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La sangre le rugía en los oídos.
Sus puños temblaban, cerrados tan fuerte que las uñas casi le atravesaban la piel.
«No pasó nada», recordó sus palabras.
Mentira.
Cada fibra de su cuerpo lo sabía.
Había abrazado a Silas y no había sido porque sí, por capricho. Algo había sucedido. Algo lo bastante importante para que ella lo apartase.
«Necesito alejarme de ti».
La frase quedó suspendida dentro de él, ocupando todo el espacio. Presionando las paredes de su pecho hasta romperlo.
Se quedó quieto, con la mirada perdida. Incapaz de dar sentido al vacío que lo atravesaba. Intentó tragar, pero la garganta no le respondió. Solo se quedó ahí, derrumbándose por dentro, como si cada una de sus partes se hubiera desconectado.
Le dolía respirar.
Le dolía existir.
¿Y qué esperabas?
La casa pareció estrecharse. El aire vibró y las ramas de los árboles se sacudieron como si captaran su humor.
—Se acabó —murmuró Nox, y el mundo crujió a su alrededor.
Cuando llegó al apartamento, los cuernos le brillaban en la frente y tenía la piel surcada de sombras.
Ghom se asustó al verle en ese estado.
—Señor...
—Voy a Umbraeth a ver a Altairon. Vigílala, noche y día, asegúrate de que no ocurre nada en mi ausencia. Si está muerta o herida para cuando vuelva, te daré de comer a los demonios de las zanjas.
Ghom asintió sin hacer caso a su amenaza, ya sabía que no la cumpliría.
—¿Qué ha ocurrido, señor?
Nox no contestó. Se había vuelto a marchar.
Para bajar al Inframundo había que abrir una Hendidura y esto solo podía hacerse en ciertos lugares.
Sitios donde se había producido un pecado tan grande y profundo que había quedado impregnada la tierra, donde la naturaleza humana había mutado en crueldad pura hasta pudrirse y su corrupción todavía permanecía.
En Ebonwick habían tenido lugar múltiples cazas de brujas a lo largo de su historia, y estas habían concluido con persecuciones, torturas y masacres. La herida permanecería durante siglos y siglos.
Nox adoptó de nuevo su forma demoniaca en cuanto estuvo lejos de las luces del pueblo y voló hasta el punto exacto por el que había llegado hacía unos meses; un viejo arce de hojas rojas, con las ramas caídas y retorcidas por el peso de los cuerpos de mujeres y niñas que había tenido que sostener.
Trazó un círculo a su alrededor arañando la tierra y marcándola. Derramó su sangre negra y dejó que el suelo se la tragara; la llamada al otro lado.
El aire crepitó. Una ráfaga de energía infernal partió la corteza terrestre. Los árboles temblaron y sus ramas parecieron crepitar como huesos rotos.
Nox descendió por la abertura, la tierra latía como una herida viva.
Cruzó el umbral entre los mundos y la grieta se cerró tras él como un párpado.
El mundo se replegó.
Y el Inframundo lo devoró.
«Las almas», vibró una voz. Nox dejó escapar un suspiro. Estiró la mano y materializó tres contratos. Eligió con cuidado los menos suculentos, pero que no fuesen tan ínfimos como para ofender al guardián del paso.
«Hmm, tienes algo interesante, Alenox».
—Y no te lo voy a entregar —gruñó mientras los ojos le brillaban como brasas.
Los contratos se quemaron en su palma, deshechos. El pago por cruzar entre los mundos, almas que su reino perdía.
Apareció en un sendero de obsidiana que descendía en una espiral infinita. El cielo sobre él era una cúpula roja y negra, sin sol ni luna. Al fondo, más allá del humo, se alzaba Umbraeth, el primer círculo, donde reinaba Altairon, príncipe de la Soberbia.
Las luces que se reflejaban en las altas torres lo cegaron momentáneamente.
El hogar nunca le había parecido tan poco familiar, tan extraño.
Umbraeth mezclaba una arquitectura neogótica de edificios altos, delgados y puntiagudos, con numerosas agujas que se elevaban hacia el cielo y elementos que podrían recordar al art déco .
Predominaban las formas verticales: arcos apuntados, contrafuertes marcados y ventanas estrechas distribuidas de forma simétrica a lo largo de las fachadas.
Tejados empinados de varias aguas y lujosas vidrieras.
Era pura soberbia. Sobre todo, la torre de Altairon, el edificio principal, mucho más alto que los demás. Su diseño era más ornamentado, con relieves geométricos.
Una red de pasarelas de cristal suspendidas en el aire conectaba las distintas partes de la ciudad, cuidadosamente integradas en su diseño.
Era una ciudad hermosa e impresionante, y por eso Arkemis, el príncipe de la Avaricia, la codiciaba para sí. Nada igualaba a Umbraeth, la corona del infierno, el círculo que reinaba sobre el resto. Tal era su fama que incluso competía con las ciudades celestiales.
Sin embargo, a Nox le pareció demasiado oscura, demasiado fría mientras cruzaba la arteria principal volando hacia la torre.
Cuando aterrizó, los guardas en la entrada lo reconocieron al instante. Se inclinaron ligeramente.
—Heraldo —dijo uno en voz baja—. ¿Desea que anunciemos su llegada?
—No. ¿Están Nocte o Kaelth aquí?
—El heraldo Kaelth debe de estar en su despacho. Ha estado muy ocupado.
Prefería no encontrarse a ese imbécil en este momento.
Nox pasó entre ellos y fue hacia los ascensores.
—Heraldo, su alteza ordena que se anuncie... —gritó uno de los guardas.
Lo ignoró y siguió su camino. Las horas en el Inframundo podían ser días en la Tierra y no deseaba ausentarse demasiado.
El despacho de Altairon estaba en la cúspide de la torre y tenía un ventanal redondo, incrustado en la fachada, que parecía el faro de Umbraeth. El príncipe que todo lo ve, la estrella más brillante de la ciudad de la soberbia.
Por supuesto, ya lo estaba esperando apoyado en su escritorio cuando entró.
—Alenox —lo saludó.
Nox inclinó la cabeza y las alas desaparecieron en su espalda.
Los ojos rojizos de Altairon lo examinaron con rigor. Nox no se había vestido como debía. Llevaba su ropa de mortal.
En la torre todos vestían de traje. En la ciudad de la soberbia, el aspecto siempre debía ser impecable. Altairon había hecho un trato con un famosísimo sastre mortal siglos atrás para que lo vistiese; a cambio, le había permitido alargar su vida tanto como lo desease.
Hoy vestía un traje gris oscuro. Sin los cuernos en la frente, el brillo de los ojos y las vetas oscuras que surcaban su piel podría haber pasado por un hombre de negocios de unos cuarenta y tantos.
Los demonios no tenían edad como tal, el Inframundo no se regía por las mismas normas de espacio y tiempo que la Tierra, pero de alguna forma, en las facciones, los gestos o el peso de la mirada, se podía adivinar lo mucho que había vivido alguien.
—¿Qué te trae por Umbraeth tan pronto? Ghom estuvo aquí hace nada.
—Deseo hacerle una petición.
—¿Desde cuándo te presentas en mi despacho sin anunciarte o pedir mi aprobación?
Altairon se irguió y caminó para servirse algo de beber. Nox se tensó. Su creador casi nunca perdía la compostura, y cuando lo hacía, nadie deseaba estar cerca de él, era temible.
—Es urgente.
—Os educo para que seáis civilizados. He puesto mucho empeño en que no os parezcáis a los demonios de Kathar... —Nombró al príncipe de la Ira—. No deseas decepcionarme, ¿cierto?
—No, alteza.
Altairon se sentó en un sillón e indicó a Nox que lo acompañase.
—Habla.
—Quiero obtener permiso para ocuparme de una amenaza que pone en peligro a Ethel Ashbourne. Es un pastor, señor, el pastor de Ebonwick. Ha tratado varias veces de matarla, tiene algún tipo de fijación con la familia.
Esto atrajo la atención de Altairon, que dejó el vaso en una mesita auxiliar. Sus cejas de color crema se arrugaron.
—¿Un pastor?
—Está usando prácticas que no corresponden a su fe. Invocación, manipulación de energías oscuras... Subyugados, por ejemplo.
Altairon alzó una ceja.
—¿Tienes pruebas?
—Todo apunta hacia él.
Su creador se echó hacia atrás, las vetas de su rostro se movieron como humo. Estaba furioso.
—Un simple pastor no puede hacer eso.
—Lo sé.
—Encuentra pruebas, no indicios, quiero algo tangible. Más que eliminarlo quiero que averigües quién lo ayuda y por qué justamente ahora.
Nox ya había supuesto que Altairon le pediría algo así. Era demasiada casualidad que atacaran a Ethel justo cuando ellos la tenían en el punto de mira. Nox inclinó la cabeza y levantó los ojos hacia su señor, el púrpura de sus ojos brilló a través de sus largas pestañas.
—Pero me permitirá matarlo... si obtengo las pruebas. ¿Cierto?
Altairon miró a su favorito y sonrió.
—Haz lo que debas, Alenox, pero date prisa.
Y por fin, él sonrió también. En su forma demoniaca, sus incisivos eran más afilados, y brillaron cuando los mostró.
—Por supuesto, señor.