69
Ghom miró el suelo encharcado del piso e hizo un puchero.
—No nos devolverán la fianza del alquiler —suspiró con tristeza.
—Eres un demonio, ¿de qué te sirve el dinero de los mortales?
Nox miró la hora en el reloj de la cocina. Estaba seguro de que Ivy llegaría antes que el resto de sus compañeros. Ella desearía pasar un rato a solas con él.
Se quitó la camiseta y se la colocó en el hombro, mojada. El timbre sonó en ese momento y él se apresuró a abrir mientras le indicaba a Ghom que se escondiese.
—Hola —saludó en tono apresurado.
Los ojos de Ivy se abrieron, bajaron por su torso y se pararon en los tatuajes del pecho. En la araña que tenía en uno de los pectorales.
—¿Estás... desnu... mojado?
Ivy pareció turbada, justo lo que él necesitaba.
—Problemas técnicos. Se ha roto una cañería en la cocina y está todo inundado —respondió, haciéndose a un lado para mostrar el suelo encharcado—. Mi tutor está llamando al seguro para que venga alguien.
—Oh, vaya —musitó ella, todavía distraída por el aspecto de Nox—. ¿Entonces no podemos hacer el trabajo aquí?
Nox se pasó una mano por el pelo, preocupado, agobiado.
—Me temo que no. James y los demás llegarán en cualquier momento y... juraría que ambos dijeron que sus casas no estaban disponibles hoy.
—¿Ah, sí?
Nox ladeó la cabeza con una sonrisa apenas imperceptible.
—Sí. —Hizo una pausa, suspiró derrotado—. Puedo preguntarle a Ethel. Si le explico lo que ha ocurrido, seguro que nos ofrece ir a su casa.
Sus ojos buscaron los de ella.
—¡No! —se apresuró a decir Ivy—. Podemos ir a mi casa.
Nox arqueó las cejas.
—Pero tus padres...
—Es para un trabajo de clase, lo entenderán. Además, llegarán tarde y ya os habréis marchado.
Nox se apoyó en la parte superior del marco de la puerta. El gesto hizo que los músculos de los brazos se le tensaran. Los ojos de la chica los recorrieron, fijándose también en la tinta que los decoraba.
—Gracias, Ivy.
Ella tragó saliva.
No seas tan arrogante.
«¿Qué puedo decir? Soy así de increíble».
Silas y Ethel aparecieron en el rellano en ese momento. Ella los observó con detenimiento.
«Ojalá fuese igual de fácil con Ethel», pensó Nox. Sus dedos apretaron con más fuerza el marco de madera y se apartó enderezándose.
—Voy a vestirme —anunció antes de dedicarle una última mirada a Ethel.
Silas agarró a Ethel de la muñeca y tiró para obligarla a subir los escalones de entrada a la casa de los Whitmore.
—El pastor no está. Tranquila.
—No es buena idea. No quiero que se enfade y...
Y que mandase a otro subyugado, espectro o cualquier otra cosa a por sus tías o a por ella.
Había parado en un teléfono público para llamar a la mansión y explicar por qué su figura estaría en casa del pastor Whitmore y que no se alarmasen.
Temía que, de no haberlo hecho, Seraphine se habría plantado allí, lista para derribar la casa.
—Mi padre ha hablado con él para decirle que pare. Nunca ha estado muy cabal, pero ahora se le ha ido por completo la cabeza —dijo Silas.
Ethel lo miró.
—Pero la gente lo cree. —Sus ojos atravesaron al chico—. ¿Cómo pueden las palabras de una única persona convencer a otros para odiar tanto?
—Porque son infelices, porque tienen problemas y rabia, porque en el fondo, muy en el fondo, se odian a sí mismos y, como no son capaces de enfrentarlo, descargan ese odio en otros.
Eso los libera, ¿sabes? Si te enfocas mucho en algo, dejas de ver toda la mierda que tienes a tu alrededor y dentro de ti. Es una forma de escape.
—Me cuesta pensar que el mundo sea un lugar tan oscuro, que seamos así de crueles —dijo para sí misma.
—Tú más que nadie deberías saber que así es. La gente solo es amable si les beneficia. A lo mejor simplemente porque les hace sentirse mejor consigo mismos... Pero somos criaturas egoístas.
Silas sonrió y entró en la casa tras los pasos de James, que iba delante de ellos. Ethel, que lo siguió con la mirada, se topó con los ojos oscuros de Nox. Cogió aire por última vez y cruzó el umbral.
La casa del pastor le recordó vagamente a una crisálida.
Estrecha y oscura, y meticulosamente ordenada.
El recibidor estaba revestido de madera, con una lámpara de lágrimas que apenas iluminaba el espacio.
Las paredes estaban repletas de marcos con versículos bíblicos bordados, relojes de péndulo y cruces talladas.
Una alfombra algo raída cubría las escaleras que subían al piso superior.
A la derecha había un pequeño salón con muebles austeros.
El ambiente resultaba irrespirable, cargado. La atmósfera pesaba más allí que afuera, y le dolió la cabeza.
Ivy colocó una bandeja con vasos y zumo, y luego se sentó frente a Nox. James se acomodó a su lado con desgana y sacó su cuaderno arrugado. Silas no tardó en situarse junto a Ethel, tan cerca que sus brazos se rozaban cuando escribían.
Nox arqueó las cejas al verlo. Se giró hacia Ivy.
—¿No tienes algo más fuerte? No somos niños de primaria —le susurró, señalando el zumo.
Ella enrojeció. Se levantó y trajo una botella de vino.
—Pensaba dejarla para cuando acabásemos el trabajo —se excusó, estirando el cuello.
Nox le sonrió. Él tenía otros planes.
—Tú lo tienes fácil. Estoy seguro de que tu abuela se sabe bien las leyendas del lugar —le dijo en tono confidente Silas a Ethel.
Ethel detuvo su bolígrafo sobre la hoja de papel y lo miró.
—Si lo dices por su edad, se lo comentaré.
Silas le dedicó una sonrisa enorme; parecía un niño travieso cuando lo hacía.
—No, por favor. Tu tía Seraphine parece perfectamente capaz de envenenar a alguien.
Ethel escondió una sonrisa pequeña. Se lo contaría al llegar, seguro que apreciaría el comentario.
Ivy se aclaró la garganta para llamar la atención de todos y Ethel se giró en su dirección. De nuevo se topó con los ojos de Nox atravesándola.
Tenía un bolígrafo entre los dedos y lo giraba con calma, apoyado contra el respaldo de su silla.
Ethel tuvo la intención de dejar de mirarlo. Pero Nox no quiso soltarla. La atrapó en sus ojos. La dejó clavada e inmóvil, como a esos insectos a los que se pretende diseccionar.
—¿Nox? —lo llamó Ivy, alzando la voz.
Él parpadeó. Y por fin la liberó.
—¿Hmm? —dijo girándose hacia ella.
—Te preguntaba qué parte quieres hacer.
Nox parecía distinto. Estaba distraído y ansioso. Ethel deseó preguntarle qué le ocurría o qué le preocupaba. No lo haría, por supuesto. Ella lo había echado, lo había apartado, le había suplicado que la dejase en paz.
Silas se movió y su brazo rozó el de ella.
—¿Alguna preferencia para la historia?
Ethel negó con la cabeza.
—Sin duda, deberías investigar las leyendas de las brujas. Sería un gran punto a nuestro favor. Una declaración de rebeldía por tu parte.
Eso consiguió hacerla reír.
— Rebelde no es algo que jamás haya asociado conmigo misma.
—Deberías serlo más.
—¿Y contra qué me rebelaría?
Algo brilló en los ojos verdes de Silas. A ella le pareció fuego, una pequeña llamarada.
—No lo sé, Ashbourne. ¿Contra qué se te ocurre? ¿No deseas cambiar la narrativa? Lo que dicen... O quizá deberías abrazar justamente eso.
Ethel temió que Ivy lo hubiese oído y estiró la mano para agarrar a Silas del brazo, se lo apretó haciéndole callar. Su pequeño contacto lo frenó en seco.
Ethel levantó la mirada para ver si Ivy había prestado atención a lo que Silas decía.
No quería de ningún modo empeorar la situación.
Pero Ivy no les estaba prestando atención.
Miraba a Nox, que a su vez fulminaba a Silas.
Ya no jugueteaba con el bolígrafo. Sus dedos descansaban quietos, en tensión, sobre la mesa.
Había una sombra en su mandíbula, un músculo que se contraía.
—¿Todo bien? —le susurró Ivy, rozándole los nudillos.
Él no la miró. Se pasó la lengua por el carrillo.
—¿Por qué no abrimos el vino? —propuso de pronto, llamando la atención de todos.
—Claro. Sí —dijo Ivy.
—Brindemos por este grupo de trabajo —exclamó Nox con sorna, y rellenó los vasos de todos.
Clavó los ojos en los de Ethel; estaban tan vacíos que dolía.
Qué era el corazón sino una herida, y las emociones, el resultado de hurgar en ella hasta hacerla sangrar.
Si era así, Nox preferiría no haberlas descubierto. Ahora entendía por qué los mortales se volvían tan locos, por qué iban hasta donde iban, por qué corrompían su alma y hasta la vendían a cambio de sofocar sus sentimientos.
Él mismo deseaba la curación para aquel tormento. Si el anhelo te está destruyendo, si desear algo te mata, claro que asegurarías una eternidad en el infierno a cambio de obtenerlo.
¿Otra vez planteándote la forma de dejar de ser lo que eres?
Nox se pasó una mano por el pelo y dejó escapar una risa amarga. Levantó su copa y se la bebió de un trago.
Ethel miró su copa y se la llevó a los labios. Cerró los ojos ante el sabor amargo y dulzón, que se le agarró a la garganta.
—¿Puedo poner música? —preguntó Silas, ya con el segundo trago en el cuerpo, y se levantó de la silla sin esperar respuesta.
—No es una fiesta —protestó Ivy, pero sin convicción.
Él ya estaba poniendo en marcha el reproductor de música.
James se estiró y cerró el cuaderno. La idea de beber le parecía mucho más entretenida. Ivy se quedó mirando a Nox como si esperase que dijera algo. Pero él estaba absorto en Ethel, que estaba sirviéndose una segunda copa, que se bebió deprisa. Arrugó la cara con una mueca de asco.
Nox le quitó la botella cuando fue a alcanzarla para ponerse más.
—¿Qué haces?
Ethel tragó.
—Yo...
—No bebas tan deprisa, te sentará mal.
Silas le quitó la botella a Nox de la mano para servirse a él mismo y a Ethel.
—No te pega eso del chico responsable, Harker.
Ethel evitó mirarle.
¿Cuánto le puede quedar de vida? ¿Setenta años con suerte?
Eso en Umbraeth era una nimiedad. Esperaría con ganas la llegada del alma de Silas Holloway al infierno. Pero ahora no podía distraerse, por fin había conseguido llevar la situación al lugar que deseaba.