63
A su vuelta, Nox se topó con la primera nevada de la temporada. Ebonwick se había vestido de blanco apagando los colores del otoño. Apenas unas cuantas horas en Umbraeth y casi habían transcurrido dos días completos.
Ethel caminaba por el patio trasero del instituto, observando las flores que sobrevivían estoicas al frío invierno. Silas iba un paso por detrás charlando con ella.
Parecen más unidos que antes. Más cómodos juntos.
«Gracias, tengo ojos para verlo».
—¿Algo de lo que informarme? —le había preguntado a Ghom a su vuelta.
—Nada grave, ella sueña por las noches. Abrió la ventana de su habitación sonámbula y se sentó en el alféizar, pero no le ocurrió nada, estuve atento.
Ethel se había frenado en seco al verle esa mañana. Y él había dado un paso en su dirección con intención de... Con intención de nada, en realidad, su cuerpo había deseado ir hacia ella antes de que su cabeza lo hubiese procesado.
Pero aparte de una sonrisa cortés no había obtenido nada más. Ethel se había marchado.
No apareces dos días seguidos por clase y al angelito le da igual. Pringado.
Nox apretó los dientes, lo peor es que aquellas palabras provenían de sí mismo y no podía darse un puñetazo para callarse la boca.
O sí, ¿por qué no lo pruebas?
Nox no estaba familiarizado con esa sensación de rechazo tan cruda.
Pero ya era hora de concentrarse en lo que debía hacer.
Se dirigió a la segunda planta, a la zona en la que estaban los despachos de los profesores. Buscó el de Literatura y se paró frente a la puerta, comprobó que no hubiese nadie dentro y se coló con facilidad.
—Veamos qué nos cuentas de ti, Annalise Wren. —Revolvió las cosas de la profesora.
Tenía dos hijas, la más pequeña de solo dos años. Una época difícil diciembre con dos niñas pequeñas.
Sonrió. Las mentes exhaustas eran más fáciles de manipular.
Había síntomas de frustración en pequeños detalles, como citas canceladas y vueltas a anotar en días distintos en el calendario. La papelera llena de vasos de café arrugados. Una pila enorme de exámenes por corregir.
En el despacho había un ordenador sin apagar. Abrió unos cuantos artículos que hablaban sobre historias folclóricas del valle de Grimvale. Cogió una de las notas adhesivas que tenía esparcidas por allí y anotó, imitando su caligrafía: trabajo final por grupos.
Aprovechando que era la hora de comer y no había nadie por allí, fue a la sala de profesores. Imprimió un artículo local sobre leyendas de la zona y lo pinchó con una chincheta en el corcho.
Al salir se topó con el profesor de Ciencias.
—Señor Harker, ¿qué hace aquí?
Nox le dedicó una sonrisa radiante. El profesor se estremeció y dio un paso hacia atrás instintivamente.
—Venía a entregar mis justificantes médicos, por mi ausencia. Los he dejado en la bandeja de la secretaria.
El hombre asintió y se apartó para dejar pasar a Nox sin decir nada.
Ethel, distraída, garabateó algo en los bordes de su cuaderno.
Esa mañana, cuando iba a clase, una mujer le había arrojado agua a la cara al cruzarse con ella. Se debatía si contárselo o no a su familia. Tía Seraphine iría a buscar a la señora y la confrontaría, lo tenía claro. Pero no deseaba que las cosas empeorasen.
Aunque estuviesen prácticamente seguras de que el pastor Whitmore era quien estaba detrás de todo aquello, poco podían hacer. Su abuela iba a ir a hablar con las Trece, pero la situación no era fácil. Su relación con ellas no pasaba por el mejor momento, a causa de Ethel.
Había ido rayando la página cada vez con más insistencia hasta que la hoja se rompió bajo la presión de la punta del bolígrafo y este se escapó de su mano y rodó por el suelo.
Se giró en la silla siguiendo su trayectoria hasta la punta de una zapatilla Converse, que lo frenó. Cuando levantó la cabeza, se topó con el rostro de Nox.
Tragó con la garganta seca. ¿Cómo alguien que no conocía hacía unos meses se había convertido tan fácilmente en su persona favorita?
Él se agachó y cogió el bolígrafo, y le dio vueltas entre los dedos sin quitarle los ojos de encima.
Ethel esperó a que sonara el timbre que ponía fin a las clases y se dirigió hacia Nox, que la estaba esperando.
Sus ojos le produjeron el mismo efecto que las lupas sobre las alas de las mariposas: una quemadura.
—Gracias —murmuró, extendiendo la mano hacia él.
Nox no respondió. Siguió mirándola un segundo más. Luego se guardó el bolígrafo en el bolsillo trasero de los pantalones, se giró y salió del aula como si nada.
Ella se quedó allí plantada un momento, confusa. Se dio prisa en seguirlo. Lo alcanzó en el pasillo, a unos metros.
—¿Nox?
Él bloqueó los hombros para evitar estremecerse.
Ah...
Le gustaba demasiado cómo sonaba su nombre en su boca, con aquella voz suave.
Se frenó de golpe y Ethel chocó con su brazo. Él estiró la mano para cogerla y evitar que cayese hacia atrás. Disfrutó de la reacción de ella. Ethel podía correr todo lo que quisiese, podía esconderse de él, pero en realidad...
Ella apartó el brazo y lo colocó detrás de su espalda.
De nuevo, rechazo.
Los ojos de Nox se estrecharon.
—¿Me devuelves mi...?
—No —la interrumpió él estirando la boca en una sonrisa afilada.
Ethel no tuvo más remedio que mirarle a los ojos, siempre los esquivaba y eso lo ponía de los nervios.
—¿Estás enfadado?
Qué perspicaz, el angelito.
—¿Por qué iba a estarlo?
Se pasó la lengua por el aro del labio y vio cómo la mirada de Ethel se desviaba a ese punto. Su interior casi ronroneó al notarlo. Fue su turno de observar su boca.
Su cuerpo se tensó y apartó la mirada mientras se giraba para seguir su camino. Bajó las escaleras hacia la parte trasera del edificio con intención de ir hasta los vestuarios, tenían práctica del club.
—Nox —lo llamó Ethel, siguiendo sus pasos.
Él echó un vistazo por encima de su hombro y entró en los vestuarios.
La vio pararse dubitativa.
Nox se giró apoyándose con una mano en la puerta, manteniéndola abierta, y con la otra en el quicio. Se inclinó ligeramente hacia delante para quedar más cerca del rostro de Ethel.
—¿Qué quieres? ¿Tanto apego le tienes a tu bolígrafo, Ángel?
—Lo siento si te he hecho daño de algún modo. Pero no entiendo por qué te comportas así.
Nox frunció el ceño. Le sostuvo la mirada en silencio.
Era un cabrón.
Quitó la mano del marco de la puerta, la cogió del brazo y tiró de ella hacia dentro. No había nadie allí todavía.
Ethel apoyó la espalda contra las baldosas de la pared y Nox colocó una mano a la altura de su cabeza para sostenerse sobre ella.
—¿Me vas a contar qué te ocurrió?
Ethel negó, sin pronunciar palabra. Había algo desafiante en su postura. Ambos se sostuvieron la mirada en una batalla silenciosa. Ninguno dispuesto a ceder.
Los pensamientos de Nox descendieron en una espiral de oscuro deseo.
Quiso que ella fuese un poco más retorcida, como él.
—¿Le has contado algo a Silas?
Ethel abrió los ojos sorprendida.
—Nunca lo haría —susurró.
—Y, sin embargo, no te has apartado de él como sí que lo has hecho de mí.
—Me cae bien, somos amigos —dijo Ethel.
Nox presionó la lengua contra su carrillo mientras cogía aire, despacio. La nota de esperanza en su voz mezclada con cierta inseguridad, como si temiese expresarlo, como si le costase creer que aquello podía ser real, se le clavó en su inexistente corazón.
Ethel merecía amor, merecía que la gente la tratase bien, que la quisieran. Él deseaba todas esas cosas para ella.
Pero a la vez te gustaría que fuese solo para ti.
Qué emoción tan humana la de querer que el mundo sea testigo de algo que amas porque lo merece, porque deseas compartirlo, casi gritarlo y, al mismo tiempo, temer que deje de ser solo tuyo para volverse de muchos.
Que, de pronto, deje de ser tu pequeño hallazgo, ese tesoro secreto que te pertenecía en exclusiva.
«¿Y por qué no yo? ¿Por qué no puedo ser yo esa persona para ella?».
Ponte de rodillas, como el demonio que eres, y suplícale al angelito que te quiera. Que acabe con tu miseria.
—Pero no hay nada más —añadió Ethel, finalmente—. Debería irme. No quiero que me pillen aquí dentro. Me alegro de que hayas vuelto a clase y estés bien —dijo, dedicándole una sonrisa triste.
Nox estiró la mano y la cogió de la barbilla, con el pulgar tiró suavemente de su labio inferior hasta deshacer el gesto. Ethel dejó escapar una pequeña respiración.
«Ah...».
El deseo ardió líquido por todo su cuerpo y bajó por su estómago tensándole los músculos.
Nox, que nunca se había sentido más humano que en ese momento, acercó la boca a su oreja.
—No me sonrías cuando en realidad no quieres hacerlo, Ethel —le pidió, y se marchó hacia su taquilla.
Hasta que no oyó la puerta de los vestuarios abrirse y cerrarse no fue capaz de respirar.