Flor de sangre (Flores malditas 1) 79
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Sangre. Ethel vio la sangre formando un charco en el suelo del porche. El brillo escarlata estalló en sus ojos.

Ah... Ah... Ah...

Se frenó. La respiración le retumbaba en los oídos. La tierra se inclinó y cayó al suelo sobre las rosas aplastadas del jardín. Se pinchó las manos con las espinas.

El grito de Morgana rasgó el aire. Ethel vio muy despacio cómo su tía Seraphine salía de la casa patinando sobre sus pies y se lanzaba a por su hermana.

Ah... Ah...

El tiempo se quebró. La realidad se hizo jirones hasta transformarse en una pesadilla.

Su abuela levantó a tía Daphne en sus brazos y se la llevó al pecho. La cabeza le colgaba hacia atrás, como una flor muerta.

Seraphine gritó el nombre de su hermana. Tenían sus pociones, pero la casa estaba en llamas. Estaban allí, expuestas a las fieras, impotentes, desgraciadas.

Ethel se arrastró clavando las uñas en la tierra.

Quiso gritar, pero solo le salió un sollozo áspero, líquido.

Sintió ira, una rabia tan profunda que brotó desde sus poros como llamas. Su gruñido atravesó el aire, reverberó quebrando la atmósfera como el rugido de cientos de animales, como el grito de un monstruo que se prepara para atacar.

El cuerpo de Ethel se arqueó.

La sangre que manaba de sus manos se elevó como hilos de seda roja.

Y ella flotó en el aire con la cabeza hacia atrás.

Sus dedos se alargaron y sus puntas se afilaron.

El rubio de su pelo se transformó en blanco, del mismo tono que su piel nívea que se llenó de vetas rojizas.

Los colmillos se le afilaron ligeramente.

Y entonces, abrió los ojos. De un carmesí intenso.

A su espalda brotaron dos alas de plumas rojas y rotas.

El gentío dio un paso atrás y los gritos se tornaron en chillidos de pánico.

Ethel se giró para mirarlos. El aire onduló a su alrededor con algo sensual y ominoso. De pronto, no podían apartar la vista. Era como ahogarse en un perfume invisible. La rabia se convirtió en fascinación. En deseo. En terror.

Estaban atrapados en ella. En la bella dama sin piedad .

Ethel descendió despacio, erguida.

Una reina caída del cielo y coronada en el infierno.

Echó las alas hacia atrás y, en un parpadeo, se lanzó hacia delante.

Un borrón rojo.

La primera víctima apenas duró un segundo. Lo tomó de la garganta y acercó la boca a la suya, como si fuese a besarlo. Al aspirar, la sangre se elevó, flotando como humo carmesí, una espiral de seda que giraba a su alrededor, como llamas vivas. Alimentándola.

Su aura rozaba la piel de los presentes, les acariciaba el alma. Era imposible apartar los ojos de ella. Querían huir, pero más aún querían quedarse. Sentirla. Tocarla. Morir por ella.

Sus pies apenas rozaban el suelo, envuelta en un vendaval de sangre que danzaba como un vestido de terciopelo a su alrededor. Era tan veloz que solo quedaba una mancha. Nadie alcanzaba a procesarlo; cuando querían darse cuenta, ya había tomado sus vidas.

La movía un ansia insaciable, un vacío hecho de rencor, furia y odio. Ellos caminaron hacia ella como hipnotizados, arrastrados. Temblaban, sí, pero sonreían. Sonreían como si se entregaran al amor de su vida.

Ethel les rozó las mejillas con la punta de los dedos y de sus ojos brotaron lágrimas de sangre.

Tan rápido como había descendido, volvió a alzarse sobre la muchedumbre. Extendió los brazos hacia abajo y los absorbió a todos. Echó la cabeza hacia atrás, dejando que la sangre ascendiera en hilos y espirales hasta fundirse con ella.

Ethel ya no era ella misma. Era un ángel caído, era un demonio. Era instinto y rabia. Era algo nuevo. Un monstruo.

Quienes la habían odiado caían rendidos, atrapados en su juicio final, consumidos por aquel éxtasis.

Un minuto. Solo un minuto bastó para teñir de rojo la calle y el jardín.

No quedó nadie.

Solo él, que temblaba como una hoja. Como era un cobarde, estaba escondido tras la multitud y había corrido hasta ocultarse. Rezaba de rodillas y trataba de llamar a alguien.

—Arkemis, príncipe de la Avaricia... Arkemis... —repetía una y otra vez.

Ethel bajó, rápida.

Le alzó el rostro con una mano blanca como la leche.

Él no pudo más que mirarla.

Ella arrugó el labio superior, mostrando los colmillos.

No hubo más que un suspiro.

Y terminó con él.

Ah... Ah...

El rugido en su cabeza se fue apagando poco a poco. Las rodillas le flaquearon, su cuerpo cedió y cayó al suelo.

El mundo regresó en ráfagas borrosas, como un lienzo pintado a brochazos. El zumbido en sus oídos dio paso a un silencio aséptico. Fue un instante brevísimo de calma y paz.

Las plumas de su espalda se deshicieron lentamente. Sus ojos recuperaron el tono incoloro, los dedos y los dientes volvieron a redondearse, y su pelo recobró el color del sol.

Mareada, se sostuvo con la mano derecha.

—Abuela... —gimió, deseando que todo hubiese sido una de sus pesadillas vívidas, esos sueños que parecían reales, pero de los que siempre despertaba.

Alzó la vista. Parpadeó una, dos veces.

De pie. A unos metros. Inmóviles. Su padre, con el rostro pálido y los ojos rotos de tristeza. Su madre, con una mueca de horror, temblando. La imponente Isadora Ashbourne, al borde del llanto, la miraba con los ojos desmesuradamente abiertos.

Ahora sí, pensó Ethel, ahora se había cumplido el mayor miedo de su madre. Aquello por lo que nunca había conseguido quererla del todo.

Entonces, sus ojos procesaron todo lo demás. El cuadro completo de horror que ella misma había pintado.

La calle, sus manos, el uniforme: todo teñido de rojo.

Al otro lado de la verja desencajada, su abuela sostenía a Daphne en brazos, con Seraphine a su lado. Dos pares de ojos más se clavaban en ella.

Nox estaba en el jardín, a unos metros de distancia, rodeado de...

La visión misma la obligó a girarse y vomitar.

Él no la miraba con horror. Era otra cosa: pena, fascinación..., culpa. Devastado, parecía devastado.

—Mamá... —sollozó Ethel.

Quiso hablar, pero no encontró palabras. Su cuerpo se sacudió con un espasmo de pánico.

—¿Qué has hecho? —gimió Isadora.

El mundo enmudeció. La vida pareció replegarse, esconderse, agazaparse... hasta abrir paso a una gran grieta, un tajo negro.

El aire se volvió denso, irrespirable, impregnado de azufre y hierro.

De la hendidura cayó una sombra. No, no una sombra: un hombre.

O no exactamente.

Al fijarse mejor, lo comprendió. Su pelo color arena estaba coronado por dos cuernos de obsidiana.

Sus ojos, con pupilas casi verticales, brillaban en un púrpura antinatural, y en su sonrisa se insinuaban dientes afilados.

Tras él se desplegaban dos enormes alas de piel, surcadas por huesos de apariencia metálica que terminaban en garras.

Su piel, veteada de sombras ondulantes, contrastaba con el impecable traje marrón oscuro que vestía.

—Hola, Ethel Ashbourne. He venido a reclamar lo que pertenece al reino de la Soberbia.