Flores de tiza CAPÍTULO 4 La Textura de la Sombra
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CAPÍTULO 4 La Textura de la Sombra

Clara sintió que el pulso le retumbaba en la garganta con la violencia de un martillo.

La cercanía de Evelyn no era la de una enferma desquiciada, ni la de una fiera al acecho; era la proximidad de una presencia abrasadora, un fuego contenido que amenazaba con consumir la distancia reglamentaria que Clara había tardado años en erigir entre ella y el mundo.

Los dedos de Evelyn, manchados de un polvo blanco que se desprendía en imperceptibles motas en el aire, descendieron rozando la tela almidonada del cuello de Clara.

No llegaron a tocar la piel desnuda, pero el aire desplazado por la mano de la mujer traía consigo un calor febril que erizó de inmediato cada vello de la nuca de la institutriz.

—No me teme —dijo Evelyn. No era una pregunta; era un diagnóstico formulado en un susurro grave, rasposo, como el roce del terciopelo sobre el papel de estraza.

—Debería —alcanzó a articular Clara. Su propia voz le pareció ajena, grave y desprovista de la firmeza profesional que cultivaba desde su llegada a Cornwall.

Su espalda seguía pegada al muro de yeso; sentía el relieve de las raíces dibujadas en la pared clavándosele suavemente en los hombros—.

Su esposo me advirtió que no debía acercarme a esta galería.

Dijo que su mente... que usted no era consciente de sus actos.

Una sonrisa amarga, infinitesimal, se dibujó en los labios de Evelyn.

Sus ojos grises, enmarcados por sombras moradas que delataban días de insomnio, recorrieron el rostro de Clara con una minucia casi científica: se detuvieron en la tensión de su mandíbula, en la ligera vibración de sus pestañas y en el temblor imperceptible de sus labios antes de volver a clavarse en sus pupilas.

—Julian dice muchas cosas —susurró Evelyn, dando medio paso hacia atrás, aunque sin romper la red invisible que las unía—.

A Julian le apasiona la simetría de las palabras que el mundo acepta sin hacer preguntas.

Le consuela pensar que la locura es un desorden que se puede encerrar bajo llave en el ala oeste.

Es mucho más cómodo que admitir que hay cosas en esta casa que no le pertenecen.

Evelyn se giró despacio hacia el muro. Pasó las yemas de los dedos sobre la intrincada red de helechos y flores de tiza que cubría el yeso. Sus manos eran delgadas, de nudillos marcados y uñas cortas, manchadas permanentemente de pigmento vegetal y grafito.

—¿Sabe qué es esto, señorita Vance? —preguntó, señalando la ilustración de un tallo con hojas opuestas y pequeñas flores en forma de campana ejecutado con un detalle asombroso.

Clara tragó saliva, intentando recuperar el aliento y la compostura. Dio un paso al frente, desviando la mirada de la figura de Evelyn para fijarla en el dibujo.

—Es Atropa belladonna —respondió Clara, sorprendiéndose a sí misma de que su voz recordara las lecciones de botánica que su padre le leía en la biblioteca de su infancia—. Solano mayor. Una planta venenosa.

Evelyn volvió la cabeza hacia ella. Por primera vez, un destello de curiosidad auténtica iluminó el gris apagado de sus ojos.

—Conoce las plantas.

—Mi padre era naturalista. Me enseñó a catalogar especímenes antes de que aprendiera a coser un dobladillo.

—Un hombre insólito para su época —murmuró Evelyn.

Se apoyó contra el muro, cruzando los brazos sobre el pecho.

La bata de seda gris se amoldó a la fragilidad de su figura, revelando la estrechez de sus hombros y la curva delicada de su clavícula—.

La mayoría de los hombres solo ven en las plantas la madera que pueden talar o las flores que pueden cortar para adornar un jarrón antes de que se pudran.

No ven la estructura. No ven el veneno que la planta elabora en silencio para defenderse de lo que intenta pisotearla.

—¿Es de eso de lo que se defiende usted, Lady Evelyn? —preguntó Clara, empujada por una audacia que la asustó en cuanto las palabras salieron de su boca.

Evelyn no respondió de inmediato. El silencio en el pasillo se volvió denso, interrumpido únicamente por el silbido lejano del viento atlántico colándose por las junturas del ventanal emplomado.

—Me defiendo de la pérdida de mi propio nombre —dijo finalmente Evelyn, bajo y claro—. Me defiendo de las dosis de laúdano que el Doctor Pryce insiste en diluir en mi té cada tarde para que mis manos dejen de pintar. Me defiendo del silencio que su patrón ha comprado en esta comarca.

Evelyn dio dos pasos rápidos hacia ella, reduciendo la distancia que las separaba hasta que Clara pudo sentir el latido acelerado de la respiración de la mujer contra su propio pecho.

Evelyn levantó la mano derecha y abrió la palma: en el centro descascarillado de su piel había un pequeño fragmento de tiza de color amarillo ocre, del tamaño de una avellana.

—Julian le dirá que la marca de su puerta fue un delirio —murmuró Evelyn, fijando una mirada abrasadora en los ojos de Clara—. Le dirá que busco asustarla para que se vaya. Pero no era una amenaza para usted, Clara. Era la única forma de advertirle.

—¿Advertirme de qué?

—De que en esta casa la tiza es lo único que no se puede borrar sin dejar una mancha permanente. Si quiere sobrevivir aquí, no crea en la calma de las superficies.

De pronto, el sonido pesado de unos pasos resonó en el piso inferior. El eco del portón principal al cerrarse con un golpe sordo atravesó los cimientos de la mansión. Lord Blackwood había regresado de su paseo a caballo.

El rostro de Evelyn se transformó al instante: la intensidad poética y la lucidez feroz se apagaron detrás de una máscara de cansancio absoluto. Dio dos pasos atrás, ocultando las manos manchadas en los pliegues de su bata gris.

—Vuelva al ala este, señorita Vance —dijo, dando la espalda a Clara y caminando con pasos rápidos e insonoros hacia la puerta de su aposento al fondo del pasillo—. Vuelva con la niña. Y recuerde lavarse las manos. El polvo se adhiere a la ropa con una facilidad pasmosa.

Antes de que Clara pudiera responder, la puerta de roble del dormitorio de Evelyn se cerró con un chasquido seco.

Clara permaneció sola en la galería iluminada por la luz cetrina de la tarde.

Sus manos temblaban. Se miró las palmas: al haberse apoyado contra la pared para esquivar la presencia de Evelyn, la tela azul de su manga y el costado de su guante derecho estaban manchados por un trazo largo y blanco de tiza.

En lugar de sacudirse el polvo con asco, Clara se llevó el guante a la altura del rostro.

El pigmento no solo olía a yeso; impregnado en la tela, tenue pero inconfundible, persistía el aroma de la piel de Evelyn: una mezcla embriagadora de tierra húmeda, trementina y lavanda marchita.

Clara apretó el puño, encerrando el polvo entre sus dedos, mientras una certeza inquietante se instalaba en lo más profundo de su pecho: la mujer del ala oeste no estaba loca, pero la verdad que guardaba entre las paredes de Blackwood Manor era infinitamente más peligrosa que cualquier delirio.

CAPÍTULO 5: El Peso del Aire

Durante los tres días siguientes, la mansión permaneció sumida en una calma tensa y opresiva, de esa clase que precede a las grandes tormentas de otoño en el litoral.

El polvo de tiza en el marco de la puerta de Clara fue borrado sigilosamente una mañana por la Sra.

Danvers. Nadie hizo mención al incidente.

Cuando Clara cruzó el vestíbulo tras sus clases con Iris, la ama de llaves la observó desde la sombra del descansillo con una mirada impenetrable, apretando el manojo de llaves contra su delantal negro como si temiera un robo inminente.

Lord Blackwood se ausentó dos jornadas hacia la capital del condado para atender negocios de la propiedad.

Su ausencia, lejos de aliviar el ambiente, pareció agudizar la vigilancia dentro de las paredes de granito.

Los sirvientes caminaban de puntillas; los susurros en las galerías se cortaban en seco cada vez que Clara doblaba una esquina.

Sin embargo, el encuentro en el ala oeste había cambiado algo de forma irreversible en la mente de la institutriz.

Todas las noches, tras apagar la última vela de su dormitorio, Clara permanecía desvelada en la oscuridad, escuchando el crujido de las vigas y el embate del mar contra las rocas.

Esperaba el rasguño seco sobre la madera, la pisada leve de unos pies descalzos sobre la alfombra granate.

Pero el pasillo permanecía en silencio. La ausencia de Evelyn resultaba, paradójicamente, mucho más ruidosa que sus apariciones.

Fue el jueves por la tarde cuando la rutina se quebró.

Iris se encontraba en la biblioteca del piso bajo intentando copiar un grabado histórico bajo la atenta mirada de Clara. La niña, exhausta por horas de ejercicios de caligrafía, dejó caer la pluma de ave sobre el tintero, manchando el margen del cuaderno de una mancha negra e irregular.

—Lo siento, señorita Vance —dijo la pequeña de inmediato, encogiéndose de hombros y mirando la puerta con pavor instintivo—. Ha sido un descuido. Lo limpiaré ahora mismo.

—No ocurre nada, Iris —la voz de Clara fue suave, una caricia en medio de la rigidez de la casa. Se inclinó sobre la mesa, tomando un pedazo de papel secante—. La tinta solo es un pigmento sobre el papel; siempre hay manera de corregir la mancha si se actúa antes de que se seque.

La niña la miró con sus grandes ojos oscuros, asombrada de no recibir la reprimenda seca que la Sra. Danvers solía propinarle por cualquier imperfección.

—Tía Evelyn dice lo mismo —susurró Iris, jugando con el encaje de sus mangas—. Dice que la tinta no miente, pero que el papel a veces oculta lo que hay debajo.

Clara sintió un pinchazo de curiosidad en la nuca. Se sentó en la silla contigua, manteniendo la postura erguida, pero inclinando el cuerpo hacia la niña.

—¿Tu tía pinta a menudo con tinta?