Flor de sangre (Flores malditas 1) 64
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El salón de las Ashbourne estaba iluminado solo por las velas. Fuera nevaba intensamente. En el centro de la mesa de café descansaba un tablero de Monopoly que había visto mejores días; las esquinas estaban dobladas y algunas casillas estaban manchadas de café.

Daphne se afanaba en marcar el cartón con runas mientras Seraphine se lo disputaba intentando pintar las rutas de Ebonwick. Las mellizas discutían por la disposición de los lugares.

—¿Por qué la iglesia es el castillo de las princesas? La mansión debería ser el castillo, no la puñetera casita de dulces —se quejaba Daphne.

—¡En la casita vive una bruja, lista! Tiene toda la lógica del mundo.

Lo estaban encantando, junto con las fichas, para que en todo momento pudiesen saber dónde se encontraban unas y otras.

—Toma, madre, Seraphine será el niño salvaje.

—¡Por supuesto que no! ¿Qué tiene ahí? Parece caca.

Morgana las ignoró, tenía la figura de unas hienas y le estaba incrustando un pelo que habían cogido al pastor Whitmore. Así podrían seguir sus pasos. A Daphne y a Morgana les había costado varios días conseguirlo.

En cuanto la colocó en el tablero, la figura se movió sola hasta el castillo.

—¿Qué narices hace casi a las doce de la noche todavía en la iglesia?

—¿Preparar la misa? —sugirió Ethel.

—¿A esta hora? Imposible —respondió Sera—. Debe de estar haciendo algo más.

—¿Hablar con Dios? —volvió a decir Ethel, la palabra le rascó la garganta.

Seraphine puso los ojos en blanco.

—No, Dios no. Dudo que Absalom Whitmore sea tan importante para su dios. Pero puede que con algún serafín.

—¿Por qué lo ayudaría? —se preguntó Daphne.

—Porque las brujas y los brujos no les caemos bien.

Ethel la miró sin comprender el motivo.

—No nos gobiernan y eso no les gusta. Nuestra enemistad es muy vieja. Los suyos nos han perseguido y matado incontables veces. Y, aunque siempre culpan de ello a la naturaleza humana, todas sabemos quién está detrás de esas ideas.

Daphne colocó a la figura de Alicia, la que había escogido para sí misma, en el tablero.

—¿Entonces crees que esto es por fanatismo? —preguntó Ethel.

—No lo sé...

Su tía se quedó pensativa observando el tablero.

—Pero es lo más probable, lo que más sentido tiene.

Ethel no entendía esa clase de odio tan ciego. Su familia le parecía normal e insignificante. No hacían un uso extravagante de su magia ni causaban daño a otros. ¿Por qué les molestaría tanto?

—Pero llevamos mucho tiempo aquí. Es raro que haya empezado a atacarnos con tanta violencia ahora. Tiene que haber algo más, algo que no sabemos y eso es lo que hay que averiguar —dijo Daphne.

Ethel pensó de nuevo en que todo coincidía con su llegada. Pero trató de alejar la idea.

Esa misma tarde, mientras paseaban por el pueblo, habían comenzado a notar las miradas, los susurros y la hostilidad. Siempre habían sido objeto de atención, pero ahora era diferente, había más agresividad y más tensión a su alrededor.

Más tarde, cuando todas se habían marchado a sus habitaciones, Ethel, que no podía dormir, fue a la biblioteca decidida a encontrar una lectura que la ayudase a dejar de darle vueltas a la cabeza. Después de buscar un rato eligió un libro con una rosa roja deshojándose en la cubierta.

Al abrirlo encontró una ilustración a lápiz de una mujer hermosísima, y tras la página, un poema titulado: «El rostro de una musa y el corazón de un verdugo».

Entre los álamos, al caer la tarde, halló un hombre a una dama. Hermosísima, hija de un hada, de cabello largo, pie ligero y mirada salvaje.

Volvió al bosque cada jornada, buscando en la espesura a la dama. Olvidó su mesa, su techo, su lecho; olvidó a la esposa y a los hijos. Y todo cuanto tuvo, a sus pies entregó.

Los suyos trataron de advertirle: ¡ La belle dame sans merci te ha hechizado!

Pero cuando ella se internó en lo más oscuro del bosque, él la siguió, dócil. Allí, la dama le acercó su boca, hambrienta, en el crepúsculo.

Y él no regresó más.

Tres golpes fuertes la despertaron sacándola de sus sueños. Estaba en el suelo de la biblioteca, hecha un ovillo sobre la alfombra.

—¡¿Quién llama a la puerta a las siete de la mañana?! —gruñó Seraphine bajando desde la tercera planta.

Ethel resbaló sobre sus talones un par de veces hasta que consiguió ponerse de pie. Le dolían todos los huesos.

Se frotó la cara y salió de la biblioteca para ir hasta las escaleras. Su abuela, con el camisón y una larga bata, abría la puerta en ese momento.

La inspectora de policía, Vivien Harper, estaba al otro lado. Pulcramente vestida con un traje de pantalón y chaqueta y un impermeable grueso.

Tía Seraphine se paró al lado de Ethel y silbó mirando a la mujer. Luego suspiró.

—Es peligroso que sea tan atractiva —murmuró.

—¿Crees que ha ocurrido algo? —le preguntó Ethel.

—No lo sé, pero tengo que reconocer que, si eso implica que Vivien Harper venga a visitarnos, no puedo enfadarme.

Su tía se pasó los dedos por debajo de las pestañas para quitarse los restos de máscara y caminó dignamente, a pesar de su pijama desparejado, hasta el vestíbulo.

Ethel se apoyó en la barandilla.

La inspectora desvió los ojos hacia Seraphine y Ethel juraría que le dio un buen repaso. Sonrió para sí misma, quizá la atracción era mutua.

—¿Puedo hablar contigo? —le preguntó Vivien.

Los ojos de Seraphine se estrecharon y la condujo hacia el salón.

—¿Qué ocurre?

Ethel se giró hasta encontrarse con Daphne. Su pelo, de normal pulcramente peinado, estaba suelto y era una larga maraña de rizos y bucles.

—Iba a ducharme cuando he oído que alguien llamaba.

—La inspectora —explicó Ethel, mirando hacia el salón, ahora cerrado—. Ha venido a hablar con tía Sera.

Daphne frunció el ceño.

—Nadie viene a esta hora por algo agradable.

—Lo sé...