70
Silas se había quitado la sudadera y bailaba con Ivy. Ella fingía no querer, pero como no obtenía la atención que deseaba de Nox, se contentaba con la de su mejor amigo. De fondo sonaban guitarras ásperas y una batería que retumbaba en el pequeño salón.
James estaba sentado en el respaldo del sillón con una botella de vino medio vacía.
Ethel reía. Sentía la cabeza ligera y todo le parecía muy divertido.
Nox aprovechó el momento para marcharse.
«¿Dónde escondes tus secretos, pastor?».
Tenía el estómago revuelto y el cuerpo le ardía, enfermo. La casa estaba plagada de cosas benditas: crucifijos, versículos bíblicos... Además, estaba seguro de que el muy cabrón había echado agua bendita por las paredes.
Nadie toma tantas precauciones si no tiene algo que ocultar.
Le dolía la cabeza y cada vez estaba más mareado. Tenía que darse prisa.
«Veamos —se preguntó—. ¿Dónde guarda la gente sus secretos?».
Se decantó por el sótano. La puerta tenía dos cerraduras con candado. Mucha precaución para tener ahí unos simples trastos.
Se aseguró de que nadie hubiese salido al pasillo y reveló su verdadera forma. Los cuernos brotaron de su frente, sus ojos brillaron y la piel se le llenó de sombras.
No le costó nada forzar los candados. Qué ingenuo, debía haberlos bendecido igualmente.
Empujó la puerta con el pie. El aire que salió de allí era húmedo y rancio. Y estaba cargado de un tufo a podrido.
Los peldaños de madera crujieron bajo su peso. Por cada uno que descendía, el hedor se hacía más fuerte.
Nox podía sentir una extraña energía pegándosele a la piel como telarañas. Sus sentidos, normalmente afilados, se entumecieron.
Encendió la luz, una bombilla solitaria que colgaba del techo.
El lugar estaba repleto de cosas. Pero lo que más llamaba la atención era un altar de madera sobre un montículo de tierra. Alrededor de este había un círculo de sangre.
Apestaba a magia negra.
En el altar había cuatro figuras de madera talladas con agujeros por todo el cuerpo y escrito, con alquitrán, un nombre en cada una: Morgana, Seraphine, Daphne y Ethel.
Su voz demoniaca silbó impresionada.
Había un trozo de papel clavado en la pared con una fecha apuntada. Y salmos en los que se suplicaba por la salvación de un alma.
—Vas a ir al infierno de todas formas, reces lo que reces.
En una mesa de madera pegada a un lado, había un libro abierto. Las páginas estaban manchadas. Estaba escrito en latín, tenía anotaciones torpes en los márgenes con caligrafía más moderna: la del pastor. Había subrayado ciertas partes.
Lo cogió y se lo guardó en la chaqueta. Pruebas. Necesitaba pruebas para poder matar a ese cabrón.
El sótano era la mitad que la primera planta, pero aun así estaba atestado de cosas. Armarios viejos con cerrojos oxidados y cajas de cartón apiladas encima, archivadores destartalados con los cajones desencajados repletos de carpetas.
Les echó una ojeada rápida. Muchos eran planos de terrenos alrededor de Ebonwick, solares que no estaban construidos y zonas del bosque en las que no se podía edificar.
Nox miró otra carpeta. En esta aparecía el árbol genealógico de las Ashbourne. Información sobre la fundación de su farmacéutica y noticias locales. Todas eran antiguas, menos la última. Era de ese mismo año; de finales del curso anterior.
El rostro de Ethel salía en primer plano. Parecía otra persona, estaba más delgada, tenía unas ojeras tan profundas que parecían hematomas, y los ojos... Por los siete círculos...
Arrugó el recorte entre los dedos al apretarlo.
Estaba vacía, era como mirar una cáscara, un cadáver.
«Tragedia sacude instituto de Arven», decía el titular:
Cinco chicos acaban en cuidados intensivos por el derrumbe de una de las vigas del gimnasio, y una alumna ingresa en el ala de psiquiatría por un fuerte brote psicótico. Estaba presente cuando ocurrió y fue la única que salió ilesa.
Hizo una bola con la hoja apretándola en su puño.
La furia le calentó la sangre. Podía imaginar con facilidad lo que había ocurrido en realidad.
Ahora entendía por qué ella había parecido tan rota a principios de curso.
La fecha de los acontecimientos coincidía, además, con el momento en el que el jefe le anunció cuál iba a ser su tarea.
Recordó algo y volvió a mirar la carpeta anterior, la de los planos. Se fijó en las letras que había en los bordes, antes no les había prestado atención. Todas esas propiedades eran de las Ashbourne y, junto a ellas, Whitmore había anotado en cuánto estaban valoradas.
—Avaricia —susurró Nox, comprendiéndolo todo por fin.
A Altairon no le iba a gustar nada aquello.
Nox se guardó la carpeta en la chaqueta. Las manos le temblaban ligeramente.
Tenía que salir de allí antes de que notasen su ausencia. Podía oír la música. Se tambaleó ligeramente. El cuerpo le ardía. Se pasó la mano por la frente, que tenía impregnada de sudor. El aire, que ya antes apestaba a óxido y a humedad, lo estaba ahogando. Grueso.
Maldijo. Había pasado demasiado tiempo ahí dentro, con toda esa carga bendita, y ahora se sentía débil e intoxicado.
Intentó subir las escaleras. Se agarró al pasamanos y se encorvó cogiendo aire.
No era la primera vez que le ocurría. Una vez cometió la estupidez de intentar entrar en una iglesia y casi murió dentro. Por suerte, Nocte lo sacó de allí.
El primer peldaño fue fácil. El segundo, menos. El tercero le pareció como escalar una puta montaña. Hundió las garras en la madera para tirar y se acordó de que debía volver a su forma humana para salir.
Pero su cuerpo estaba en modo supervivencia y no era capaz.
Los escalones se curvaban y combaban. O quizá solo era su mente. Se pasó la mano por la nariz y se secó un rastro de sangre tan oscura como brea.
Se te está triturando el cerebro.
Sentía los dientes dormidos, los labios insensibles.
Gruñó y se obligó a hacer un último esfuerzo.
Llegó arriba tambaleándose y con la cabeza zumbándole. La puerta del sótano apareció frente a él y trató de empujarla. Trastabilló hacia el pasillo. La casa entera parecía girar. Cayó en el umbral de rodillas, respirando el aire más limpio y menos viciado del vestíbulo.
El problema era que aún tenía su aspecto de demonio.
—¡Mierda! —exclamó.
—¿Nox? —Oyó la voz de Ethel que lo llamaba. Debía de haberlo oído.
Se apoyó en la pared para ponerse de pie, pero no lo consiguió. Todavía podía ver las grietas de sombras en su piel. Apretó los párpados, por favor, no podía dejar que Ethel lo viese así. No estaba preparado para enfrentarse a su rechazo.
—¿Nox? —volvió a oír su voz, ahora más cerca.
Maldijo para sí mismo. Nunca se había avergonzado tanto de lo que era. Nunca le había asustado tanto la mirada de una persona.
Los cuernos desaparecieron, sus ojos, sus dientes, todo se volvió humano, lo último en cambiar fue su piel, justo cuando ella se paró frente a él.
Nox levantó la vista siguiendo el curso de sus piernas, hasta el borde del vestido.
Ethel se agachó. Le pareció que decía algo. Se había quitado el abrigo y tenía el pelo recogido en una trenza algo deshecha. Nox tuvo entonces a la vista el escote de su vestido encorsetado. Debajo llevaba una camisa de cuello alto con una abertura justo en la zona del pecho.
Apartó los ojos turbado.
Estás hecho una mierda.
«Gracias, lo sé».
Ethel le sostuvo el rostro con cuidado.
Él cerró los ojos.
«Mmm».
—Nox. ¿Qué te pasa?
«Ah... eso es lo que está diciendo».
Volvió a abrir los ojos. Ethel tenía las mejillas encendidas, los labios enrojecidos por el vino. Existía un lugar en el infierno para lo que él estaba sintiendo, para lo que él quería hacer con ella.
Nox trató de hablar, pero la garganta se le cerró.
—Es... el sótano. No bajes ahí.
Ethel lo guio hasta el baño y cerró la puerta tras ellos. Nox se sentó en la taza del inodoro y echó la cabeza hacia atrás. El aire ahí era más limpio.
Por lo que sea, al pastor no le ha dado por bendecir esta habitación. ¿No le apetece leer unos versículos mientras se sienta en el váter?
—Estás ardiendo —dijo Ethel, y se arrodilló delante de él. Su voz sonaba algo pastosa, un poco arrastrada por el alcohol. Estaba preocupada.
Nox, como el buen demonio que era, se alegró por ello.
«Eso es, mírame solo a mí, consúmete igual que lo estoy haciendo yo, deja que sea lo único que haya en tu cabeza».
Encantador.
En cuanto Ethel le acarició la frente con cuidado y vio sus ojos algo vidriosos, se arrepintió de sus pensamientos. Era demasiado amable, era demasiado buena para merecerse lo que era él.
Ethel alzó una mano temblorosa. Le costaba concentrarse. El vino le nublaba la mente, pero la urgencia empujaba más fuerte.
Podía hacer un simple hechizo de curación, no uno muy potente, pero uno básico no le costaría demasiado. Cogió la bolsita de pétalos.
Buscó por el baño hasta dar con algo con lo que cortarse el pulgar. Eligió una hoja de afeitar y mezcló su sangre con el polvo de rosas.
—¿Puedes subirte la camiseta?
Nox arqueó las cejas. Se agarró el borde y la levantó mostrando su cuerpo desnudo. Era evidente que se sentía muy cómodo en su piel, no había dudado ni un momento en hacerlo.
Ethel se inclinó. Sus ojos se estrecharon y se mordió el labio mientras se concentraba en dibujar una runa de curación sobre el pecho de Nox, cerca del tatuaje de la araña. Él se estremeció. La piel se le erizó y los músculos se le tensaron bajo las yemas de sus dedos.
Ethel apoyó la mano libre en su muslo para sostenerse. Estaba tan cerca que su aliento le hacía cosquillas en las clavículas. Nox miró al techo y contuvo la respiración. «Joder». Separó los labios y sus ojos la buscaron de nuevo. No tenía claro si aquello era más tortura que otra cosa.
—¿Te duele? Estás muy tenso.
Nox se obligó a mantener la respiración estable.
—Estoy bien —dijo con la voz estrangulada.
Tortura, sin duda, concluyó cuando sintió su aliento rozarle la piel y su mano moverse lenta por su pierna mientras se echaba hacia delante. Pero la clase de tortura que habría soportado con gusto por toda la eternidad.
Ethel se apoyó en su abdomen. Nox dejó escapar un sonido ahogado que ella interpretó como un gesto de dolor.
—Ya casi está. Hará efecto en un momento, si lo he hecho bien...
Patético. Te estás comportando como uno de estos adolescentes mortales. Excitado simplemente porque ella te ha puesto las manos encima.
Ethel se apartó. Y fue un alivio al mismo tiempo que una decepción. Nox se levantó y le dio la espalda, apoyándose en el lavabo.
La piel le vibraba ahí donde Ethel lo había tocado, como si sus manos le hubiesen dejado quemaduras.
Poco a poco la mente se le aclaró y dejó de sentir náuseas.
Las sienes ya no le latían y su respiración volvió a la normalidad.
A través del pequeño espejo se encontró con los ojos de ella, que lo observaban preocupados.
—Gracias.
—¿Has...?
—¡¿Ethel?! —La voz de Silas la cortó, y ella dio un respingo. Parpadeó como si volviese en sí.
—Deberíamos volver antes de que... —dijo Ethel—. Ivy se preguntaba dónde estabas —soltó de forma inconexa, y se marchó sin que a Nox le diese tiempo a decir nada.