Flor de sangre (Flores malditas 1) 68
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Ivy tenía totalmente prohibido llevar a nadie a casa si sus padres no estaban, así que estaba descartado del todo ir allí a hacer el trabajo.

Silas y James habían mirado con curiosidad a Ethel, como si esperasen que ella ofreciese la mansión Ashbourne.

Pero con todo lo que estaba ocurriendo, no lo haría.

—Podemos hacerlo en mi piso —dijo Nox, sin darle mayor importancia.

Ivy lo agarró del brazo mientras le decía algo sobre el trabajo y cómo organizarse. Los ojos de Ethel se movieron hacia ese punto exacto donde ella lo tocaba. Se despidió y se apresuró a marcharse.

Nox la siguió con la mirada.

—Gracias por ofrecer tu casa —murmuró Ivy mientras salían al pasillo—. Mi padre está sustituyendo a otro pastor en Grimford y no está ninguna tarde aquí...

Nox la miró.

—¿Y tu madre?

Era una respuesta que ya sabía, pero siempre venía bien confirmarlo.

—Está dando unos cursos por todo el valle. Ahora que se aproxima la Navidad hay muchas personas que se acercan a la fe...

—¿Estás sola, entonces?

Los ojos de Ivy brillaron como los de un cazador frente a una presa.

—Sí. La mayoría de las noches, incluso ceno sola.

—Debe de ser duro cumplir todas esas normas y que no te dejen llevar nunca a nadie a casa —susurró Nox usando su voz más encantadora.

Ivy asintió muy despacio.

Nox captó un vistazo de Ethel al final del pasillo, le pareció que iba hacia los baños y se despidió de Ivy distraído.

Se detuvo un momento frente a la puerta. Emboscarla de esa forma no era la mejor idea. Tampoco era el lugar más adecuado, pero no iba a tener otra oportunidad mejor que esa. Ethel lo rehuía con más intensidad después de lo que pasó en el invernadero.

Nadie se comporta de esa forma si no siente nada.

Ethel estaba apoyada en uno de los lavabos. Se había humedecido la cara. Su americana estaba colocada en el poyete, tenía la manga de la camisa remangada y en su brazo podía verse un brazalete rojo. No. Era hilo, hilo enrollado con varias vueltas.

Al verle se asustó y se bajó la manga deprisa.

—¿Qué haces aquí?

Nox frunció el ceño.

—¿Estás bien? —preguntó con la garganta seca.

Dijo eso en lugar de «he estado esperando encontrarme contigo desde que te fuiste del invernadero y desde entonces no he soportado estar en mi propia piel». La primera opción le parecía más fácil de manejar y también la ahuyentaría menos.

Ethel dejó escapar un pequeño suspiro.

—Sí. Gracias.

Su sonrisa, aunque pequeña, fue genuina. Sus ojos, conmovidos, le hicieron sentir la mejor persona del mundo.

Precisamente algo que tú no eres.

Pero deseaba con desesperación serlo para ella. Ser lo que ella creía ver en él.

«Podría... podría cambiar, podría serlo».

Pero eres lo que eres: un demonio, un heraldo.

Ethel estaba interesada en esa versión falsa de sí mismo, lo que quería decir que no estaba interesada en él en absoluto.

Oh, vamos, eres lo suficientemente tramposo y retorcido como para que no te importe engañarla con tal de que siga siendo así. Permítetelo.

—Pareces cansada.

Estaba tan pálida que, de no haber tenido los ojos abiertos, le habría parecido muerta.

—Tú también. ¿Te ha ocurrido algo?

Con qué facilidad, pensó Nox, se ganaba Ethel su corazón, o lo que sea que él tuviese dentro del pecho. Solo necesitaba mostrar un mínimo de interés para tenerlo a sus pies.

«Me has ocurrido tú», pensó.

—He dormido poco —dijo, aunque eso era quedarse muy corto. Más bien no había dormido en absoluto. Había cerrado demasiados contratos en una noche y eso le había llenado la cabeza de susurros, el sabor de los pecados le había revuelto el estómago.

Los demonios no enfermaban, pero se había sumido en una especie de estado febril. Y Ghom se había pasado la noche revoloteando a su alrededor queriendo cuidarlo y sermonearlo a la vez.

Ella lo observó, ladeando la cabeza con ese gesto suave que a él le resultaba tan tierno. Era lo que una persona haría con un animal herido.

—Ahora respóndeme en serio. Vi lo que ocurrió ayer. ¿Cómo estás?

Ethel se tensó; sus hombros, sus manos, su espalda. Evitó su mirada.

—No fue para tanto. —Se encogió de hombros restándole importancia.

—¿Ah, no? —repitió él.

Tenía que controlarse. No dejar que la rabia le subiera por la garganta y le nublara el juicio.

Ella se giró para mirarlo, con la espalda apoyada en el lavabo. El sol de media mañana entraba por la pequeña ventana del baño, proyectando rectángulos de luz sobre los azulejos.

Nox estrechó los ojos. Durante una milésima de segundo esperó ver brotar plumas en su espalda.

—¿Qué es lo que quieres, Nox?

La pregunta flotó entre ellos.

Él se rio, sin humor.

—Quiero... —comenzó—. Quiero saber que estás bien. Porque me importa, me importa mucho.

Ethel se miró las manos, de nuevo escondiéndose de él. Aunque el sonido entrecortado de su respiración la delató.

—No lo estoy —confesó—. Pero espero poder estarlo de nuevo.

Ethel se sentía muy cansada. Débil. Había algo raro en su cuerpo. Tenía una enorme sensación de hambre y al mismo tiempo un nudo en el estómago. Y no dejaba de ver...

Apretó los párpados e hizo un gesto de dolor.

Debía haber hecho mal el conjuro de valentía. Seguramente se había pasado usando hilo y la estaba drenando por completo.

—Ethel.

Ella levantó una mano para frenarlo y la bajó rápidamente antes de tocarle. Estaba harta de anhelar y perder.

—Por favor —le pidió—. Quiero, necesito estar sola ahora mismo. Por favor.

—Ethel.

—Solo me encuentro un poco mal. —La voz le salió endeble—. Debe de ser porque no he desayunado.

—¿Y por qué te cuesta tanto pedirme ayuda, joder? —Nox salió del baño y fue hasta una de las máquinas expendedoras que vendía chocolatinas. Miró que no hubiese nadie en el pasillo y le dio un golpe con la mano haciendo que cayeran un par.

Robando para el angelito.

«A veces ser un demonio tiene sus ventajas, como no pagar».

Nox volvió a entrar en el baño y le tendió una chocolatina a Ethel. A ella se le humedecieron los ojos cuando lo miró y la tomó.

Y aunque había muchas cosas que Nox deseaba decirle, se marchó para dejarla sola.