Flor de sangre (Flores malditas 1) 74
93%

74

Al contrario que los días anteriores, la perspectiva de ir a clase la emocionaba.

Resulta fascinante cómo una persona tiene el poder de cambiar la realidad de otra.

Hacía unos días aquellos pasillos llenos de ojos, susurros y hostilidad la habían hecho sentir aterrada y casi desolada.

Ahora era lo contrario. Si tenía a alguien a su lado, enfrentarse a lo que le daba miedo le parecía más sencillo, quizá no tan oscuro y no tan solitario.

O puede que fuese que su cabeza se enfocaba más en lo positivo, que lo que sentía por Nox lo cubría todo y ahora solo tenía espacio para esos sentimientos.

Estaba distraída, tenía la cabeza en las nubes aquella mañana. Sus tías tuvieron que repetirle las cosas un par de veces hasta que acertó a oírlas y responderles. Casi se había marchado descalza a clase, olvidando ponerse los zapatos.

El corazón se le aceleró al ver el edificio. La anticipación quemó en sus venas.

Cruzó el camino de la entrada casi sin aliento, apretando el paso.

Esa mañana, al mirarse al espejo de su habitación, había visto las marcas rojas de los dientes y los labios de Nox por su cuerpo. Un recordatorio de que había ocurrido de verdad, de que la noche anterior no había sido un sueño.

Pero más que eso, recordaba cómo le había suplicado, con esa voz ahogada que casi no parecía de él, que lo besara.

Sonrió.

Subía las escaleras hacia la puerta del edificio, cuando alguien la llamó a su espalda.

—Ethel Ashbourne.

Se giró aún con la sonrisa medio dibujada en los labios. Pero, en cuanto se volvió, algo en su estómago se tensó. El tiempo pareció cambiar de ritmo.

Dos agentes de policía uniformados estaban parados al inicio de las escaleras.

Ella los miró confundida. El corazón comenzando a latirle en las sienes.

—¿Qué ocurre?

Uno de los agentes subió las escaleras hacia ella. La agarró de las manos que le colocó detrás de la espalda en un movimiento brusco.

—¿Qué hace? —jadeó Ethel, mirando a su alrededor sin comprender nada.

—Debe acompañarnos a comisaría —dijo el policía mientras les ponía unas esposas; el metal frío le mordió las muñecas.

El mundo se deshizo. Sintió como si las escaleras desapareciesen bajo sus pies.

—¿Qué? —balbuceó de nuevo—. No... no entiendo. ¿Por qué?

El policía la agarró del brazo y tiró de ella para guiarla.

Ethel se sacudió, asustada.

—Yo no... Yo no he hecho nada. Se han tenido que confundir. —La ansiedad brotó en su pecho y ascendió rápida y venenosa hacia su garganta—. Yo... Yo no...

El otro agente comenzó a recitarle algo, pero Ethel había dejado de oír. Estaba en una burbuja oscura y distorsionada. Los estudiantes a su alrededor la miraban, los murmullos alcanzaron un nuevo pico.

Entonces sus ojos se encontraron con un rostro deformado por la satisfacción y el asco. En la verja de entrada, el pastor Whitmore la observaba fijamente. A su lado estaba el jefe de policía local. Junto a ellos, Ivy, que agachaba la cabeza evitando mirar a Ethel.

Así que era cosa del pastor.

—¡Fuera de Ebonwick! —chilló alguien—. Escoria.

Ethel cerró los ojos mientras la conducían hacia el coche patrulla que estaba aparcado en la verja. Deseó desaparecer. Que su cuerpo se desintegrase en pequeñas motas y que el viento se la llevase lejos.

Uno de los agentes le puso una mano en la cabeza para bajársela. Ethel abrió los ojos mientras la introducían en el coche y vio una figura que enfilaba la calle a paso rápido.

Ethel se quedó congelada, los ojos muy abiertos, mientras él se detenía en seco al ver la escena. Sus pupilas se contrajeron al reconocerla. Como si acabaran de arrastrarle el alma fuera del cuerpo.

—¡Ethel! —la llamó con una voz que parecía distinta, un sonido que ella nunca le había oído.

«Ah, es pánico», lo reconoció.

Ella estiró el cuello para poder seguir mirándole mientras la empujaban.

—¡Avisa a mi familia, por favor! —le pidió.

—¡¿Qué coño está pasando?! —bramó Nox fuera de sí mientras se abría paso entre los que se habían comenzado a agolpar junto al coche.

El jefe de policía alzó una mano para detenerlo.

—¡No te acerques!

El pastor Whitmore dio un paso hacia él, sereno, altivo.

—No te metas, muchacho. Es un asunto serio.

Nox lo fulminó con la mirada. Pero era demasiado tarde.

La puerta se cerró de golpe con un chasquido seco. A través del cristal, Ethel lo miró con un par de lágrimas escapando de sus ojos.

El coche arrancó llevándosela.

Nox miró a Whitmore y a Ivy a su lado. Aquello era una maldita declaración de guerra.