Flor de sangre (Flores malditas 1) 77
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La verja y la valla de hierro fueron los obstáculos más sencillos de sortear. No había personas al otro lado, había bestias, animales. Ojos enloquecidos, caras retorcidas de odio. Y, sin embargo, eran todos de carne y hueso.

Personas que incluso las habían visto crecer.

Gente a la que habían saludado alguna vez.

Vecinos que habían acudido a ellas con problemas de salud, en busca de sus remedios.

Hasta hacía unas horas, seres humanos.

Con qué facilidad se infecta alguien de odio, de violencia, de intolerancia. Era una epidemia esparciéndose deprisa.

Una primera piedra rompió el cristal de la cocina, lo atravesó hasta caer encima de la mesa, tirando al suelo las flores que Daphne había puesto la mañana anterior.

¿Qué mayor miedo puede haber que el de no sentirte seguro en tu casa?

—Nos están cazando como si fuésemos alimañas —susurró Daphne mientras observaba los cristales con los ojos empañados y las manos temblando.

—Estoy llamando a la comisaría, pero nadie contesta —dijo Seraphine.

—Apartaos de las ventanas —ordenó Morgana.

Fuera rugían las bestias, los monstruos. Sus bocas se abrían mientras escupían veneno y bilis.

—¡Brujas!

—Fuera de aquí.

—No os queremos en nuestro pueblo.

—Hijas del diablo.

Morgana observaba impotente cómo destrozaban sus rosales. En todos sus años de vida jamás le había dolido tanto el corazón. Miró sus manos, viejas, manchadas y temblorosas. Había nacido en una época en la que todo era más difícil, no por ser bruja, sino por ser simplemente una mujer.

Se había sentido agradecida de que sus hijas y su nieta lo hubiesen tenido más fácil. Pero ahora asistía con horror a cómo todo se derrumbaba para ellas.

Seraphine tomó de la mano a su melliza, que murmuraba plegarias protectoras deseando que aquel asedio acabase pronto.

Qué injusto, pensó Morgana, ser amenazadas simplemente por existir.

La vida nunca había dolido tanto como en ese momento.

Otra piedra rompió el ventanal del salón. La siguieron unas cuantas más. Tiraron los marcos de fotos de las estanterías.

—¡Salid, cobardes!

—¡Asesinas!

Seraphine y Daphne movieron el sofá, levantándolo para intentar taponar el cristal roto.

—Si no salen, las sacaremos —rugió alguien.

—¡Quememos su guarida! ¡Las ratas solo salen con humo! —bramó otra persona—. Purifiquemos este sitio.

—¡Sí! —gritaron muchos.

—¡Fuego! ¡Fuego a las brujas!

Alguien sacó una botella con una mecha de tela empapada en alcohol, la prendió y la lanzó contra la casa. Se estrelló contra el porche y las llamas comenzaron a lamer las columnas de madera.

Ethel sacó de la cinturilla de su falda la pequeña bolsita con pétalos. Trazó en el suelo un círculo que llenó de líneas curvas, todas convergiendo hacia ella.

—Necesito que apagues las luces. Y busca algo con lo que taparte los oídos.

Nox le guiñó el ojo y se marchó. Eso era fácil, ni siquiera tuvo que volver a su forma de demonio para hacerlo. Una pequeña subida en la tensión y saltarían los plomos. Bastaría con liberar una chispa de energía para provocarlo.

Agarró unos auriculares que estaban conectados a un ordenador y se los colocó en las orejas.

Cuando la comisaría se quedó a oscuras. Ethel comenzó a tararear una letanía. Para conseguir dormir a una sala tan grande habría necesitado algún instrumento, una música más compleja, pero su voz serviría para llenar de bruma sus cabezas.

Simplemente tenía que acertar las notas, como quien teje con hilos una red. La melodía se coló a través de las paredes y penetró en el caos que la oscuridad repentina había causado.

Las personas dejaron de moverse, atraídas y cautivadas por el sonido, distraídas. Sus mentes fueron poco a poco vaciándose y se sumieron en un estado de calma y paz donde todo era suave, lento.

Nox localizó al jefe de policía y le metió la mano en el bolsillo donde guardaba un pequeño manojo de llaves. Era increíble lo mucho que había avanzado Ethel desde que había llegado a Ebonwick. Estaba prácticamente lista.

Darse cuenta de ello lo paralizó. Su misión pronto estaría completa. Cerró la mano con fuerza en torno a las llaves, clavándose sus bordes de metal.

La culpa le pesó en el estómago.

«No puedo hacerlo».

Altairon te matará.

«Y traicionarla también».

Nox se recuperó y se dio prisa en abrir la celda de Ethel. Se escabulleron rápidamente gracias a la oscuridad del edificio y al estado obnubilado de los que estaban allí, aunque el efecto no tardaría demasiado en desaparecer.