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La profesora de Literatura entró radiante. Su paso y sus movimientos reflejaban entusiasmo. Nox esperaba que las semillas que había plantado hubiesen arraigado en ella por fin.
Le pidió a un alumno de la primera fila que repartiese unas hojas por toda la clase.
Justo en ese momento alguien llamó a la puerta.
—Adelante —exclamó la profesora.
Ethel abrió la puerta y entró en la clase disculpándose.
Era la primera vez que la veía llegar tarde. Se dirigió a su lugar habitual.
Nox la observó. Diría que parecía triste, preocupada por algo. Le habría gustado sentarse junto a ella, averiguar qué le ocurría. Pero debía permanecer al lado de Ivy.
Si aquellas hojas eran lo que él creía que eran, tenía que cerrar el plan que había ideado.
Ethel miró de soslayo un momento y lo pilló observándola. Las comisuras de su boca temblaron como si quisiese sonreírle, pero se mordió el labio inferior para impedirlo y se giró de nuevo hacia delante.
A la mierda, luego pensaría cómo...
Silas se deslizó en el asiento junto al de Ethel en ese momento. Le dio un codazo amistoso.
—¿Te has dormido, Ashbourne?
Los ojos de Nox brillaron como dos brasas violetas cuando los clavó en la nuca del chico. Siguió la trayectoria de su mano mientras la posaba en su espalda.
Anda, ¿por qué no me das la razón de una vez y reconoces que deberías haberlo lanzado al río cuando te lo sugerí amablemente? Nunca haces caso a mis sugerencias.
Un jadeo lo sacó de su ensoñación. Parpadeó y sus ojos volvieron a la normalidad. Ivy, frente a él, parecía asustada mientras lo miraba.
Tenía que controlarse.
—¿Pasa algo? —preguntó Nox, posando la mano encima de la de la chica.
Ivy automáticamente se olvidó de lo que creía haber visto.
—Nada, solo parecías enfadado.
—No he dormido bien esta noche. —Se estiró bostezando.
Por fin les entregaron las hojas en las que se detallaba el trabajo que iban a realizar. Nox sonrió para sí mismo, justo lo que había orquestado.
—Os daré estas dos semanas antes de los finales para prepararlo. Debéis formar grupos de unas cuatro, cinco personas. Y como va a ser en sustitución del examen trimestral, quiero que os esforcéis al máximo. No me entreguéis cualquier cosa o suspenderéis.
—¿Ivy, haces el trabajo conmigo? —preguntó Nox, echándose hacia delante.
El olor a soberbia impregnó el aire. Quizá por eso Ivy tenía especial fijación en él, era el demonio de su pecado favorito.
—Claro —suspiró.
—Cuando hayáis formado los grupos, que venga alguien a apuntarlos, luego no podréis cambiar de compañeros —explicó la profesora.
—Doy por hecho que seremos nosotros cuatro —dijo Ivy, levantándose para ir a la mesa de Wren.
Ahora solo tenía que conseguir que la reunión ocurriese en casa de Ivy y aprovechar para escabullirse un momento. James y Silas la distraerían lo suficiente para que...
Silas se levantó e interceptó a su amiga. Le pasó un brazo por los hombros y se inclinó para decirle algo en confidencia.
Ivy negó y miró a Ethel con irritación.
Nox no necesitó más para adivinar qué era lo que Silas le estaba pidiendo.
Ethel acarició los pétalos de una rosa de algodón.
Las puntas estaban comenzando a teñirse de rosa conforme avanzaba el día.
Había cogido las semillas de la colección de tía Daphne, que tenía un par de ellas en el invernadero de la mansión.
Cuando cayese el sol, la flor sería totalmente roja.
Como la nieve cuando se manchaba de sangre.
La puerta del invernadero se abrió con un chirrido suave. Supo al instante que era él . Por el modo en que el aire cambió, por el peso sofocante que adquirió la atmósfera del lugar y por cómo se le erizó el vello.
Nox.
Todavía no se había recuperado de su encuentro del día anterior.
—Hola. —Trató de mostrarse firme, distante, fría. Le dio la sensación de que fallaba.
¿Debía de ser tan evidente para Nox lo mucho que le gustaba? Se sentía como un lienzo en blanco donde todo quedaba reflejado con facilidad.
—Así que vas a hacer el trabajo de literatura con nosotros —comentó él mientras arrancaba el pétalo de una flor. Lo frotó entre sus dedos.
—Silas insistió. No pretendo...
El rostro de Nox se tensó con irritación.
Se colocó frente a ella, que se echó hacia atrás y tropezó con un carrito lleno de herramientas. Tiró algunas al suelo y se agachó para recogerlas, nerviosa.
—¿Qué te ha ocurrido hoy, Ethel? —le preguntó con suavidad.
Ethel le estaba dando la espalda, pero notó su aliento cálido. Nox se había agachado también y estaba junto a ella. Sus ojos la miraron con preocupación.
Ethel quiso permitirse apoyarse en él, pero no, las cosas cada vez estaban peor y debía hacer lo correcto.
—Nada grave, de verdad. Se nos ha hecho tarde en el desayuno —respondió—. No te preocupes, vamos a solucionarlo. Estamos en ello.
Todas habían esperado a que la inspectora y su tía acabasen de hablar.
Las habían espiado por la ventana de la cocina mientras se despedían en la verja del jardín.
Ni siquiera habían necesitado oír qué tenía que decir Seraphine, su rostro lo había expresado todo.
«Las cosas se van a poner difíciles», les espetó.
Ethel se miró las manos. Tenía una herida en el pulgar, que se había cubierto con una tirita. Estaba mejorando bastante con ese asunto, pero los acontecimientos de las últimas semanas la habían hecho empeorar de nuevo.
—Sé que estoy siendo injusta, y no es que no aprecie que te preocupes por mí... Solo necesito que las cosas se calmen. —Ethel intentó sonar tajante. Falló.
Echó un vistazo a Nox. Sus ojos se habían oscurecido. Apretó los dientes, tensando el rostro, endureciéndolo.
—¿Por qué?
Ethel tragó.
—Porque me siento superada y tengo miedo —confesó—. No sé si alguna vez has temido que alguien sufriese por tu culpa y has sentido impotencia al no poder evitarlo...
Nox bajó la mirada. ¿Cómo es que Ethel tenía siempre la capacidad de abrirse paso a través de sus capas y tocar sus partes más vulnerables? Ella le hacía desear ser más humano.
—Eres mucho menos egoísta que yo... —susurró Nox muy bajito.
—No es cierto —murmuró—. He intentado apartarte y aquí estás. Si fueses tan egoísta como dices, no te habría importado.
Quizá Nox no había podido evitar enamorarse de Ethel porque le gustaba quién era a sus ojos. Le gustaba la versión de sí mismo que Ethel veía. Ella le daba esperanza.
—Entonces, no me apartes. —Aunque su tono fue duro, sus movimientos fueron suaves. Se inclinó hacia ella, despacio. Dándole la oportunidad de apartarse, de pararlo. No lo hizo.
Ethel sintió su aliento en la piel antes de que sus labios tocaran la base de su garganta. El contacto fue suave, dulce, un pellizco húmedo. Y luego más fuerte cuando sus dientes le rozaron la piel.
— Ah...
La mano de Nox fue hasta su hombro y se movió hasta su nuca donde sus dedos se cerraron en torno a su pelo, tirando de los mechones.
Su jadeo se quebró.
Y él la mordió más fuerte, hasta que dolió.
—Estoy hecho un desastre —confesó contra su piel.
En cuanto la boca de Nox dejó de tocarla, Ethel sintió frío y soledad. Él se pasó el pulgar por los labios.
Ethel se llevó la mano al cuello con la respiración agitada.
—¿Por qué? —suspiró, sin atreverse a mirarlo del todo.
Él se pasó la lengua por el piercing , algo que hacía cuando estaba nervioso, inseguro...
—A veces... —dijo—. A veces cuando estoy contigo no puedo pensar.
A Ethel caer nunca le había resultado más atractivo.
Se preguntó si valía la pena seguir luchando contra aquello.
Contra él.
Contra sí misma.
Había pasado toda su vida intentando no hacer daño a los demás y fracasando. Y nunca había sentido tantas ganas de rendirse, de permitirse hacerlo todo mal.
Lo empujó del hombro para apartarlo y se puso de pie.
No. Nunca se lo perdonaría.
—Ángel —la llamó Nox.
Ethel tragó saliva y se estremeció al oír su voz; algo rota, algo frustrada. Dudó un segundo. Pero se marchó igualmente.
No, no se marchó. Huyó, como le había dicho su tía. A veces era más fácil ser el primero en irse.