Flores de tiza
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CAPÍTULO 1 El camino hacia la costa
El vagón de tercera clase olía a hollín, lana mojada y al aliento agrio del tabaco picado que consumía el anciano sentado frente a ella.
Clara Vance mantuvo la espalda erguida, pegada al respaldo de madera dura, sin permitir que su cuerpo se amoldara al vaivén somnoliento del tren.
En su regazo, con los dedos enguantados en hilo negro apretando los bordes de cuero gastado, descansaba su único equipaje de mano: un maletín de costuras desgastadas que contenía sus cuadernos de caligrafía, tres volúmenes de gramática, un juego de tinteros envueltos en trapos de franela y la carta de contratación con el sello de cera roja de Lord Julian Blackwood.
Miró por la ventanilla, donde el paisaje campestre de Devonshire iba cediendo terreno gradualmente a la aridez violenta de los páramos de Cornwall. El cielo, de un gris plomizo y espeso, parecía descender sobre la tierra como una manta húmeda.
«Una institutriz debe ser invisible, eficaz y, sobre todo, imperturbable» , se repitió mentalmente, evocando las palabras de la directora del orfanato St. Jude donde había pasado los últimos cuatro años tras la muerte de su padre.
Su padre había sido un hombre de libros y de deudas; de él había heredado una cultura vasta, inútil para una mujer sin dote, y una soberbia contenida que aprendió a disimular bajo cuellos almidonados y moños tirantes.
A sus veintiséis años, Clara sabía exactamente cuál era su lugar en el orden del mundo: la penumbra de los pasillos de servicio, la mesa lateral en los comedores de las grandes casas y la respetable soledad de las habitaciones abuhardilladas.
El tren redujo la marcha con un chillido metálico que pareció vibrarle en los dientes. La estación de Truro era apenas un cobertizo de madera corroído por el salitre.
Al bajar al andén, el viento del canal de la Mancha le golpeó el rostro con la fuerza de una bofetada helada.
Olió por primera vez la sal, el alga podrida y la tierra húmeda.
Un hombre con un capote de marinero grasiento y un sombrero de ala ancha se le acercó, quitándose la gorra con un gesto torpe.
—¿La señorita Vance? —preguntó. Su voz tenía el tono rasposo de quien pasa semanas sin hablar más que con los caballos.
—Sí. Soy Clara Vance.
—Soy Thomas. El mozo de cuadra de Blackwood Manor . Deme la maleta, señorita. El camino hasta la costa se pone difícil cuando sube la marea, y el señor no quiere que nos pille la noche en el desfiladero.
El carruaje era una calesa antigua, de paneles de madera negra que crujían con cada bache del camino.
Mientras las ruedas de hierro trituraban la gravilla de la pista costera, Clara observó cómo la vegetación se volvía cada vez más escasa y retorcida por el viento.
Los árboles crecían inclinados, como si intentaran huir del mar.
A medida que ascendían por el promontorio, la niebla empezó a espesarse, filtrándose por las rendijas de las cortinillas de cuero del carruaje.
Traía consigo un frío penetrante que atravesó la lana de su abrigo y se le instaló en los huesos.
Clara se quitó el guante derecho para ajustarse el pañuelo al cuello; al hacerlo, su piel desnuda rozó el cristal helado de la ventana.
Un escalofrío involuntario le recorrió la columna vertebral.
No era solo el frío. Era una sensación de confinamiento, de estar adentrándose en un lugar del que las noticias del mundo exterior llegaban amortiguadas, como el sonido de las olas en el fondo de una gruta.
Tras casi dos horas de trayecto en el que el único sonido fue el chasquido del látigo de Thomas y el resoplido de los percherones, el carruaje atravesó dos imponentes pilares de granito coronados por cuervos esculpidos cuya piedra estaba devorada por el musgo amarillo.
Al fondo, recortada contra el horizonte donde el mar y el cielo se confundían en una sola masa pardusca, se alzaba Blackwood Manor .
La mansión era una mole neogótica de tres plantas, construida en piedra oscura que parecía absorber la escasa luz de la tarde.
Tenía torretas estrechas, ventanales ojivales que reflejaban la bruma como ojos ciegos y una frondosa hiedra muerta que trepaba por la fachada occidental como una red de venas secas.
El carruaje se detuvo frente a la escalinata principal. Thomas saltó del pescante y abrió la portezuela.
—Llegamos, señorita. Vaya subiendo. La Sra. Danvers la está esperando dentro. Yo llevaré su baúl por la entrada de servicio.
Clara descendió. El aire allí arriba olía a tempestad inminente.
Recogió las faldas de su vestido azul marino para evitar el barro de la entrada y subió los escalones de piedra desgastada.
Antes de que su mano pudiera tocar el aldabón de bronce con forma de cabeza de león, la pesada puerta de roble se abrió hacia adentro con un gemido suave.
El vestíbulo era abrumadoramente alto. Una gran escalera de caracol de madera de nogal tallada se elevaba hacia la penumbra de los pisos superiores.
En el centro del recibidor, sobre una mesa redonda de caoba protegida por un paño de encaje, un gran jarrón de porcelana contenía un ramo de ramas secas y flores marchitas que soltaban pequeñas motas de polvo en el aire.
Una mujer de unos cincuenta años, de figura enhiesta y rostro cetrino, la aguardaba con las manos cruzadas a la altura de la cintura. Viste de un negro riguroso y del cuello le colgaba un manojo de llaves que tintinearon levemente al dar un paso al frente.
—Señorita Vance. Soy la Sra. Danvers, el ama de llaves. Llega usted con retraso; el tren de las tres suele ser más puntual.
—El mal tiempo en la garganta nos ha hecho frenar, Sra. Danvers —respondió Clara, manteniendo la voz firme y modulada, utilizando ese tono neutro que tan bien había ensayado.
La mujer la examinó con detenimiento. Sus ojos, pequeños y de un color pardo descolorido, se demoraron en el sombrerillo sencillo de Clara, en sus guantes y en la solidez de sus botas.
—Aquí exigimos puntualidad y discreción, señorita Vance. En esta casa, el orden es lo único que mantiene a raya el caos que el mar trae hasta los acantilados.
—Comprendo. Estoy aquí para cumplir con mis obligaciones respecto a la educación de la señorita Iris.
—La niña descansa en este momento. Es una criatura sensible, afectada por la lamentable situación que atraviesa la familia — la Sra.
Danvers bajó la voz un tono, aunque el eco del alto techo del vestíbulo devolvió sus palabras con una nitidez inquietante—.
Lord Blackwood la recibirá en la biblioteca a las seis.
Hasta entonces, la acompañaré a sus habitaciones.
Clara siguió a la mujer por la escalera.
Los peldaños de roble estaban cubiertos por una alfombra estrecha de color granate, gastada en el centro por el paso de los años.
A medida que subían, el ambiente se volvía más denso.
El olor a cera de abeja y hollín se mezclaba con algo más...
un aroma sutil, terroso y húmedo, como de vegetación encerrada o invernadero sin ventilar.
Al llegar al descansillo del primer piso, el pasillo se dividía en dos alas claramente diferenciadas.
Hacia la derecha, el ala este estaba iluminada por quinqués de gas encendidos a intervalos regulares; se veían puertas de madera barnizada y marcos con retratos al óleo de antepasados con rostros severos.
Hacia la izquierda, el ala oeste permanecía en una penumbra casi absoluta.
Una pesada cortina de terciopelo verde oscuro bloqueaba parcialmente el paso hacia esa galería.
Clara no pudo evitar fijar la mirada en ese extremo oscuro.
Le pareció notar una corriente de aire frío que hacía oscilar levemente el bajo de la cortina.
—Aquella zona está fuera de sus límites, señorita Vance —dijo bruscamente la Sra. Danvers, al notar la pausa de Clara.
—¿El ala oeste?
—Son los aposentos privados de Lady Evelyn —la voz del ama de llaves se volvió dura como el pedernal—.
La señora de la casa no se encuentra bien.
Sufre de un delicado estado de los nervios desde la primavera pasada.
Doctor Pryce ha prescrito reposo absoluto y ausencia total de estímulos.
No debe usted acercarse allí bajo ninguna circunstancia, ni permitir que la pequeña Iris lo haga. ¿Queda claro?
—Perfectamente, Sra. Danvers.
—Bien. Su cuarto es este.
La habitación de Clara era pequeña pero limpia. Tenía una cama individual con dosel de hierro, un armario de pino, una palangana de porcelana blanca con una jarra de agua fría y un escritorio junto a una ventana alta que daba al patio interior y a los acantilados lejanos.
—El té se sirve a las cinco en el comedor secundario. Le sugiero que se asee y arregle su ropa antes de ver a Lord Blackwood.
Cuando la Sra. Danvers cerró la puerta, el silencio cayó sobre la habitación con el peso de una losa.
Clara caminó despacio hacia la ventana. Desde allí se veía la furia del mar rompiendo en la base de los roquedales oscuros. El espuma blanca ascendía metros en el aire antes de disolverse en la niebla.
Se quitó los guantes lentamente. Al apoyarse sobre el alféizar de madera de la ventana para mirar hacia el patio, sintió algo rugoso bajo la yema de sus dedos index y corazón.
Miró hacia abajo.
En la madera pulida del alféizar, casi imperceptible si no fuera por la inclinación de la poca luz que entraba, alguien había frotado un trozo de tiza. Había una fina capa de polvo blanco depositada en las grietas del barniz.
Clara pasó la yema del dedo sobre el polvo. Era suave, extremadamente fino y olía de manera inconfundible a yeso seco y a algo vegetal... tal vez esencia de lavanda destilada.
Se llevó el dedo a la cara y observó la huella blanca impresa en su piel.
En ese preciso instante, desde algún punto distante de la casa —imposible determinar si venía del piso superior o del ala bloqueada por las cortinas de terciopelo—, el sonido de una nota larga y sostenida, producida por el roce de una tiza sobre una superficie dura, atravesó el silencio de las paredes.
Un escalofrío, esta vez no provocado por el viento de Cornwall, le erizó el vello de los brazos.