackwood pudieran surgir de las sombras en cualquier momento.

—Ella no viene a verme —susurró Iris, acercándose imperceptiblemente a Clara—. Ella dibuja en la pared de la galería cuando el tío Julian duerme. Dibuja para que las sombras no entren en su cuarto. Pero el tío dice que está loca y que los dibujos son veneno.

—¿Veneno?

—Dice que si miro los dibujos, me volveré como ella. Que acabaré encerrada tras las cortinas verdes.

La niña volvió a coger el lápiz roto y continuó escribiendo, cerrando la boca de golpe como si se hubiera arrepentido de hablar. Clara no quiso presionarla más, pero las palabras de la pequeña se clavaron en su mente: «Ella dibuja para que las sombras no entren...» .

Por la tarde, mientras Iris dormía la siesta bajo la supervisión de una niñera, Clara aprovechó el silencio de la mansión para bajar a la biblioteca en busca de unos volúmenes de historia que necesitaba para la lección del día siguiente.

El pasillo del primer piso estaba desierto. Al pasar junto a la pesada cortina de terciopelo verde que separaba el ala este del ala oeste, Clara se detuvo.

El aire que venía de ese extremo de la casa olía de forma distinta: no a cera ni a polvo viejo, sino a humedad profunda, a aceite de linaza, a trementina y a ese inconfundible aroma a lavanda y yeso seco que había impregnado la marca de su puerta.

Se cercioró de que no hubiera nadie cerca. La servidumbre estaba ocupada en las cocinas y Lord Blackwood había salido a caballo hacia la villa vecina.

Con el corazón latiéndole desbocado contra las costillas, Clara extendió la mano y apartó el borde de la cortina de terciopelo.

El pasillo del ala oeste estaba sumido en una penumbra húmeda. A diferencia de la parte habitada de la casa, las paredes de esta galería no tenían papel pintado ni retratos; el yeso desnudo estaba cubierto de manchas de humedad y largas grietas que descendían desde el techo.

Pero lo que dejó a Clara sin aliento no fue el deterioro de la edificación.

Las paredes enteras, desde el rodapié hasta la cornisa, estaban cubiertas de dibujos hechos con tiza blanca, negra y ocre.

No eran trazos infantiles ni simples garabatos de una mente desquiciada.

Eran ilustraciones botánicas de una precisión y una belleza desoladoras: helechos extintos, raíces al descubierto que se entrelazaban como nervios o venas humanas, orquídeas de pétalos marchitos y tallos de espinas que parecían brotar directamente de la piedra.

Y entre la vegetación, integrados de forma casi invisible en los trazos, se adivinaban rostros sin ojos, manos implorantes que intentaban salir de la pared y frases escritas con una caligrafía diminuta, apretada y elegante.

«Él cuenta las horas» , decía una línea bajo la raíz de un roble.

«La piedra no olvida lo que el mar traga» , ponía en otra esquina.

Clara dio unos pasos hacia el interior de la galería, fascinada y sobrecogida a la vez.

La destreza técnica de los dibujos era incontestable; no había el menor rasgo de torpeza ni de caos en la ejecución.

Quien había pintado aquello poseía el dominio absoluto del trazo y una sensibilidad extraordinaria, aunque el contenido revelara una angustia asfixiante.

De pronto, un crujido suave a sus espaldas hizo que se le helara la sangre.

Clara se giró de golpe, con el pecho apretado por el pánico.

Al fondo de la galería, recortada contra la luz que entraba por una ventana de cristal emplomado, había una figura femenina.

Era Lady Evelyn.

Vestía una bata de seda gris holgada que flotaba a su alrededor como una nube de humo.

Tenía los pies descalzos sobre las losas frías del suelo.

Su cabello castaño, largo y desgreñado, le caía sobre los hombros, y sus manos...

sus manos estaban completamente manchadas de polvo de tiza blanca y carboncillo hasta las muñecas.

Evelyn no gritó ni mostró sorpresa. Se limitó a mirarla fijamente con sus intensos ojos de color gris tormenta.

—Le dije que no mirara —dijo Evelyn. Su voz no era la de una loca furiosa, sino un susurro grave, rasposo y cargado de un cansancio infinito.

Clara intentó retroceder, pero la espalda le chocó contra la pared cubierta de tiza. El polvo blanco le manchó la manga de su vestido.

—Lady Evelyn... yo... no pretendía molestarla —alcanzó a articular Clara, sintiendo que la presencia de esa mujer llenaba por completo el pasillo.

Evelyn dio dos pasos hacia ella. Sus movimientos eran lentos, casi etéreos, pero había en su postura una dignidad rota, una elegancia trágica que resultaba abrumadora. Se detuvo a menos de un metro de Clara.

El olor a trementina, lavanda y piel tibia inundó los sentidos de la institutriz.

Evelyn levantó despacio su mano derecha, manchada de blanco. Clara se quedó paralizada, temiendo cualquier reacción violenta. Sin embargo, los dedos de Evelyn no se cerraron en un golpe; se detuvieron a un milímetro de la mejilla de Clara, sintiendo apenas el calor de su piel.

—Tiene polvo en el cuello, señorita Vance —murmuró Evelyn, fijando la mirada en los labios de Clara con una intensidad que hizo que a la joven institutriz se le cortara la respiración—.

Esta casa destruye todo lo que intenta mantenerse limpio.

Váyase antes de que el blanco se le meta debajo de las uñas.