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Frotó una mancha en el suelo de linóleo con el pie.
El parpadeo constante de los fluorescentes en el techo la estaba poniendo nerviosa.
Se rascó el brazo y cambió de posición. Trató de recolocarse el chaleco del uniforme.
Se le clavaban las costuras. Se pasó las uñas por las medias hasta sentirlas en la carne de las piernas.
Dejó escapar un suspiro de alivio.
De nuevo el titilar de la luz. Le sudaba la nuca. Se quitó la americana. Volvió a cambiar de posición. Se remangó la camisa.
Estaba sentada en una silla de metal dura e incómoda, en una sala diminuta de color marrón oscuro. Olía a tabaco rancio. El olor debía haberse quedado impregnado en las paredes.
Una gota de sangre cayó sobre la falda del uniforme. Se había abierto una herida en la cutícula del pulgar.
Hubo un pequeño jaleo al otro lado de la puerta que la mantenía encerrada. La puerta se abrió de golpe y apareció Seraphine.
Fue, en el momento justo en el que vio su rostro, que dos gruesas lágrimas se derramaron de los ojos de Ethel.
—Tía... —suspiró aliviada.
Los ojos de Seraphine echaban chispas.
—Ya estamos aquí. No te preocupes.
Su abuela estaba tras ella, hablando con el jefe de policía local.
La inspectora Harper apareció entonces y agarró a Seraphine del brazo.
—No puedes estar aquí. Solo la puede acompañar su tutora legal.
—Isadora tardará horas en llegar.
—Tu madre es quien está autorizada para sustituirla.
Seraphine atravesó a la inspectora con la mirada.
—No me puedo creer que la hayáis detenido en el instituto frente a todos, en vez de venir a casa y permitir que la acompañásemos. Ya tenemos suficiente con las mentiras que está esparciendo Whitmore. ¿Por qué exponerla así?
Vivian asintió. Parecía dolida e incómoda.
—No tenía ni idea, Seraphine. Ayer yo no estaba de guardia y... nadie me consultó, ha sido cosa del jefe local. No estoy de acuerdo en cómo han actuado.
—¿Por qué la estáis tratando como si fuese una criminal?
Vivian se la llevó para hablar con ella en privado.
Ethel trató de recordar los ejercicios de su psiquiatra, pero no era capaz de concentrarse en ninguno. Le dio la sensación de que le hervía la sangre, de que su cuerpo ardía. Tenía una emoción extraña atascada en el pecho. Sentía un vacío similar a cuando expulsaron al espíritu de la mansión.
La puerta se abrió de nuevo.
—La investigación de los asesinatos es de la policía del condado y, por tanto, mía. Así que yo haré las preguntas. —Oyó que la inspectora decía con autoridad.
Su abuela entró en la sala y se sentó a su lado. Le cogió la mano y le dio un beso en el dorso.
—Tranquila, fawnlet . Daphne ha llamado a tus padres y están de camino.
Ethel abrió los ojos.
—Pero mi madre...
—Hablaré con ella. Están muy preocupados. Además...
—Además mi madre es muy buena abogada —susurró Ethel sabiendo qué iba a decir su abuela.
Eso quería decir que la cosa era seria, ¿no? No necesitaría una abogada si no tuviese que defenderse de algo importante.
Vivian entró por fin en la sala, con una carpeta y una bolsa oscura, y se sentó frente a ellas.
—Te voy a hacer unas cuantas preguntas, Ethel.
Ella asintió.
—¿Dónde estabas ayer alrededor de las once de la noche?
Ethel frunció el ceño.
—En casa.
—Llegó cerca de las diez. Cenó algo rápido en el salón y subió a su habitación —contestó Morgana.
—Subí a mi habitación, me di una ducha y me acosté —completó Ethel.
La inspectora asintió para sí misma. Rebuscó entre las cosas que traía y sacó algo que estaba dentro de una bolsa de plástico transparente. Lo dejó encima de la mesa y lo deslizó cerca de Ethel.
—¿Es tuyo?
Era la hoja del trabajo de literatura, donde venían las especificaciones. En la parte superior estaba escrito su nombre.
—Sí —confirmó Ethel, dubitativa.
Se irguió, de pronto, con las manos apoyadas en la mesa, y cogió aire al entenderlo.
—¡Me dejé la mochila en casa de Ivy Whitmore!
Fuimos a hacer el trabajo a su casa, junto con Silas, James y Nox.
Pe... Pero... —Se aclaró la garganta—. Bebimos, y Nox y yo salimos un momento al jardín, él discutió con Silas y quería que se calmase y...
Y luego Nox y yo nos fuimos a su casa, no nos acordamos de recoger nuestras cosas.
Llevaba mi cuaderno de clase, un estuche y la cartera en mi bolso —explicó de corrido, sin coger aire.
Vivian la estudió como si estuviese decidiendo si decía la verdad o no.
—¿A qué hora os fuisteis?
Ethel lo pensó un momento.
—Debían de ser pasadas las siete... Pero no las siete y media, porque Nox paró en la farmacia y todavía estaba abierta.
—Me gustaría saber de qué se acusa a mi nieta y por qué la han detenido antes de seguir con las preguntas —interrumpió Morgana.
Vivian dejó escapar un suspiro y se frotó el entrecejo con el nudillo.
—Ayer un testigo llamó para decir que había visto a una chica joven y rubia corriendo con las manos ensangrentadas; que salía de un callejón.
El jefe de policía local y otro agente se acercaron a la zona y encontraron un cadáver calcinado, justo como los otros dos que han aparecido en los últimos meses.
Al hacer un reconocimiento de la zona encontraron esta hoja en el suelo, no muy lejos.
—Ah, déjeme adivinarlo, el «testigo» era el pastor Whitmore. ¿Me equivoco? —dijo Morgana.
Vivian se aclaró la garganta.
—No puedo revelarle esa información. —Vivian cerró los ojos un momento, con un gesto que no era enfado, sino cansancio—.
Entiendo lo delicado de la situación. Y no me gusta que haya ocurrido así, menos aún en un lugar tan pequeño donde todo se magnifica.
Pero el hallazgo del cadáver, unido a las evidencias y a la llamada, nos obliga a actuar con cautela. Ethel, lo entiendes, ¿verdad?
Ethel asintió muy despacio.
—No hay pruebas concluyentes, pero tampoco podemos ignorar los indicios. Vamos a retenerte aquí, en la comisaría, durante veinticuatro horas. Es el plazo máximo legal mientras recopilamos información y cruzamos declaraciones.
Ethel bajó la cabeza. Veinticuatro horas. Allí. Sola. Se estremeció.
—¿Y luego qué? —preguntó Morgana mientras le cogía la mano a Ethel.
—Si las pruebas no sostienen la acusación, se la pondrá en libertad sin cargos —respondió Vivian, mirándola directamente.
La inspectora le pidió a Morgana que la acompañase fuera un momento. Seraphine atravesaba a todos los que estaban en la sala con la mirada y pensaba en maldiciones para ellos. Las vio salir y se acercó a ellas.
Vivian las hizo entrar en el despacho que le habían dado. Cerró la puerta y se apoyó en su mesa.
—Veréis, voy a ser sincera a riesgo de hablar más de la cuenta —dijo en tono confidente—.
Las cosas están muy caldeadas en el pueblo.
El señor Whitmore tiene mucha influencia.
Creo que es más seguro que Ethel se quede aquí.
Desmontaremos la acusación, porque en realidad no parece que vaya a tener mucho recorrido.
»El problema es que los agentes locales tienen muchas ganas de encontrar un culpable y quieren aferrarse a cualquier cosa... Me gustaría pediros que os quedéis en casa y tengáis cuidado.
Seraphine la miró con cara de pocos amigos.
—¿Cuidado?
Vivian se frotó los ojos.
—Los vecinos... A Ethel no le pasará nada aquí dentro, pero vosotras...
Veréis, creo que es mejor que mostremos que hemos agotado todos los recursos y que ha quedado claro que ella no tiene nada que ver.
Si sale ahora, muchos seguirán pensando que es culpable.
El relato... Lamentablemente, a veces importa más el relato, y lo que la gente desea creer, que la verdad.
—Por supuesto. Ya se ha hecho un juicio ahí fuera. Él ya tiene lo que quería —gruñó Seraphine.
Whitmore sabía que su pantomima no serviría para acusar a Ethel seriamente, pero eso no era lo que buscaba. Él solo necesitaba que al pueblo le pareciese culpable, con eso le bastaba.