Flor de sangre (Flores malditas 1) 62
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Nox llevaba dos días sin aparecer por clase. Su tutor había mandado una nota diciendo que estaba enfermo. Pero era demasiada casualidad que hubiese ocurrido justo después de su discusión en el bosque.

A Ethel le preocupaba que algo malo le hubiese ocurrido, que Nox hubiese insistido en investigar por su cuenta. Intentó no mirar hacia su mesa. Pero lo hizo. Una vez, dos... Como si así pudiese materializarlo.

Pero Nox no apareció en todo el día. Tampoco al siguiente.

El tiempo no es lineal cuando se está triste. Se arrastra, se enrosca, se hunde. Las clases se le hicieron eternas, las voces de los profesores sonaban lejanas, y cada vez que alguien se reía en el pasillo sentía la esperanza absurda de que fuese él, con esa forma suya de aparecer de la nada.

Ethel no dejaba de darle vueltas. Hacía tiempo que los días no se le hacían tan largos.

—¿De nuevo buscando a Harker? —preguntó Silas.

—¿Has hablado con él? ¿Has ido a ver cómo está? ¿Sabes qué le ocurre?

Los ojos de Ethel buscaron los de Silas, ansiosos.

—Qué tierna... —comentó el chico.

Ella lo miró sin comprenderlo.

—Tu preocupación, Ashbourne, es muy tierna.

—Es tu amigo.

—Ivy dice que solo tiene un resfriado y algo de fiebre, que no tardará en volver —le explicó Silas, apiadándose de ella.

Ethel bajó la mirada a sus manos entrelazadas, se estaba frotando la piel con tanta insistencia que se abriría una herida.

Celos. Esos pensamientos inquietos que no la dejaban descansar. Esa sensación de algo oprimiéndole el pecho cada vez que pensaba en Nox.

Debería acostumbrarse, ella misma había decidido apartarse.

Silas le puso un dedo en la barbilla y ella levantó la cabeza, revelando la humedad de sus ojos. Ethel dio un paso hacia atrás y la mano de Silas cayó lentamente.

—Estoy bien.

Los ojos de Silas se oscurecieron y su expresión se ensombreció. Se llevó las manos a la nuca y se estiró. Un gesto burlón tiró de su boca cuando le sonrió.

—Mentirosa —dijo, se dio la vuelta y se marchó tranquilamente.

—¿Algún rastro en el dedo? —preguntó Daphne cuando Seraphine entró en la cocina.

Ethel estaba repasando un grimorio con su tía, aunque no conseguía concentrarse, había fallado todos los intentos de realizar el hechizo que estaban practicando.

—Llevaba demasiado tiempo ahí enterrado como para que quedase nada —suspiró Seraphine, se sirvió agua y se dejó caer en una silla. Subió las piernas a la mesa y su hermana se las apartó de un manotazo.

Seraphine le sacó la lengua en cuanto se dio la vuelta y luego observó a su sobrina.

—¿A ti qué te pasa?

Ethel levantó la cabeza del libro, trató de sonreír, pero el gesto murió en su boca, formando una mueca de dolor.

—¿Si alguien tiene mala suerte, esta se contagia a los que están a su alrededor?

Daphne se limpió las manos en un trapo de cocina y se sentó en la mesa al oírla.

—Depende —contestó Seraphine—. Depende de si esa «mala suerte» viene de una maldición, por ejemplo.

—¿Creéis que puedo estar maldita? —preguntó Ethel.

Las reacciones no fueron las que esperaba. Hubo un silencio incómodo, un par de miradas compartidas entre las hermanas y algo de inquietud. Daphne fue la primera en hablar.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Cada vez que me acerco a alguien, algo acaba ocurriendo y ese vínculo se pone a prueba hasta romperse. Es demasiada casualidad, ¿no?

Seraphine dejó escapar un suspiro pesado y Daphne se acercó a Ethel, abrazándola.

—Eso es algo que ocurre más a menudo de lo que piensas.

Ser bruja hace que no sea sencillo tener amigos o pareja.

Es difícil confiarle a alguien tu secreto, no siempre sale bien y las consecuencias son...

dolorosas. —Daphne cogió aire y lo soltó pesadamente—.

El tiempo y las heridas hacen que acabes apartándote tú misma, defendiéndote de algo que sabes que puede llegar.

Ethel las observó. ¿Quería decir eso que no había ninguna maldición como tal, que solo eran las consecuencias de su naturaleza? Por la forma en la que su tía lo había explicado parecía que a ella también le había ocurrido en más de una ocasión.

Seraphine giró la cabeza hacia su hermana y la miró con tristeza. Ahí había una historia.

—¿Por eso mi madre quiso eliminar esa parte de su vida?

—Sí, en parte sí —reconocieron con pesar.

Más tarde, cuando trataba de dormir, Seraphine llamó con suavidad y se coló en su cama. Le pasó un brazo por detrás y Ethel apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Ha pasado algo con ese chico que te gusta?

—He sido yo la que se ha alejado de él. Con todo lo que está pasando me parece injusto mantenerme a su lado, por lo menos hasta que lo solucionemos. No quiero que le ocurra nada malo por mi culpa.

El pecho de su tía subió y bajó.

—Siempre es más fácil ser tú la que se aparta. Al menos eso elijo yo. Lo que no quiere decir que no duela igual.

—¿Qué le ocurrió a tía Daphne? Parecía que...

Seraphine miró por la ventana.

—Ya sabes cómo es tu tía. Vive enamorada de la idea del amor y eso a veces te ciega, hace que se te olvide protegerte.

—Cogió aire, preparándose para contárselo—.

Daphy... era muy joven. Isadora ya se había marchado a la ciudad.

Quería alejarse de todo lo que implica ser una bruja, tener una vida «normal» —la palabra pareció molestarle—, ya me entiendes.

Daphne se enamoró de un chico y él de ella.

Yo por ese entonces estaba explorando el mundo, así que tampoco pasaba tanto tiempo en casa.

Pero él venía mucho, llevaban unos cuantos años saliendo, parecía un buen tipo, alguien de fiar.

Todo lo de fiar que son los hombres, claro está —añadió—.

Daphne siempre ha querido una familia. Pero no deseaba renunciar a lo que somos, a nuestra naturaleza.

Cuando tu madre se fue, ella estaba destinada a ser la siguiente matriarca de las Ashbourne.

Ethel se incorporó para poder mirar mejor el rostro de su tía. Se abrazó las rodillas preparándose porque de alguna forma sabía que aquello no iba a terminar bien.

—Yo me enfadé mucho con tu madre por lo que hizo, nunca lo entendí.

Mutilar así una parte de sí misma solo por encajar.

—Sacudió la cabeza—. Tuve que comerme mis palabras.

—Sopló una risa triste—. A veces la vida se encarga de ponerte en tu sitio, sobre todo cuando pecas de la soberbia de la juventud, bueno soy jovencísima todavía...

pero me has entendido. —Cogió aire de nuevo, preparándose para sumergirse en aguas profundas—.

Daphne decidió contarle a su novio la verdad sobre lo que somos.

Llevaban mucho tiempo juntos, se querían, habían hablado de futuro, todo parecía a favor.

A Ethel se le encogió el corazón, iba a doler. A Seraphine se le humedecieron los ojos, aunque consiguió retener las lágrimas.

—Fue... No fue bien por decirlo suavemente.

Él no lo aceptó de la manera en que Daphne pensaba.

Yo ni siquiera estaba aquí. —La tristeza dejó paso a una nota de furia—.

Lo habría matado de haber estado aquí. Te ahorraré las cosas que le dijo.

Pero me vengué —sonrió—. Me colé en su casa y le eché un tónico para la calvicie en todos sus champús.

Tenía una larga melena de la que estaba muy orgulloso el muy imbécil y se quedó como una bola de billar.

Poco castigo me parece... —Rechinó los dientes—.

Imagino que con el tiempo le volvería a crecer el pelo, no importa.

—¿Y qué pasó con él? ¿Os castigaron por revelar el secreto? ¿Lo guarda todavía?

Seraphine miró a su sobrina con una emoción extraña en los ojos.

—No, eso fue lo más difícil. Él se asustó mucho.

No puedes dejar que alguien se marche con tu mayor debilidad, no puedes.

Daphne sabía que la persona a la que tanto quería y en la que confiaba la destrozaría a ella y a su familia.

Así que tuvo que borrarle los recuerdos.

Cuanto más tiempo atrás y más cosas hay mezcladas, más complicado y peor sale, así que solo borró los últimos acontecimientos.

Ethel tragó, tenía un nudo de lágrimas en la garganta.

—Entonces, ¿él...?

—Él no recordaba nada de lo ocurrido, no.

Y Daphne tuvo que romper la relación. Ella lo amaba, pero no podía estar con alguien que, como sabía, despreciaba tanto su verdadero ser.

Eso duele mucho. Por suerte, después de que tu tía lo dejase, se marchó del pueblo.

Imagino que no quería encontrársela. —Seraphine se aclaró la garganta, casi no le salía la voz—.

Cuando volví... Nunca olvidaré el estado en el que estaba Daphne.

Nunca se lo perdonaré a ese cabrón. Daphne no ha vuelto a salir con nadie más desde entonces.

Ethel tenía la vista fija en los dibujos de la colcha. Le pesaba el pecho, unas lágrimas tímidas rodaban por su rostro.

—¿Nunca has querido salir con otra bruja? Así sería más fácil, ¿no?

Seraphine sonrió. A Ethel le pareció un gesto muy triste. Nunca la había visto así.

—Lo he hecho alguna vez, pero al final he acabado volviendo aquí.

—¿Y no han querido acompañarte?

—No se lo pedí.

—¿Por qué?

—Porque soy una cobarde —reconoció—. Porque no soy ni de lejos tan fuerte como Daphy, ella es la más fuerte de las tres.

Es el futuro de las Ashbourne por ese motivo.

Está dispuesta a sacrificar algo que siempre ha anhelado, como encontrar el amor, por el aquelarre.

Nuestra familia y su legado le importan más incluso.

Así es tu tía. Yo parezco más dura por fuera, pero porque me aseguro de que nada me toque.

Vi lo que el amor puede causarte, lo vi en Daphne y... no...

A Ethel le escocían los ojos. Cerró los párpados intentando dejar de llorar, pero no era capaz. Se imaginaba el dolor inimaginable que debía de haber sentido su tía.

—Yo no quiero una familia de todas formas, vosotras lo sois. Así que me quedo con mis relaciones informales. Cada una sobrevive a su manera.

—Eso es tan triste... —murmuró Ethel con la voz ronca.