Flor de sangre (Flores malditas 1) 72
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Dejó a Ethel en el suelo, pero no se separó de ella. Deshizo la breve distancia que se había formado entre ellos hasta que sus cuerpos volvieron a presionarse.

Ethel abrió la boca para dejar escapar una respiración ahogada. Nox le acarició el rostro hasta trazar la línea de su labio inferior. Ella cerró los dientes en torno a su pulgar, dándole un mordisco suave mientras lo miraba a los ojos.

Nadie espera que un ángel prenda el mundo en llamas. Y a él, sin duda, lo estaba reduciendo a cenizas.

Nox soltó una sarta de maldiciones mientras dejaba caer la cabeza contra su hombro. El mundo se había vuelto demasiado cálido y borroso como para pensar.

—¿Adónde...? —comenzó a preguntar Ethel.

—A mi piso —respondió él sin dudar.

Caminó rápido, con Ethel de la mano. Ella no protestó. Ni siquiera se acordó de recoger sus cosas.

Casi cuando estaban llegando, Nox recordó algo y se desviaron para pasar por una farmacia.

—Espérame aquí —le pidió. No quería que los viesen y la gente hablase de Ethel, a los rumores de su familia se sumarían otros muy desagradables. Conocía bien la naturaleza del ser humano y su afán destructor.

El señor ni pestañeó cuando Nox pagó y se dio prisa en salir.

Su piso estaba cerca, solo a unas pocas calles de distancia.

Subieron las escaleras en silencio, sin soltarse la mano. A cada paso, Nox sentía su autocontrol desgastarse más y más.

La guio hasta su habitación. Esperaba que Ghom se hubiese largado lejos de allí al oírlos llegar.

Cuando por fin cerró la puerta tras ellos, se quedó mirándola como si aún no pudiera creer que estuviera allí. Que Ethel le hubiese seguido.

Ella dio un paso hacia él.

Y todo explotó.

Nox la acorraló contra la puerta. Le quitó el abrigo y sus bocas volvieron a encontrarse. Ethel se aferró a él con los dedos crispados sobre su camiseta. Se besaron como si quisieran arrancarse el alma el uno al otro.

Nox la besó con la urgencia de alguien que lo había anhelado durante demasiado tiempo. Conteniéndose. Como si la posibilidad de que ambos llegaran a ese punto se le hubiera ocurrido, pero la hubiera guardado muy profundo; hasta que lo había hecho perder el control.

La agarró de las caderas y la giró haciendo que apoyase las manos en la puerta mientras le recorría la espalda con una mano. Bajó la cremallera del vestido y deslizó los tirantes por sus hombros haciendo que cayese al suelo.

Ethel volvió a girarse hacia él, tirando del borde de la camisa que llevaba bajo el vestido, sin saber qué hacer con las manos en ese momento. La tela era tan fina que dejaba intuir su piel, el contorno de su pecho, el tono más oscuro de su piel.

«Ah...».

—No puedo pensar con claridad en este momento, Ángel. Si esto no es lo que quieres, dímelo.

Solo con verla resultaba evidente que ella también deseaba aquello. Pero quería oírlo de su boca. Lo necesitaba.

—Quiero —dijo con la voz ahogada.

—¿Qué quieres? —Nox la agarró para cargarla, rodeándola con sus brazos—. Porque yo me estoy muriendo por follar contigo.

La colocó con cuidado en la cama. Enganchó sus dedos en las medias de encaje, que trató de no romper, pero fue inútil. Estaba demasiado ansioso.

—Lo siento. Te compraré unas nuevas —le dijo entre beso y beso.

—No te preocupes, tengo muchas.

Nox le dio un mordisco en la cara interna del muslo, donde estaba su marca de demonio. Ethel soltó un pequeño jadeo y levantó el torso a medias. Nox la empujó suavemente hacia abajo de nuevo.

La agarró de las muñecas y las sujetó por encima de su cabeza.

Ethel dejó escapar un breve suspiro, mientras Nox respiraba hondo. Sus ojos se encontraron. Él se tomó un momento para recuperar el aliento mientras la observaba. Tragó.

Quería ser delicado, pero le estaba costando dominarse.

Luego sonrió con suficiencia y le puso una mano en la mejilla.

—Eres mucho más guapa que en mis sueños.

Ella se sonrojó.

—Y tú que en los míos —confesó.

Nox la agarró de la barbilla abriéndole la boca y se inclinó para besarla. Coló la lengua entre sus labios, sin dejar de sujetarle las muñecas con la mano izquierda.

Ethel sintió su interior derretirse cuando su lengua lamió la suya, cuando lo oyó gruñir al acariciarle el culo a través de sus bragas. Su mano se coló bajo su camisa y subió hasta su caja torácica.

Rodó las caderas rozando las de ella y ambos gimieron.

Nox se separó de ella y Ethel lo atravesó con la mirada.

—Todavía no me has dicho qué quieres, Ángel.

—Nox...

Él se pasó la lengua por el labio hasta tocar el aro y sonrió.

—Si no me lo dices, no puedo saberlo.

Ethel estrechó los ojos, entre avergonzada y enfadada. Todavía no la había visto poner esa expresión. Estaba siempre muy contenida.

—Estás siendo un capullo.

Nox arqueó una ceja sorprendido, divertido y excitado, muy excitado al oírla maldecir.

—Bueno, te confesaré algo. —Se acercó a su oreja y le mordió el lóbulo. Luego le dedicó una media sonrisa—. Me excita que me mires así, suplicándome más con los ojos.

—Estás loco —jadeó como si en realidad no le importase, como si ese lado algo retorcido de él le pareciese divertido.

—Ajá, ya te lo avisé. Pero seré bueno, lo prometo.

Ethel intentó liberar sus manos, pero él la sujetó con más fuerza. Bajó los labios hasta su mejilla, donde le dio un beso tierno.

Su lengua se deslizó de la oreja al cuello. La llenó de besos hasta llegar a la clavícula.

Ella se retorció bajo su cuerpo. No podía escapar porque le sujetaba las manos. Arqueó la espalda repetidamente y su respiración se volvió entrecortada. Su camisa se subió poco a poco.

Nox la miró a través de sus pestañas oscuras y comenzó a levantarle una esquina de la camisa, pasando por su cintura hasta que quedó justo debajo de su pecho.

Se inclinó hacia ella, presionando sus labios contra la parte inferior de sus costillas.

Ethel jadeó. Y jadeó de nuevo cuando él la mordió suavemente y luego lamió el mismo punto.

Nox terminó de subir la tela del todo.

—Bien —susurró.

—¿Hmm?

—No llevas sujetador.

Ethel abrió la boca ante la intensa sensación de sus manos. Sus dedos trazaron un círculo en sus pechos y luego se detuvieron.

—Nox... —lo llamó ella.

Él bajó la mirada hacia su rostro sonrojado. Distraído, la contempló como si fuera algo fascinante, con los labios entreabiertos y la respiración agitada y superficial. Se llevó una mano a los vaqueros casi distraídamente.

—Maldita sea —dijo en voz baja.

Su boca sustituyó a sus manos y Ethel se estremeció; con las manos finalmente libres, lo agarró por los hombros con fuerza.

Nox le hundió los dientes suavemente en la carne.

Ethel gimió.

—¿Duele?

—Me gusta...

—Bien. Te quitaré esto. Estorba.

Desabotonó el cuello de la camisa y la deslizó por su cuerpo mientras ella levantaba los brazos y los estiraba hacia delante para ayudarle.

Él le levantó ligeramente la barbilla con la mano y la besó profundamente. Se echó hacia atrás, con las rodillas colocadas a cada lado de sus caderas, y se quitó la camiseta. Sonrió al ver la mirada de Ethel recorrer su torso.

—¿Te gusta lo que ves? —dijo pinchándola.

Ethel se pasó la lengua por el labio inferior, que tenía rojo e hinchado, y asintió.

—Estoy segura de que ya lo sabes —susurró ella.

«Joder».

—Quiero ser suave contigo, pero...

Apretó los dientes mientras observaba su cuerpo casi desnudo. La marca de su boca y sus dientes en su cuello y su pecho, que se levantaba con cada respiración agitada.

«Es demasiado...».

Ethel siguió con la vista cada línea de sus músculos, viendo cómo los tatuajes parecían cobrar vida con la tensión de su cuerpo.

Bajó hasta los huesos de sus caderas y tragó saliva; el deseo de Nox era tan evidente que apretó las piernas, incapaz de esconder lo que a ella misma le estaba ocurriendo.

Él sonrió para sí mismo. Nunca había deseado la atención de otras personas de una forma consciente, no hasta que había probado la de Ethel, ahora solo anhelaba que lo mirase siempre así. Siempre a él.

Nox desabrochó el botón de los vaqueros y bajó la cremallera, que lo apretaba demasiado.

Los ojos de Ethel descendieron hacia ese punto con una mezcla de anticipación y nerviosismo. Pero él aún no se los quitó.

Complacido con su reacción, le agarró una rodilla y la movió hasta separarle las piernas.

Dejó escapar un gruñido ronco.

—No te haces una idea de cuánto te deseo.

Le quitó las bragas. Respiró hondo por la nariz. La punta de su lengua recorrió despacio su labio inferior sin apartar los ojos de su cuerpo.

Le acarició los muslos, subiendo poco a poco hasta deslizar la mano entre sus piernas. Ethel echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos jadeando.

«Ah... va a acabar demasiado deprisa».

—Dime si te duele.

Ella solo emitió sonidos entrecortados, incapaz de formar palabras. Nox movió los dedos con firmeza y Ethel arqueó la espalda. Su cuerpo temblaba incontrolablemente, su mente nublada.

—¿Quieres que te cuente un secreto? —susurró él con tono juguetón, mientras la besaba en la clavícula.

Nox se separó de ella, bajándose de la cama para quitarse los pantalones y la ropa interior. Si no hubiese estado ya al límite, la expresión de Ethel al observarlo desnudo lo habría llevado directo a él. Tensó los músculos.

Sacó un condón de la caja que había comprado y se lo puso.

—Cuéntamelo —le pidió Ethel.

Nox sonrió. Apoyó una mano en la cama y se inclinó para darle un beso suave en la boca.

—Esto ha ocurrido en mi cabeza una decena de veces ya —le confesó mientras se colocaba encima de ella y se movía despacio, más lento y suave de lo que se creía capaz.

La reacción de Ethel fue justo la que esperaba: su piel se tiñó de rojo, sus ojos se agrandaron y su respiración se aceleró.

—En la mía también. Eres lo último que pienso antes de dormir.

Nox gruñó; la simple imagen de ella tocándose mientras pensaba en él casi lo hizo perder el control.

—Me estás matando, Ethel.

—¿Estás bien? —jadeó ella, incapaz de contenerse—. ¿Hay algo que debería hacer...?

—Solo... —Nox hundió la cara en su cuello, los dedos clavados en sus caderas, respirando fuerte, casi con desesperación—. Calla un momento. O no voy a aguantar.

Ethel abrió la boca para tomar aire justo cuando él empezó a moverse más rápido, más brusco.

—Aráñame si te duele. —Le puso las manos sobre los hombros. Su tono, firme y posesivo, la hizo estremecerse de placer.

Sus uñas se aferraron a su espalda húmeda de sudor, dejando marcas rojas en su piel.

—Lo siento —gimió ella.

Nox se movió un poco más profundo, como si le disgustara que a ella le importara eso ahora.

—No te preocupes por mí.

La agarró con fuerza por las caderas y luego deslizó las manos bajo sus rodillas.

—Rodéame con las piernas.

Ella obedeció con un gemido ahogado.

—Buena chica —suspiró, hundiendo los dedos en sus muslos.

Ethel tembló.

—¿Te duele? —preguntó él, estudiando cada gesto de su rostro.

Negó con la cabeza. Era él quien fruncía el ceño, como si contuviera un dolor insoportable.

—¿Te gusta, entonces?

Un sollozo escapó de su garganta. Sacudió la cabeza, incapaz de entender cómo podía preguntarle eso en ese momento. Nox dejó escapar una risa baja, sofocada. Le encantaba provocarla, era deliciosa.

No hizo falta que le respondiese en voz alta: su expresión, los sonidos que escapaban de su boca y sus gestos hablaban por ella.

Nox sonrió con suficiencia. Sus ojos, cautivadores, se entrecerraron. Luego apretó su cuerpo contra el de ella con más fuerza.

Mierda, sentía que iba a morir.

La intensidad del placer había alcanzado un nivel terriblemente alto. Ethel sintió que algo dentro de ella estaba a punto de estallar.

Nox se apartó de su abrazo, incorporándose. La miró desde arriba, arqueándose para él, deslizó la mano desde su cadera hasta su ombligo.

Se hundió los dientes en su propio labio y sonrió.

El demonio ha cazado a un ángel.

«Es el ángel quien ha cazado al demonio, en cuerpo y alma; en todas ellas».

Ethel extendió las manos hacia él, rozando apenas su piel, reclamándolo.

Nox gimió y volvió a inclinarse sobre ella, moviéndose con más fuerza.

Ethel se cubrió la boca con la mano.

Nox maldijo y se la apartó, entrelazando sus dedos con los de ella. Luego la besó, colando la lengua entre sus labios.

Su cuerpo entero se estremeció.

—¡Nox...!

Oírla gritar su nombre fue el golpe final.

Ella se aferró a su espalda con desesperación, mientras unas lágrimas rodaban por su rostro.

Nox las lamió con ternura; ese contraste imposible entre la furia del deseo y la dulzura del gesto la hizo sentirse reconfortada.

Le sostuvo una rodilla con una mano, mientras con el otro brazo la rodeaba. La estrechó contra él y, en el último instante, dejó escapar un gemido ronco y corto.

Entre parpadeos, Ethel vio su rostro. En una ocasión se había preguntado cómo sería sentir que él era suyo... Ni siquiera se había acercado a lo que de verdad experimentó al verle.

Levantó la mano y ahuecó su mejilla sudorosa. Intentó acercarlo más agarrándolo del cuello para besarlo. Nox le dio un beso en la cara interna de la muñeca y se dejó caer en la cama a su lado, estrechándola entre sus brazos.

Y, así, un demonio halló la entrada al paraíso.