67
Ethel no se sentía capaz de ir a clase. Quería hacerlo. No deseaba rendirse, perder aquello que tanto le había costado tener. Pero físicamente no podía. La sola idea de poner un pie fuera de la mansión la hacía temblar tan fuerte que le revolvía el estómago.
Gracias a que la inspectora Harper había avisado a su tía de lo que había ocurrido en el sermón del domingo, su familia había decidido no dejarla sola en ningún momento. Era el eslabón más vulnerable.
Por eso, su abuela había ido a buscarla a clase. No podía imaginar qué habría ocurrido si no hubiese aparecido. Se estremeció al pensarlo. Su magia seguramente se habría descontrolado y...
—Estaremos contigo, no te preocupes —le había dicho Morgana.
Debería volver a la ciudad, con sus padres. Debería terminar de estudiar su último año en casa. Marcharse lejos, empezar en otro sitio. No se sentía preparada para que ocurriese algo similar a lo que pasó el curso anterior.
Su mente casi no lo había soportado. Había pasado el peor verano de su vida encerrada en el hospital. Y tenía la certeza de que, si recaía, de que si volvía a experimentar algo igual... No, no lo superaría.
Quizá lo mejor era terminar de estudiar en casa. Volverse más fuerte como bruja, como persona...
—¡Déjame en paz, Daphne! —Oyó que Seraphine chillaba en la cocina.
—¿No te das cuenta de lo que nos jugamos?
—Que vengan las Trece. Si no puedo proteger a mi familia, de qué me sirve a mí su ley, es absurdo.
—Madre ha pedido una audiencia con ellas y lo solucionaremos.
—Odio la puta burocracia. Puedo ir a maldecirlo ahora —gruñó furiosa.
En las escaleras, Ethel se sentó a escucharlas. Odiaba a Whitmore y odiaba a la gente de ese pueblo por hacer sufrir a sus tías y a su abuela. Todo aquello la hacía sentir muy impotente. No era justo.
Se limpió unas lágrimas rabiosas. Dolía demasiado. Como si le presionasen una plancha ardiendo contra el pecho. «Si fuese más fuerte... Si pudiese hacer algo para ayudar...».
Subió de vuelta a su habitación. Tenía que parar aquello, tenía que arreglarlo.
—Sera, piensa fríamente —le pidió su melliza—. No podemos convertirnos en eso que creen que somos. Nosotras no maldecimos a la gente.
—¿Me pides que me quede de brazos cruzados mientras un fanático intenta destruir a mi familia? ¿Por qué tenemos que mirar para otro lado? ¿Por qué no podemos defendernos de quienes nos hacen daño?
—¡Porque entonces tú también te conviertes en una abusona, Seraphine! —gritó Daphne, enfadada, dando un golpe en la mesa.
—Odio esa retórica retorcida. ¿Acaso solo eres víctima si te dejas pisotear? Si te defiendes, ¿te pones a la altura de quienes te maltratan? —Hizo un sonido despectivo—. Gilipolleces.
—Iré a clase —anunció Ethel, entrando en la cocina.—. Estoy bien. Tenéis mi figura y sabréis si me ocurre algo. —Interrumpió la discusión de sus tías.
Había usado el mismo encantamiento de valor que en la fiesta de cumpleaños de Silas. Se había anudado el hilo rojo en el brazo izquierdo, lo más cerca posible del corazón. Le había dado tres vueltas. El uniforme lo cubría, de modo que sus tías no lo vieran.
No quería ser una carga nunca más.
—No tienes que ir si...
—Iré —sonrió—. Estaré bien.
Cogió un panecillo de la mesa y se marchó.
Cuando estuvo lejos de casa, lo tiró a la basura. Si comía cualquier cosa, vomitaría.
Al cruzar las puertas del instituto, se sintió mareada.
La magia del hilo le calentaba la piel de lo rápido que se consumía.
Todo lo de su alrededor estaba desdibujado, como si estuviese sumergida en agua.
Los sonidos llegaban lejanos; las imágenes, distorsionadas.
Solo oía su respiración y el eco de sus pasos. Susurros de fondo. Enjambres de moscas.
Le pareció que cientos de ojos parpadeaban y se clavaban en ella como flechas que le atravesaban la carne.
Respiró.
Bajó la vista hasta sus manos y se concentró en sus pasos.
Tac. Tac. Tac.
Las suelas de sus zapatos resonaron sobre el mármol del suelo.
Sonrió. Ya casi. Solo debía aguantar un poco. Soportarlo un poco más.
Un chirrido eléctrico vibró en la megafonía, interrumpiendo el murmullo matinal. Ethel ni siquiera lo notó. Tardó más que el resto en procesar lo que estaba oyendo. La voz de una chica. Estaba ahogada, tensa.
—Deseo que... —jadeó en los oídos de todos los alumnos.
Ethel se frenó de golpe, notando que nadie la estaba mirando, que nadie la veía ni le prestaba atención. Era invisible, porque los oídos, los ojos y las bocas del resto estaban puestos en lo que se escuchaba por la megafonía.
La voz jadeante de la chica susurraba sus más oscuros anhelos, cargada de egoísmo, crueldad y vulnerabilidad. La gente comenzó a girarse, buscándola.
Ethel se dio cuenta de que debían reconocer a quién pertenecía la voz. Los rostros se llenaron de asco y repulsión. Risas, cuchicheos. Desagrado.
Otra voz estalló en los altavoces, esta vez de un chico.
—Deseo que...
Alguien chilló en el pasillo y Ethel se giró.
Era un alumno de su curso. Su rostro se desfiguró en una mueca de horror. Miró a su alrededor. Asustado, desorientado, avergonzado mientras se oía a sí mismo confesar lo más oscuro de su alma frente a todos sus compañeros.
Risas nerviosas, gritos ahogados, pasos inciertos comenzaron a agitar el instituto.
Una tras otra, llegaron las grabaciones.
Voz tras voz, confesión tras confesión.
La gente comenzó a preguntarse qué ocurría. Quién había hecho aquello, quién estaba exponiendo a todas esas personas.
Ethel era libre. Respiró. Se llenó los pulmones. Sus compañeros la habían olvidado, sacudidos como estaban por aquellas confesiones.
Ahora, el peso de la vergüenza se les había pegado a otros, como una mancha de aceite en la lengua. Ahora, eran otros los que estaban siendo señalados.
Y mientras la última voz sonaba —una chica que deseaba que su hermana pequeña desapareciese para volver a tener la atención completa de sus padres—, el caos estalló del todo.
Nox, apoyado en la barandilla de las escaleras de la primera planta, observó las consecuencias de su venganza. Si Altairon se enteraba, lo castigaría. Pero cumpliría el castigo con gusto.
—¿Quién ha podido hacer algo así? —se preguntó Ivy, temblando a su lado.
—Alguien muy cruel —contestó Silas con una media sonrisa en la boca.
—Les han arruinado la vida —susurró Ivy, pero bajo la consternación había diversión.
—No. Olvidáis rápido —murmuró Nox.
—¿Has dicho algo, Harker? —preguntó Silas.
Nox se puso en camino hacia su primera clase. Literatura.
—Digo que en unas semanas estará todo olvidado.