CAPÍTULO 2 Las Marcas en la Umbría
La biblioteca de Blackwood Manor era un santuario de cuero envejecido y sombras proyectadas por las llamas agonizantes de una chimenea de piedra volcánica.
Los estantes, tallados en caoba oscura, se elevaban hasta un techo abovedado donde los monogramas de los antiguos dueños de la finca se entrelazaban como serpientes de madera.
Lord Julian Blackwood aguardaba de pie junto al ventanal, con una copa de jerez en la mano.
Era un hombre de unos treinta y cinco años, de facciones afiladas y una simetría en el rostro que resultaba casi perturbadora.
Vestía con un rigor impoluto: traje de paño negro, chaleco de seda gris y una pulcritud en los puños que no admitía una sola brizna de polvo.
—Señorita Vance —dijo, sin girarse inmediatamente. Su voz era grave, modulada con esa cortesía calculada de la aristocracia que nunca necesita alzar el tono para hacerse obedecer—. Le agradezco la puntualidad. En estos tiempos, la disciplina es una virtud que escasea.
—Buenas tardes, milord —respondió Clara, deteniéndose a dos pasos del borde de la gran alfombra persa que cubría el centro de la estancia. Mantuvo las manos cruzadas frente al talle, sintiendo cómo el calor del fuego le quemaba un costado del rostro mientras el resto del cuerpo permanecía helado.
Lord Blackwood se giró despacio. Sus ojos, de un azul pálido y transparente como el cristal de una botella rota, se posaron sobre ella. La examinó con la frialdad con la que un botánico inspecciona una muestra de laboratorio.
—La Sra. Danvers ya le habrá informado de la dinámica de esta casa —continuó, dando un pequeño sorbo a su copa—.
Mi sobrina Iris es una niña dócil, pero fácilmente impresionable.
Carece de la firmeza que requiere su linaje.
Su labor aquí no es solo instruirla en francés o geografía; es moldear su carácter. Necesita estructura.
—Entiendo perfectamente, milord. Pondré todo mi empeño en ello.
—Bien —Lord Blackwood caminó hacia su escritorio, un mueble de nogal masivo donde se apilaban documentos legales firmados con lacre—. Hay, sin embargo, un asunto sobre el que debo hablarle con absoluta franqueza. La presencia de mi esposa.
El aire en la biblioteca pareció volverse repentinamente más pesado. Las llamas de la chimenea crepitaron con un chasquido seco.
—La Sra. Danvers me mencionó que Lady Evelyn se encuentra delicada de salud —aventuró Clara con prudencia.
Lord Blackwood dejó la copa sobre la mesa. El cristal contra la madera sonó como un pequeño martillazo.
—«Delicada» es el eufemismo que utiliza la servidumbre para no asustar a las visitas —dijo el barón, entornando los ojos—.
La mente de Evelyn está rota, señorita Vance.
Sufre de una alteración profunda, una forma de demencia febril que la ciencia médica aún lucha por clasificar.
Tiene accesos de rabia incoherente seguidos de períodos de absoluto mutismo.
Escucha voces. Ve patrones en la oscuridad donde no los hay.
Clara sintió una punzada de incomodidad en la nuca. El tono de Julian no denotaba dolor ni compasión; era la frialdad de quien habla de un objeto defectuoso.
—El Doctor Pryce ha considerado necesario mantenerla confinada en el ala oeste para su propia seguridad y la de los demás —prosiguió el barón, dando un paso hacia Clara.
La sombra del hombre se proyectó sobre ella, alargada y amenazante—.
A veces se desliza por las noches. Se arrastra por los pasillos, alucina...
y deja signos. Marcas. Dibujos obsesivos con los que pretende comunicarse con entes que solo existen en su cabeza.
Julian se inclinó levemente hacia Clara. El olor a tabaco caro y agua de colonia cara de lavanda que despedía era tan denso que casi resultaba claustrofóbico.
—Si la ve, señorita Vance, no le hable. No la escuche. Si la encuentra fuera de sus aposentos, encuérrese en su habitación y llame de inmediato a la Sra. Danvers o a los mozos. Evelyn no es consciente de sus actos. Puede ser... impredecible. Y peligrosa.
—Comprendo, milord —alcanzó a decir Clara. Una gota de sudor frío le resbaló por la espalda, por debajo del cuello de lana rígido.
—Espero que así sea. Su contrato depende de su capacidad para ignorar los fantasmas de Blackwood Manor . Puede retirarse.
La cena se sirvió en la soledad del pequeño comedor del piso superior.
La niña, Iris, era una criatura pálida de ocho años, con ojeras profundas y un silencio casi espectral.
Apenas probó la sopa de nabos y no pronunció más de cuatro palabras en toda la velada, manteniendo la mirada fija en el plato antes de ser conducida a su dormitorio por una doncella de rostro aterrorizado.
A las diez de la noche, la mansión quedó sumida en una oscuridad total. Solo el viento, que soplaba desde los acantilados golpeando los cristales con la fuerza de nudillos invisibles, rompía el silencio.
Clara se preparó para dormir. Vestida con su camisón de lino grueso, con el cabello castaño suelto cayendo sobre sus hombros, se sentó frente al pequeño escritorio de su habitación. Encendió una vela y abrió su diario. Sus manos temblaban ligeramente.
«23 de octubre» , escribió la pluma sobre el papel rugoso. «La casa es opresiva. El ambiente huele a encierro y a una verdad que nadie se atreve a pronunciar. Lord Blackwood habla de su esposa como de una fiera contenida. Sin embargo...»
La pluma se detuvo.
Un sonido extraño reverberó al otro lado de la pared de su dormitorio. No era el viento. Era un rasguño suave, seco y persistente. Un chac-chac-chac metálico, áspero, como de una uña o un objeto duro frotándose deliberadamente contra la madera.
A Clara se le aceleró el pulso. Se congeló en la silla, con la pluma suspendida en el aire. Una gota de tinta cayó sobre la página, manchando el papel blanco.
El sonido no provenía del piso de abajo, ni del pasillo lejano. Salía directamente del marco exterior de la puerta de su propia habitación.
Permaneció inmóvil durante varios segundos, sintiendo cómo el corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas. Recordó las palabras de Lord Blackwood: «Tiene accesos de rabia incoherente... impredecible y peligrosa» . El miedo, un miedo instintivo, visceral y primario, le atenazó la garganta.
Lentamente, intentando no hacer el menor ruido, Clara se puso en pie. Cogió el candelabro de bronce. La llama de la vela parpadeaba violentamente, proyectando sombras deformes sobre las paredes de papel pintado.
El rasguño cesó. De golpe.
Un silencio sepulcral volvió a envolver el pasillo.
Clara caminó descalza hacia la puerta. La madera del suelo estaba helada bajo sus pies. Apoyó la oreja contra la hoja de roble de la puerta. Al principio solo oyó el silbido del viento. Pero luego, muy cerca, al otro lado de la madera, percibió una respiración.
Era una respiración agitada, corta, irregular. El aliento de alguien que estaba pegado a la puerta, escuchando también.
A Clara se le erizó el vello de los brazos. Una ola de pavor le recorrió la columna vertebral. Tuvo la tentación irreflexiva de gritar, de echar el cerrojo de hierro que coronaba la parte superior de la puerta.
—¿Hay alguien ahí? —logró formular con un hilo de voz temblorosa.
Nadie respondió. Solo se escuchó el susurro de una falda de seda pesada arrastrándose sobre el suelo de parquet y unos pasos rápidos, descalzos o envueltos en tela suave, que se alejaban apresuradamente hacia la penumbra del pasillo, en dirección al ala oeste.
Clara esperó dos minutos enteros sin atreverse a mover un solo músculo, con el pecho agitado y el candelabro temblando en su mano.
Finalmente, arme de valor, giró el pomo de bronce y entreabrió la puerta un par de pulgadas.
El pasillo estaba desierto. La luz de la luna, filtrándose por un ventanal lejano, dibujaba rectángulos de un azul espectral sobre la alfombra granate.
Clara bajó la vela para examinar el suelo... y ahogó un grito.
Grabado directamente sobre la madera oscura del marco de su puerta, justo a la altura de sus ojos, alguien había trazado una serie de símbolos apresurados con un trozo de tiza blanca y afilada.
No eran letras de ningún alfabeto reconocible.
Eran trazos caóticos, esquizofrénicos, ángulos violentos y espirales cerradas que parecían garras.
Bajo ellos, una palabra escrita en mayúsculas deformes, con la tiza tan apretada contra la madera que se había pulverizado en los bordes, como una amenaza o una advertencia desesperada:
NO MIRAS.
El polvo blanco aún caía en un hilo sutil hacia el suelo, flotando en el aire como una neblina fantasmagórica.
Clara retrocedió un paso, cubriéndose la boca con la mano libre. La tiza no solo olió a yeso; despedía el mismo perfume embriagador que había percibido por la tarde: una mezcla agria de lavanda marchita, tierra húmeda y la calidez inconfundible de una piel sudorosa.
El mensaje no parecía la obra de una mujer enferma. Parecía la marca de alguien que marcaba a su presa... o que intentaba gritar en medio de un silencio claustrofóbico.
Clara cerró la puerta de golpe, echó el cerrojo de hierro con un chasquido sordo y se apoyó contra la madera, sintiendo que en esa mansión la locura y el peligro no estaban encerrados tras las cortinas del ala oeste, sino rondando libremente por las sombras de la noche.