71
Ivy se reía, tirada en el sofá, con la cabeza apoyada en un cojín y una copa en la mano. El vino se había acabado hacía rato, así que James había sacado el coñac del pastor como último recurso.
Silas tiró de la mano de Ethel haciéndola girar. Ella trastabilló. Tenía la cara encendida; el inconveniente de ser tan pálida era que su piel enseguida se encendía y se marcaba con facilidad, y lo que había ocurrido en el baño con Nox se reflejaba por todo su cuerpo.
El deseo era una flor roja.
Ethel se sentía como la rosa de algodón cuyo blanco se tiñe de color.
—Vamos, Ashbourne, estoy seguro de que sabes bailar.
Silas le puso una mano en la cintura. Ella se sujetó en su brazo. No dejaba de sorprenderla la familiaridad con la que la trataba, incluso después de lo que estaba ocurriendo en el pueblo.
—En realidad, apenas sé dar unos pasos.
—¿No dicen que las brujas bailáis desnudas alrededor del fuego o cosas así?
Ethel lo empujó del hombro. Silas soltó una carcajada.
—Cuando éramos niños, nos retábamos a ir las noches de luna llena al bosque cerca de vuestra casa a ver si veíamos a las Ashbourne haciendo cosas de brujas.
Ethel soltó una carcajada. Le había hecho gracia, pero seguramente era efecto del vino.
—Nooox... —Ivy arrastró su nombre—. ¿Dónde estabas? —Prácticamente cayó sobre él.
Él agarró la botella de coñac. La olisqueó y arrugó la nariz. Aun así, le dio un trago. Necesitaba matar el calor que quedaba en él. Apagar el deseo que todavía tenía anudado en las entrañas. El dolor de cabeza no había vuelto, pero el zumbido persistía en el fondo de su cráneo.
La bebida ardió al pasarle por la garganta. No ayudó. Ni siquiera lo entumecía.
Vete, esta casa te está enfermando, imbécil masoquista.
No podía pensar con claridad.
La risa suave de Ethel lo distrajo. De reojo vio los dedos de Silas curvarse en su cintura.
Tensó la mandíbula.
Y bebió de nuevo.
El aire allí dentro era espeso. Sucio. Le faltaba el oxígeno.
Inclinó la cabeza hacia abajo mientras se frotaba la frente.
—Sabes, recuerdo verte con tu abuela y con tu madre siendo pequeña. Tu madre me daba un miedo terrible —balbuceó James.
Ethel se giró a mirarlo, y lo pensó, intentó recordarle siendo pequeño.
—Yo no...
—No te sientas mal, Ashbourne. Todos en el pueblo se fijaban en ti, no solo porque tu familia es tu familia, sino porque era difícil no notarte —rio Silas, pasándole un brazo por los hombros.
Ella levantó la cabeza para mirarle. Arrugó el ceño.
—Porque eres muy guapa. —Le dio un golpe en la frente, y ella tosió un poco incómoda.
Nox le dio otro trago largo a su copa mientras los observaba.
—Hacen buena pareja —dijo Ivy a su lado.
Nox la miró y ella se estremeció. Se recordó que tenía que mantener su fachada humana, pero estaba demasiado furioso y herido y débil.
Ethel se separó de Silas y miró a la chica mientras negaba.
—No es así. Silas es un amigo —quiso aclarar Ethel.
—Qué tierno. No creo que eso sea lo que él tiene en mente. ¿Verdad, Holloway? —musitó Nox con una mueca burlona en los labios.
Su postura era relajada, casi despreocupada, pero cogía el vaso con fuerza.
Silas frunció el ceño, extrañado.
—¿No pueden ser amigos un chico y una chica, Harker? —preguntó en tono divertido.
—Qué mono eres. Casi me lo trago. —Nox esbozó una sonrisa sin alegría y dio otro sorbo. Dejó el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
Se hizo un silencio incómodo y Ethel se acercó a él, preocupada por su estado.
—¿Podemos hablar un momento fuera? —susurró, cogiendo su abrigo.
Nox la siguió. Bordearon el jardincito delantero hasta cubrirse en las sombras del lateral de la casa, lejos de la luz de las farolas.
—No estás bien. ¿Qué te ha pasado en el sótano? Mi hechizo no parece haber funcionado, quizá deberías ir a casa y...
Nox se apoyó en la pared. Se pasó los dedos por el flequillo echándoselo hacia atrás.
—Estoy perfectamente.
—No lo parece. Quizá deberías ir a ver a un médico.
Ethel miró hacia la calle. Nox la agarró de la muñeca y tiró de ella hasta pegarla a la pared. Apoyó el antebrazo encima de su cabeza para sostenerse mientras se inclinaba sobre ella.
—¿Por qué...? —Había perdido por completo el control sobre sí mismo. Aquella maldita casa lo había debilitado lo suficiente para que el alcohol le afectase y estaba hecho un desastre—. ¿Por qué te has vestido así para venir al grupo de estudio?
—¿Así?
Le pasó un dedo por la garganta hasta llegar al cuello de la camisa y luego bajó por el espacio abierto del escote hasta el borde del vestido. Tiró ligeramente de la tela.
—¿Te gusta Silas? ¿Querías impresionarlo?
Le cogió la barbilla. En el rostro de Ethel había una mezcla de furia y tristeza. Los ojos le brillaban como si contuviese lágrimas.
—Mierda. —Comenzó a separarse de ella—. Lo siento.
—¿Estás celoso? —jadeó Ethel.
Nox giró la cabeza hacia ella bruscamente.
¡Ja...!
—¿Celoso? Sí, sí, estoy celoso —gruñó—. Me estoy volviendo loco de celos. ¿Por qué puedes estar cerca de él y no de mí? ¿Por qué has decidido apartarme? ¿Cuál es la diferencia entre él y yo?
Que eres un jodido demonio. Que tu naturaleza y la suya no son la misma.
Esa verdad era la que lo estaba volviendo loco.
—Desearía ser lo mismo. —Se le rompió la voz en una pequeña súplica—. ¡Mierda, esto me pone de los nervios! Era yo quien debía alejarse de ti en primer lugar. Lo he intentado, joder, claro que lo he intentado. Porque... —Porque ella estaba prohibida para él—. Y aun así no puedo.
Ethel le agarró el brazo. Estaba temblando.
—¿Qué quieres decir?
—Que claro que significó algo cuando nos besamos.
Lo significó todo. He sido un capullo porque tenía miedo de...
Pero no puedo... —dijo Nox ahora más suave—.
Yo... Yo... —Tomó aire—. No puedo alejarme de ti, Ethel.
Desde el momento en el que abro los ojos por la mañana hasta el momento en el que los cierro, si te veo o si no, pienso en ti todo el tiempo.
Nox podría haber descrito ese momento, mientras esperaba la reacción de ella, como el más oscuro de su existencia, tuvo la proporción de una pequeña eternidad de agonía en los fosos.
Ethel subió la mano para acariciarle la mejilla. Nox hinchó el pecho. Sus ojos bajaron hasta su boca.
«Ah, mierda...».
—¿Puedo besarte? —preguntó Ethel.
Nox cogió aire despacio.
—Por favor —suplicó. Aquella voz y su anhelo. ¿Era él? Casi no se reconocía—. Por favor...
Ethel le puso una mano en el pecho empujándolo suavemente y él cerró los ojos con fuerza. Su tacto, era casi doloroso sentirlo.
Los dedos de Ethel se cerraron en torno a su camiseta y tiró de él a la vez que ella se acercaba, estirándose sobre las puntas de sus botas para besarlo.
Nox gimió.
Ethel llevó la otra mano hasta su pelo pasándole los dedos por la nuca. Nox le devolvió el beso.
—Joder —murmuró, y le hundió los dientes en el labio casi con demasiada fuerza.
La agarró de las piernas haciendo que rodearan su cintura al mismo tiempo que se movía para pegar su espalda contra la pared.
Ethel jadeó cuando él coló la lengua en su boca.
Un simple beso y estaba temblando de excitación.
Ethel comenzó a decir algo, con la voz ahogada contra su boca.
—Por favor, no digas que ha sido un error —suplicó Nox. Le besó el cuello, clavándole los dientes.
Ethel le tiró del pelo mientras se estremecía contra él. Le recorrió el labio inferior con la lengua y él volvió a besarla. Apretándola contra la pared hasta que sus cuerpos quedaron encajados.
Se preguntó si era porque nunca se había acostado con nadie en su forma mortal, que sentía todo aquello de un modo tan intenso. Si Ethel seguía estremeciéndose contra él...
Su visión se llenó de pequeños puntitos oscuros y tuvo que tensar los músculos. ¿Qué tipo de emoción era esa? Ni siquiera era la primera vez que se besaban y sin embargo...
—N-Nox...
—Dime.
El sonido rasposo de su respiración junto a su oreja lo estaba volviendo loco, lo empujaba fuera de sus cabales. Nox bajó la cabeza; presionó la frente contra la de ella tratando de recuperar algo de control.
—La verdad es que me gustas. Me gustas muchísimo —confesó Ethel, y le besó la mandíbula con una suavidad que lo hizo estremecerse.
Nox gimió al oírla.
—Vámonos de aquí.