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Se les había agotado el tiempo para esperar la respuesta de las Trece. Las tres bajaron al sótano y se tomaron de las manos en círculo.
—¿Cuándo llega Isadora? Debería estar aquí con nosotras.
—En un par de horas —contestó Daphne.
Debían hacer una llamada de emergencia. El último y más desesperado recurso que tenían. Algo que solo se usaba en caso de peligro extremo.
Bajo sus pies estaba el pentagrama tallado en ébano. Representaba al aquelarre, y había una punta solitaria; el lugar que había sido de Isadora en otro tiempo y que pasó a ser de Ethel.
Un aquelarre sin un miembro es un aquelarre debilitado. Cada una de ellas era un órgano esencial y, como ocurría con el cuerpo humano, si fallaba uno, los demás sufrían.
Mientras las mujeres llamaban a las suyas y se preparaban para lo que hacía siglos no enfrentaban, en la escalinata de la iglesia el pastor Whitmore se dirigía a una pequeña multitud de vecinos:
—Hemos soportado demasiado. ¿Cuántas muertes más hacen falta?
¿Cuánta sangre tiene que correr antes de que reaccionemos?
Esas mujeres son peligrosas, sus valores se alinean con lo satánico.
Las muertes apestan a algo ritual, y si no hacemos nada, pronto nos tocará a uno de nosotros.
A nuestros hijos. Estamos dejando nuestra comunidad desprotegida ante su infección.
Si las autoridades no hacen nada, entonces lo haremos nosotros.
¿Qué esperan? ¿Que nos quedemos de brazos cruzados viendo cómo unas asesinas campan a sus anchas por nuestro pueblo? ¿Qué quieren? ¿Que no nos defendamos?
Whitmore bajó la cabeza como si orara. Pero cuando la alzó, sus ojos chispeaban con algo que se alejaba mucho de lo piadoso.
La gente gritó asintiendo. En sus rostros se adivinaba la rabia. Sus bocas se torcían con furia, con agresividad, con ganas de violencia.
La tensión comenzaba a burbujear.
—Han encerrado a una de ellas, de momento —siguió Whitmore, sin ocultar su satisfacción—. Pero no por mucho tiempo. Ya sabéis cómo funciona esto... Pero si no hay justicia, la haremos nosotros con nuestras manos. Protegeremos lo que es nuestro.
Un aplauso estalló, furioso. El rugido de una caza que comienza.
—No estamos solos. Él —señaló al cielo— está con nosotros. Ebonwick es un lugar de paz, de bien. No dejaremos que la oscuridad profane nuestras casas, nuestras almas..., nuestros hijos.
Y con esa última frase, un grupo se separó del resto y comenzó a avanzar por la calle principal, en dirección a la mansión Ashbourne.
Ghom entró en la comisaría gritando que alguien le había atacado con un hacha.
Nox le había pedido que no fuese dramático, pero claramente no le había prestado atención.
Tenía el pecho lleno de «sangre» y una herida abierta que se había hecho a sí mismo.
Nada muy problemático para un cuerpo como el de un demonio menor.
El efecto fue el esperado, todos los que estaban dentro salieron, asustados, conmocionados. El alboroto perfecto para que Nox se escabullese a la zona de los calabozos. La comisaría era tan pequeña que solo había dos celdas junto al cuarto que usaban de almacén.
Ethel estaba sentada en el suelo. Murmuraba algo tan deprisa y bajito que solo se oía un bisbiseo.
Nox se acercó hasta el otro lado de los barrotes.
—Ethel —la llamó en voz baja.
Ella levantó la cabeza, tardó un par de segundos en reaccionar, como si no creyese del todo lo que veía. Tenía el rostro surcado de lágrimas secas, le habían dejado marcas de irritación bajo los ojos y las mejillas.
—Nox. ¿Qué...?
Miró a los lados esperando ver a algún agente junto a él.
Nox estiró la mano hacia ella, ansioso. Ethel se acercó y, en cuanto estuvo a su alcance, la agarró y tiró de ella. Le acarició la cara con los pulgares, suave. Los ojos se le oscurecieron. Ella movió la cabeza hacia su mano, queriendo prolongar el contacto.
A Nox se le rompió el corazón y trató de abrazarla.
Ethel se apoyó en él a través de los barrotes. El ruido que había en su cabeza se calmó y su sangre dejó de correr con tanta fuerza. El olor familiar de Nox la hizo sentir en paz durante un momento.
—¿Qué haces aquí?
Nox le acarició el pelo. Si estuviese en su forma de demonio podría abrir aquella celda y sacarla con facilidad.
—Estaba preocupado, Ethel. Tienes que salir de aquí. Las cosas se están poniendo muy feas ahí fuera. Whitmore incita a la gente a tomarse la justicia por su mano contra tu familia.
—¿Y qué puedo hacer?
Nox se echó hacia atrás para mirarla.
—Eres una bruja, Ethel. Usa un conjuro.
—No sé abrir puertas.
—Ghom, mi tutor —se corrigió—. Los está distrayendo, pero necesitaré algo más para poder coger las llaves. ¿Sabes quién las tiene?
—El jefe de policía local —contestó Ethel.
Se quedó en silencio pensando en qué podía usar.
Repasó por orden todos los hechizos que se sabía de memoria y para los que no necesitaba un grimorio—.
Puedo hacer un hechizo de sueño. No los dormiré, pero sí que soy capaz de dejarlos en una especie de letargo.