Flor de sangre (Flores malditas 1) 73
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Nox se metió en la ducha y se quedó bajo el chorro de agua fría tanto tiempo como pudo. Debería estar aplastándolo el peso de su arrepentimiento. Debería estar deseando borrar cualquier trazo de lo que había ocurrido. Había sido descuidado, temerario, desobediente.

No, nada de eso. Sentía una euforia con la que estaba poco familiarizado. Pero, en cuanto saliese del baño, esa dulce burbuja estallaría y no quería enfrentarse a ello.

«La quiero, creo que estoy bastante seguro de que la quiero».

Su piel cambió y se miró en el reflejo con su verdadero aspecto.

¿Cambiarías? ¿Te convertirías acaso en un mortal si pudieses arrancar lo que eres, quién eres, si pudieras borrar cualquier trazo de tu verdadero ser, dejar atrás tu piel, tus ojos, tus cuernos...?

Nox pasó la mano por el cristal del baño, furioso, borrando su imagen. No creía que fuese tan fácil, su esencia no estaba en su aspecto.

Un demonio es un demonio siempre, da igual qué carne lo vista. Has sido hijo del Inframundo, te has guiado por sus reglas; tu cabeza y tu corazón, si es que tienes uno de esos, están hechos a su imagen y semejanza.

Pero Nox había desarrollado emociones que no eran típicas de los demonios, eso quería decir que se podía cambiar, que la naturaleza era mutante, ¿verdad? Pero ¿cuánto? ¿La esencia seguía siendo la misma?

Quizá la creación favorita de Altairon también sea la más defectuosa.

Salió del baño tratando de dejar atrás sus tormentos, y se encontró a Ethel dormida. Tenía parte del cuerpo, todavía desnudo, cubierto por la colcha de su cama, que abrazaba.

Se inclinó y apartó con cuidado el cabello que se le había pegado a la mejilla debido al sudor. Luego, en silencio, se subió a la cama y se tumbó de lado para observarla.

El deseo lo invadió como pequeñas olas, y una emoción indefinible sacudió su corazón como un torbellino. No sabía si era ansiedad, confusión o simplemente anhelo.

La cubrió del todo con la manta.

Le dio un beso en la sien para aliviar la sofocante sensación de amor que amenazaba con desbordarle.

—Como demonio que soy prendería este lugar en llamas, pero jamás dejaría que ni una sola te tocase, Ángel. —Susurró la pequeña confesión muy bajito, dejando su corazón expuesto.

Ethel se sacudió y sus ojos se abrieron despacio. Sonrió al mirarle.

—Me he quedado dormida. —Se incorporó sobre los codos—. ¿Qué hora es?

—Pasadas las nueve.

Ethel abrió los ojos preocupada y le tocó el labio.

—Tienes una herida. ¿He sido yo?

Nox sonrió pasándose la lengua por ese punto.

—Tú deberías agradecer que tu camisa sea de cuello alto.

Había un reguero de marcas rojas por su piel. Mirarlas, sabiendo que eran suyas, hizo que un deseo pesado se asentase de nuevo en sus entrañas.

¿Desde cuándo sus instintos lo dominaban de esa forma?

—Debería irme, mi familia se va a preocupar —dijo Ethel.

Nox deseaba que se quedase, le habría gustado observarla dormir un rato más. Era agradable tenerla al alcance de la mano, en un lugar donde nada ni nadie podía tocarla o herirla.

—Te acompañaré, es tarde.

De camino a la mansión, Nox estiró el brazo hacia ella, la tomó primero de la punta de los dedos, acariciándolos, hasta encajar sus manos con firmeza.

—Hasta mañana —se despidió cuando llegaron a la esquina de su casa.

Pero Nox no la dejó ir. Tiró de su mano para besarla. No importaba que se hubiesen acostado hacía un rato, el deseo estalló en su cuerpo como fuegos artificiales y se aferró a sus hombros mientras él la levantaba para que ella lo rodease con las piernas.

Ninguno parecía haber tenido suficiente del otro todavía. Ethel apoyó la cabeza en el cuello de Nox, respirándolo. Olía a champú y a él y la hizo sentir bien, segura. La sensación de estar en sus brazos era agradable y él la estrechó con más fuerza, como si sintiese lo mismo.

—No me has contado qué te ocurrió en el sótano del pastor y por qué estabas ahí.

Nox suspiró.

—Diles a tus tías que investiguen bien a Whitmore. Él lo ha hecho con vosotras. Creo que quiere vuestras tierras. Desea lo que es vuestro.

—¿Por qué? —dijo, echándose hacia atrás para mirarlo.

—Seguramente por dinero, por falta de él o por simple avaricia.

Ethel le pasó un dedo por la ceja, acariciándole el piercing . Nox cerró los ojos, le agradaba mucho cuando Ethel lo tocaba sin titubeos. Había odiado profundamente que sus manos lo evitasen, como hacía con el resto del mundo.

—Es peligroso que...

—Lo sé. Sé lo que me hago, no te preocupes por mí, Ethel. Con que te cuides a ti misma es suficiente. —Le dio un beso rápido y la dejó en el suelo—. Vuelve a casa antes de que tus tías salgan a buscarte y nos encuentren aquí.

Ethel sonrió. «Por fin», pensó Nox. Había echado mucho de menos que le regalase aquella expresión de felicidad genuina.

Se despidió gritándole un «hasta mañana», algo así como una promesa de que al acabar la noche volverían a verse. Esa certeza fue lo único que lo mantuvo cuerdo.