Flor de sangre (Flores malditas 1) 66
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Se limpió el barro de las manos en la falda. Se había hecho un corte en la palma que estudió con atención. La sangre brotó muy despacio.

Alguien pasó por su lado y se apartó unos cuantos pasos mientras murmuraba con desprecio en voz baja. Ethel levantó la cabeza y observó a las dos mujeres que habían chocado con ella empujándola hacia un charco de nieve derretida.

Apenas se había alejado unos metros del instituto en dirección a su casa. Tenía que haber ido por el bosque como a principios de curso para evitar toparse con la gente del pueblo. Debería haber supuesto que algo así podía pasar.

Pensó en cómo había huido de Nox un rato antes, y se alegró de haberlo hecho.

Los demás alumnos salían y la miraban. Nadie le ofreció su ayuda.

Una de las mujeres escupió al suelo.

Cuando sus ojos se posaron sobre sus rostros, ambas se encogieron; de miedo, de asco...

El mismo gesto. Las mismas reacciones. El mismo espacio vacío que siempre parecía rodearla.

Y, durante un segundo, dejó de estar en Ebonwick. El paisaje cambió.

La rodearon las risas ahogadas en los pasillos. Las notas que encontraba en su mochila. El calor de la vergüenza subiéndole por el cuello.

Ethel cerró la mano con fuerza. El corte se abrió más.

Le costó respirar.

Se encogió, llevándose los brazos al pecho. Deseó hacerse pequeña. Deseó desaparecer.

La sangre de su mano le manchó la camisa blanca mientras ella apretaba y apretaba.

«Cinco cosas que puedo ver», pensó, tratando de salir de aquel agujero negro.

Alguien la agarró con suavidad de los hombros y la abrazó. El olor familiar la hizo sentir segura. Le acarició el pelo con ternura.

«Estoy a salvo», pensó.

—No pasa nada, fawnlet.

Ethel comenzó a temblar con fuerza mientras lloraba. Se esforzó por hacerlo en silencio. Tratando de que nadie lo notara. No quería volver a pasar por lo mismo. No podía.

La mataría.

Su abuela la abrazó más fuerte tratando de calmar las sacudidas violentas de su cuerpo.

Había conseguido algo de paz. Pero había vuelto de nuevo.

Había sido tan bueno y tan efímero.

—¿Qué miráis, imbéciles? —gruñó alguien.

—Vamos, fawnlet . Vamos a casa.

Ethel sintió tanta vergüenza de sí misma, le dolió tanto que su abuela la viese en ese estado, que se sintió enferma.

—Lo siento —susurró—. Lo siento.

Morgana la rodeó con un brazo y la guio hacia casa.

Nox escaneó la multitud que estaba allí parada. Memorizó sus rostros, sus expresiones, sus pecados.

Ahora ya sabía por qué Ethel había llegado tarde. El pastor Whitmore había dado un discurso en su sermón del domingo en contra de las Ashbourne. Había vertido una cantidad de odio y ponzoña suficiente para envenenar aún más las mentes de sus seguidores.

Qué sencillo era alimentar el odio en los mortales. La mayoría parecían predispuestos a ello, y en Ebonwick tenían grandes antecedentes.

La historia parecía repetirse siglos después. Aunque no pensaba permitirlo.

—Debe tener cuidado —le dijo Ghom.

—Soy un demonio, nos alimentamos de los pecadores y eso voy a hacer —contestó Nox.

—Que se lleve una docena de almas a la vez no es muy común, señor.

—Irán al infierno de todas formas —gruñó Nox.

Ghom se movió inquieto a su alrededor.

—Siempre hay que darles la posibilidad de la redención.

Los ojos fulgurantes de Nox atravesaron a Ghom. Estaba furioso y serio, de una forma que Ghom no acostumbraba a ver.

—Eso es propaganda de ahí arriba. —Arrugó el gesto—. Estos son basura y nunca dejarán de serlo. El pecado está bien enraizado en sus almas. No me costará nada. Hace unas cuantas décadas habría sido mucho más difícil hacer lo que planeo.

—Está mezclando sus sentimientos personales con el trabajo, señor.

—¿Y qué? Eso hace tiempo que ha dejado de importarme.

Nox sonrió y sus colmillos sobresalieron.

Agradeció que en esa época del año oscureciese tan temprano. Solo había tenido que esperar una hora para que fuese noche cerrada.

Cuando un alma estaba muy corrompida, cuando estaba en caída libre, cerrar un trato era muy sencillo. Prácticamente eran ellos quienes los llamaban. Los demonios tenían problemas si trataban de corromper a quienes no lo estaban. Eso les hacía tener disputas con los serafines, así que lo evitaban.

Aunque a los mortales les gustaba echarles la culpa de su caída. Como si no fuesen ellos mismos los que tomaban todas y cada una de las decisiones que los hacían descender.

Empezó por las dos mujeres que habían chocado con Ethel y la habían empujado. Olían a podredumbre. A envidia. A soberbia. Qué fácil se siembra odio cuando se está tan podrido por dentro.

Apenas le costó un par de susurros que le revelasen lo que más anhelaban.

—¿Qué darías por tenerlo?

—Cualquier cosa. Lo que sea...

—Entonces, llámame por mi nombre y será tuyo.

Nox se inclinó, acercando los labios a su boca. Sellando el contrato. Nunca había tomado tantas almas en una sola noche, lo que le dejó algo mareado.

Ahora sus destinos eran suyos. «Tontos», pensó.

Nunca se debe firmar un trato con el diablo, siempre siempre se vuelve a la inversa.

Siempre se pierde. Obtendrían lo que deseaban de la peor forma posible, de tal manera que no les produciría ningún placer.

Solo dejaría un vacío enorme en sus almas. Sus vidas desperdiciadas.

Aunque ese tipo de venganza tardaría mucho en llegar. No podía esperar a ver cómo las consecuencias del contrato comenzaban a manifestarse en sus vidas.

Normalmente, era paciente. En Umbraeth, unas pocas semanas eran meses ahí arriba. Y en otros puntos del Inframundo, apenas unos minutos podían ser días, las horas, incluso años.

Pero estaba furioso y quería hacerles pagar. Ahora.