80
Ethel giró la cabeza hacia su madre, sin comprender nada. Isadora se colocó a su lado con ademán protector.
—Ella no...
—Ahora es un súcubo y, por tanto, está bajo mi reinado. Me pertenece como sierva.
—¿Sú-súcubo? —balbuceó Ethel.
—Ah, cierto. Las tuyas lo llaman bruja de sangre, ¿era así? —replicó el demonio con sorna—. Una belle dame sans merci —recitó contento.
Isadora cerró los ojos y negó lentamente.
—¿Mamá? ¿Qué dice?
—Lo siento... Lo siento. Pensaba que nunca ocurriría, que podríamos impedirlo.
—¿De qué hablas?
Isadora guardó silencio, buscando la mirada de Morgana.
—¡¿De qué hablas?! —insistió Ethel.
—Hace siglos, una antepasada tuya hizo un trato conmigo —explicó el demonio con deleite—.
Las Ashbourne estaban al borde de la extinción.
Su magia se debilitaba, el aquelarre se moría.
Así que me pidió poder. Y yo se lo concedí, claro.
Pero todo pacto con el infierno exige un precio.
Una bruja que usa nuestro poder se transforma, deja de ser humana.
Aquí arriba lo llamáis de muchas formas; oficialmente, es un súcubo.
»El acuerdo fue claro: cada Ashbourne que despertara ese poder latente en su sangre me pertenecería.
Ya no sería del todo humana, sino un híbrido.
—Su mirada se deslizó hacia la anciana Ashbourne—.
Y os habéis esforzado mucho en reprimirlo —gruñó, irritado—.
Hasta que naciste tú. Criatura excepcional.
Tu magia rebosaba... imposible de contener.
—¿Yo? Pero yo ni siquiera... No he usado mi magia hasta... ¿Mamá? ¿Qué está diciendo?
Isadora bajó la mirada, avergonzada.
—Vivir con este destino ha sido insoportable para todas nosotras. Quería una familia normal, que si tenía hijas no cargaran con ese peso, con el miedo constante de convertirse en monstruos.
Ethel se estremeció al escuchar esa palabra en boca de su madre.
—Renuncié a la magia con la esperanza de que, al no usarla, se debilitara.
Pensé que tú nacerías más humana que bruja, más parecida a tu padre.
Pero no fue así. Cuando consulté tu porvenir, la vidente chilló.
Dijo que tu destino estaba manchado de sangre.
—Isadora tragó saliva ante el recuerdo—.
Entonces lo supe. Decidí que jamás desarrollarías tu poder.
Si lo ignorabas, si esa parte de ti moría, estarías a salvo.
Eso creí. Pero eras demasiado fuerte, Ethel.
Tu magia desbordaba cualquier intento de contenerla.
Y yo me sentía tan mal por haberte hecho eso...
, por haberte traído al mundo sabiendo la carga que tendrías que soportar.
»Las Trece querían encerrarte en el Laberinto tras lo ocurrido el curso pasado, pero tu abuela las convenció para que te dejaran estar con ella. Al fin y al cabo, yo ya no uso magia, y pensaron que quizá tu abuela podría controlarte mejor.
Ethel miró hacia el porche. Morgana seguía abrazando el cuerpo inerte de Daphne; Seraphine, cegada por las lágrimas, sostenía la mano de su hermana mientras observaba la escena.
—¿Lo... lo sabíais? —murmuró Ethel con la voz rota.
Culpa. Arrepentimiento. Traición.
Cuando Seraphine le habló de su porvenir, había mentido. Sabía lo que significaba y, aun así, calló. Nadie le había contado jamás el verdadero secreto de la familia.
—No... no sé cómo ha pasado. No tenías el control suficiente, el poder suficiente para... —balbuceó Isadora.
—Oh, eso se debe a uno de mis heraldos. Verás, por cuestiones políticas, necesito a Ethel. Así que mandé a Alenox a la Tierra con la misión de poner a prueba a tu hija para que despertase su poder y aprendiese a desarrollarlo.
Ethel levantó la cabeza y, ahogada por el llanto, miró a su alrededor. Alenox...
No.
No, no podía ser.
«Él no... Él no...», suplicó. Cualquier cosa menos eso...
Nox no lo haría. Él siempre había estado de su parte.
Pero nadie había escuchado sus súplicas jamás, así que esta vez no fue diferente.
Lo encontró a la izquierda del demonio. La visión le revolvió de nuevo el estómago. El rostro se le retorció de espanto al ver su aspecto.
Seguía siendo el chico que había conocido, pero ahora era... era... Los iris fulgurantes de Nox la atravesaron, fríos e impersonales.
Ethel se tapó la boca con la mano mientras jadeaba y se echaba hacia atrás hasta quedar sentada en el asfalto.
El corazón se le marchitó, herido de muerte.
—No... —suplicó—. Por favor... —Apretó los párpados—. Por favor, dime que no...
Cada recuerdo, cada momento que habían pasado juntos se retorció, quebró y ensombreció. Cuando ella le contó que era una bruja, cuando él pretendió ayudarla. La estaba engañando, él siempre había sabido lo que ella era.
Cuando la besó.
Cuando se acostaron...
Ethel se cubrió el rostro con las manos y chilló.
Todos, absolutamente todos la habían traicionado o engañado.
Sus padres, sus tías, su abuela y hasta él.
Nadie la había respetado lo suficiente como para ser sincero con ella.
¿Era tan débil e inútil que no se merecía conocer su propia verdad? ¿Así de frágil la consideraban?
—Cielo, tranquilízate —le dijo su madre, tocándole el brazo.
Ethel la apartó bruscamente y se puso de pie.
—No. No me toques.
—Ethel —la llamó Nox, que se había adelantado hacia ella.
Ethel se estremeció ante la suavidad de su voz. Lo odió por ello.
Se apretó el dorso de la mano contra la boca cuando un sollozo le salió del pecho. Quería dejarse caer y que la tierra la absorbiera. Quería deshacerse en partículas, al menos así dejaría de sentir.
Porque se había enamorado. Su destino le había puesto a Nox en el camino y se había enamorado de él. Y se sentía afortunada y, a la vez, profundamente devastada porque todo había sido mentira.
—¿No tienes nada que decir? —le pidió ella.
Nox se acercó un poco más. Pero se frenó cerrando las manos en puños. Aun con ese aspecto, le siguió pareciendo hermoso. Y lo odió por ello.
Parecía imperturbable, ajeno a cómo el corazón de Ethel se marchitaba en su pecho y moría despacio, agonizando.
Nox abrió la boca.
Ella, que había cerrado los ojos, los abrió y lo miró a la cara, borrosa tras sus lágrimas. Nox tragó saliva y apretó la mandíbula mientras miraba al otro demonio de reojo y se callaba lo que fuese a decir.
—¿Por qué...? —suplicó. Quería extirparse aquella emoción del pecho, quería arrancarse lo que sentía por él. Eso que la estaba matando. El labio inferior le tembló—. ¿Por qué...? —sollozó.
—Vamos, chica, tienes que venir conmigo. Estás bajo mi mando y mi voluntad.
Ethel tembló y miró a su madre y luego al resto de su familia.
—No estoy segura de que enviar a un heraldo forme parte del acuerdo. Revisaré el contrato, Altairon —espetó Isadora.
Así que ese era el nombre del demonio.
—Por favor, no me tutees, prefiero príncipe, alteza u otros derivados.
Además, Alenox no habría tenido tal éxito si no hubiese sido por la inestimable ayuda del pastor...
—Señaló con una mueca patética el cadáver a unos metros de él—.
Parece que nuestro cordero de... apuntó al cielo— tenía muchas deudas y un gusto terrible por lo ajeno.
Ah... la Avaricia, cómo detesto a esos cabrones.
Arkemis ha debido de ayudarle. ¿Habéis oído cómo lo llamaba?
—Soltó una carcajada que hizo que todos se estremeciesen—.
Una pena que su alma vaya a ir a parar a su círculo y no al nuestro...
En fin, ha sido muy estúpido por su parte, pero Arkemis no es el más inteligente —dijo con desprecio—.
Más que nada ha terminado ayudándome en mis propósitos, y eso que deseaba lo contrario.
Me alegraré de restregárselo por la cara.
Isadora miró el cuerpo de Whitmore y luego a Altairon con el ceño fruncido, era justo la cara que ponía cuando se concentraba en preparar uno de sus casos.
—¿Está diciendo que este pastor hizo un trato con un demonio por...?
—Desesperación, odio, avaricia... —enumeró—.
Si uno desea lo que es de otro y además es un servidor de Dios —pronunció la palabra con una mezcla de repulsión y respeto—, lo mejor que puede hacer es disfrazarlo de otra cosa, algo justificable, como limpiar el pueblo del mal de estas mujeres diabólicas.
—Se llevó la mano al pecho—. Justificar sus pecados.
Todos lo hacen. Arkemis le dio poder, pero corrompió su alma.
En fin, esto será muy entretenido de presentar a los serafines, siempre es gratificante cuando son los suyos los que hacen uso del mal.
—De nuevo se rio. Ethel no había oído nada tan estremecedor en su vida—.
En fin, basta de cháchara, nos tenemos que ir.
Isadora trató de alcanzar a su hija, que apartó el brazo y evitó mirarla.
—Puede que intentases protegerme, pero has acabado destruyéndome —susurró con la voz rota, y dio un paso hacia Altairon.
—Haremos todo lo posible para sacarte de ahí.
Altairon puso los ojos en blanco ante el dramatismo de la escena.
—No voy a torturarla, será un activo valioso para mi disputa. Eso es todo.
«Un activo valioso», Ethel levantó la cabeza y miró a Nox, que permanecía impasible, estoico, sin vida.
Claro, por qué no se había dado cuenta de que él no se habría acercado a alguien como ella si no fuese por un motivo oculto.
Nox mismo la había advertido innumerables veces.
Pero había elegido creer lo contrario.
«Tonta».
Ethel pasó al lado de Nox mientras se dirigía a Altairon y sintió que él se tensaba.
—Odio tu existencia. Odio cada palabra, cada gesto, cada uno de los recuerdos que tengo contigo —susurró solo para Nox.
Él cogió aire por la nariz.
«Ethel», le pareció que susurraba con un hilo de voz.
Ella se paró frente a Altairon, que le dedicó una extraña sonrisa.
—No os preocupéis, mandaré a que se ocupen de este desastre —le dijo a Isadora.
Ethel miró por última vez a su familia y conforme lo hacía sintió que la persona que había sido moría; se apagó al contemplar el monstruo que era, el horror que había creado, pero también al ser testigo de la traición de las personas a las que amaba.