Flor de sangre (Flores malditas 1) 78
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El fuego, el del miedo, el de la ignorancia, el de la desesperación de quienes necesitan un enemigo para expiar su miseria, se propagó. Una botella se estrelló contra el sofá apoyado en la ventana y rápidamente empezó a arder. El salón se llenó de humo.

Las Ashbourne se miraron, conteniendo el aliento, sintiendo cómo la presión del pánico les apretaba el pecho como un yugo.

El rugido se alzó, eufórico.

—¡Quemad la casa! ¡Quemad el mal!

Morgana fue la primera en correr a por los cubos. Luego Daphne y Seraphine, arrastrando mantas húmedas, toallas, lo que fuera. El fuego crecía deprisa.

Seraphine apretaba los dientes mientras el rostro se le llenaba de lágrimas. Se las limpió con rabia, odiando que tuviesen el poder de hacerla llorar. No quería reconocerlo, nunca le había gustado mostrar sus puntos débiles, pero estaba asustada.

Daphne sofocó el fuego con un hechizo de tiempo, tratando de restaurar lo que ardía.

Pero era inútil. Por cada foco que apagaban, otro nacía. El humo se colaba por la rendija de la puerta y a través de las ventanas rotas.

La mansión y sus paredes y techos crujían. Parecía llorar, herida.

Una cortina se desplomó hecha una antorcha.

El humo se tragaba los recuerdos, los ennegrecía.

Los muebles, los libros, las cartas, las fotografías, todo lo que generaciones y generaciones de Ashbourne habían cuidado, todo lo que formaba parte de su historia, ahora perecía.

El pasado se incendiaba.

Sus raíces.

Su historia.

—¡Hay otro foco! —gritó Seraphine—. ¡En la cocina!

—¡El invernadero! —sollozó Daphne—. Lo están destruyendo.

Seraphine se giró y su cuerpo se quedó congelado.

—¡El laboratorio no, por favor, el laboratorio no! —suplicó, pensando en todos sus ingredientes y en el trabajo de todos esos años.

La magia de las Ashbourne estaba debilitada por el caos emocional. Pronto las harían salir o entrarían ellos.

La casa misma parecía llorar.

Las vigas escupían astillas incandescentes.

Los cristales estallaban como pequeñas detonaciones.

Afuera, los cánticos continuaban.

—¡Asesinas! ¡Pagad con fuego vuestra maldad!

—¡Quemadla! ¡A ellas también!

—Fuera de nuestro pueblo, fuera de nuestra tierra.

Daphne se había derrumbado sobre sus rodillas mientras lloraba desconsolada. Tenía las manos quemadas de apagar fuegos. Seraphine se afanaba por cubrir cada foco, empapada en sudor.

Ethel, agarrada a la mano de Nox, corrió a toda velocidad por las calles de Ebonwick. El aire en sus pulmones convertido en brasas, el corazón golpeándole las costillas como si quisiera romper su pecho para escapar.

Un gemido de terror escapó de su garganta cuando vio la turba y la casa envuelta en llamas y humo, el cielo teñido de naranja y negro. La masa rugiente de cuerpos emanaba odio, acechando como una jauría hambrienta ante la verja abierta de la mansión.

—¡Apartaos! —gritó, abriéndose paso a manotazos, pero nadie la escuchaba.

Un hombre le empujó el hombro con fuerza. Otro la insultó. Las cenizas volaban como nieve negra, pegándose al sudor de su piel, cegándola.

Nox los apartó con facilidad. Se los encontraría en el infierno al cabo de unos años, estaba seguro.

Ethel forcejeó, alguien le tiró del pelo, otro le arañó el brazo intentando agarrarla.

La rabia le estalló en el pecho como una bala.

Chocó el hombro con un chico que no debía tener más de catorce años, lo apartó como pudo, y cuando una mujer le puso la zancadilla, fue Nox quien la levantó de un tirón, rodeándola con el brazo.

—¡Dejadme pasar! —gruñó Ethel, clavando las uñas para abrirse paso—. ¡Tengo que llegar! ¡Tengo que ayudarlas!

El caos a su alrededor era un vórtice, como si el mundo entero se hubiera roto. Solo quedaba furia, gritos, humo, odio. Risas histéricas. Piedras. Fuego.

Y el olor. Olía a muerte.

Nox le sujetó la cara con ambas manos, obligándola a mirarlo.

—Ethel, escúchame. Ya casi estamos. Voy a abrirte camino, no te despegues de mi lado.

Ella asintió, aunque las lágrimas no la dejaban ver.

Morgana recorrió con la mirada las paredes, los retratos vencidos, los recuerdos que la habían criado a ella y a sus hijas.

El sofá de su abuela, donde recordaba haberse sentado en su regazo mientras le leía sus primeros libros.

El mismo sofá en el que su marido se había quedado dormido para siempre.

La alfombra donde Isadora dio sus primeros pasos, con su madre sosteniéndole las manos.

Las escaleras por donde Seraphine se había lanzado con su triciclo a los cinco años.

Todo se deshacía.

Y, entre gritos, oyó a alguien reír. Reír. Como si su sufrimiento y su desgracia fuesen un espectáculo.

Morgana dio un paso hacia delante y luego otro, hasta que alcanzó la puerta principal y la abrió de par en par.

Una oleada de calor, humo y gritos la envolvió.

Nunca había visto un campo de batalla de cerca, solo en la ficción, pero aquello le pareció muy similar.

—¡Basta! Dejadnos en paz, solo somos tres personas. No hemos hecho daño a nadie y esta es nuestra casa.

Un objeto silbó en el aire. Una piedra que impactó en el escalón a sus pies.

Morgana apenas pestañeó.

—Esto no tiene nada de piadoso. Si su Dios existe, le hará pagar por lo que está haciendo.

Otra piedra surcó el aire. Luego otra más.

La primera la rozó en el hombro. La segunda impactó contra el marco de la puerta y astilló la madera.

—¡Mamá! —chilló Daphne, aterrorizada.

Corrió por el vestíbulo hacia su madre. La ceniza se le pegaba a las mejillas húmedas.

—¡Mamá, entra! ¡Por favor!

Otra piedra.

Daphne gritó el nombre de su madre justo cuando la vio alzar un brazo para protegerse. Y corrió. Corrió con el impulso visceral de una hija que teme no llegar a tiempo.

—¡MAMÁ!

Se interpuso. Su cuerpo se lanzó delante justo cuando una piedra más pesada cortó el aire con violencia. Sujetó a su madre de los hombros, intentando apartarla de la trayectoria.

El impacto fue brutal.

La piedra alcanzó de lleno la sien de Daphne.

Su cuerpo se tambaleó, como una muñeca de trapo.

Y luego cayó.